Misericordia al alcance de todos

La misericordia no es cuestión nueva pero se presenta como gran redescubrimiento. Es extraño sin embargo, aunque se repite, la incapacidad de imbricar en las campañas eclesiales -sin quitarles su mérito- los modos de hacer las cosas que tiene el Cielo, y dentro de ellos la misericordia claro está; porque más allá de grandes declaraciones y definiciones habría que hacer efectivas las enseñanzas del Cielo a través de sus canales, y el privilegiado en cuestión de misericordia es el que se dio a través de santa Faustina Kowalska; sin embargo queda en absoluto silencio en las proclamas actuales sobre la misericordia.
Y el Cielo muestra una misericordia al alcance de todos, no hay que ir a extrarradios geopolíticos, no hay que hacer grandes actos -las almas que puedan con esto que lo hagan ciertamente- sino pequeños actos que producen grandes efectos, porque Dios multiplica siempre a partir de 2 panes y 2 peces.
Los pequeños actos son rezar la corona de la misericordia, no despreciarla por ser oración recitativa, por ser oración de tiempos pasados, porque fue enseñada por el mismo Jesús, igual que el padrenuestro. Hay una incapacidad en incorporar la enseñanza y el método divino de la misericordia, aunque cuanto se predica sobre ella con citas evangélicas sea bueno.
Aunque las citas evangélicas nos muestran el rostro de la misericordia, como en aquella frase de Jesús, "No juzgueis y no seréis juzgados", ayudan mucho las enseñanzas prácticas dadas a través de los santos, también suprimidos en su anecdotario vivencial. Cómo aplicar el no juzgueis se puede deducir más de los aplicadores del evangelio que de la letra en sí. Para entender la letra hay que acudir a los que la vivieron plenamente en hechos, los santos.
Un consejo elemental de misericordia que tiene que darse antes de las obras es el de reducir al menos el juicio al prójimo, haciendo ejercicios de interpetaciones positivas o excusativas para sus acciones o actitudes, que siempre pueden ser interpretables en un mejor sentido que el primero nocivo que se nos pueda ocurrir. Luego una vez convertido en hábito el pensamiento excusativo se extiende por la persona la benevolencia, que en su cruce con la prudencia producirá de manera no forzada la obra de misericordia, pero en sí la primera obra debe serlo de pensamiento.

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