La ley desde el liberalismo triunfal

Afirman portavoces del sistema que viene gobernando, que la ley de leyes del país ha sido la causa de la gran prosperidad de las últimas décadas; se refiere no sólo a la material sino a la prosperidad de las libertades; es eco de las loas al liberalismo desde hace siglo y medio. Llevan tiempo también haciendo una defensa de mínimos, el régimen liberal (lo llaman de otro modo, como pueblocracia) sería el menos malo frente a cualquier otro, que de no ser liberal habría de ser despótico. Y al que hable contra el liberalismo y la pueblocracia le colgarán el sambenito de todos conocido. Pero hay que recordar, aunque sea en el desierto, porque la verdad habita el desierto, que el régimen liberal es política y más que política, conlleva de necesidad una ideología, que es claramente derivada del alzamiento contra Dios, que hoy toma los visos de dominio tranquilo, de hegemonía donde la cuestión de Dios y de su soberanía y paternidad se relegan como no cuestión. Se podría aplicar el principio de dad a Dios lo que es de Dios y al césar lo que es del césar, pero es que éste se ha apoderado de las conciencias, tal cual vemos hoy mayoritariamente, con los padres que se sumaron al nuevo régimen y a la vez, consustancialmente, se sacudieron la fe y la moral, dejando a sus hijos a la intemperie, sin la menor conciencia de que el pecado trae la muerte en vida.
Por eso la defensa del régimen liberal, aunque sea de mínimos, y los cantos a su prosperidad, son antiprofetismo (qué difícil es entender como falsos profetas a estas personas educadas, afables que pueblan los foros mediáticos o bien a sus contrapuntos airados, ya que constituyen "normalidad").
Muy al contrario, el resultado de lo liberal que ahora ya podemos ver como experiencia probada, es el mismo que anunciaban los verdaderos profetas del siglo XIX y XX, voces mínimas frente al griterío de los otros: proliferación de leyes contra la Ley de Dios, destrucción de la familia, hijos privados de sus padres, búsqueda del triunfo personal como autonomía, narcotización del clero que debía hablar y que se refugia en la falsa misericordia, orfandad del mundo y hundimiento del edificio social, cuyas vigas ya no aguantan. Y la consiguiente o paralela invasión satánica de los pensamientos y las vidas.
La realidad pública está tomada en todos sus ámbitos hasta el de las conversaciones sociales, donde hay que guardar silencio sobre las causas y sólo se habla de sus consecuencias, hijos sin futuro, aventados al extranjero, ostensión en la precocidad lújubre, crímenes de pareja, corrupción de los elegidos en la pueblocracia, entrega al dominio extranjero al que siempre admiramos, cuando han sido países infelices que desecharon la fe y reino social de la fe hace siglos, pioneros en la apostasía y en recibir los premios de la prosperidad momentánea que sabe dar el enemigo a los suyos.
Los verdaderos creyentes estamos sin wifi horizontal, apenas sabemos unos de otros, y además muchos están  encolerizados, otros desconcertados y quieren hacer como que en la iglesia no pasa nada, como si tuviéramos las jerarquías de antaño.  Esa falta de wifi la han vivido los cristianos de los regímenes despóticos, pero eso depuró su fe, nada de triunfo social, sólo al final de nuestra carrera en el timpo sabremos la verdad de tantos a los que no conocimos y tuvieron que vivir sin saber unos de otros. Pero tenemos el wifi divino, que es el único consuelo en estos tiempos.
Pero resumiendo lo dicho al principio, nuestra ley máxima no es la humana, sino la de Dios, donde no existen facciones ni se glorifica la división, donde el gobernante es a la vez el Padre, aunque tenga que ser éste un tiempo de trigo y cizaña por los designios insondables y haya de convivir la iglesia de Dios y la de los hombres.

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