Consuelo de Dios dado para las víctimas del terrorismo y la evolución de España



Parecerá extraño aplicar a los modernos mártires de España, las víctimas del terrorismo, unas palabras dadas por un papa del siglo IV, San Gregorio, a una mística del siglo XIX, Marie Julie Jahenny, pero la historia sagrada está toda ella vinculada entre sí como actualidad, conforme sabemos por la teología de la historia.
Por eso léase el siguiente texto teniendo en mente a las víctimas vivas del terrorismo, los que lo sufrieron directamente y sus familias, y a las víctimas que hace el sufrimiento de ver cómo España está siendo conducida a la cruz, desnudada, atada, coronada en burla, por sus enemigos, por los herederos de los que quisieron hacer lo mismo en el pasado y les fue quitada la victoria. También éstos tienen una continuidad entre sí, como no podía ser menos, pues ellos son instrumentos de la tragedia que resulta inteligible desde la teología de la historia en fe.
Y hay continuidad también entre la conducción al martirio de la nación y de la iglesia, es el mismo proceso, porque ambas han estado identificadas necesariamente entre sí, conducción llevada a cabo por miembros interiores que recaban licencia y fortuna de los enemigos históricos.
A la vez la enseñanza es válida para todos aquellos que sufren por causa de la justicia, por los injustos que los persiguen.
Pero además de sufrimiento, una vez que se entiende desde la visión divina, hay también amor, porque los acontecimientos, aun queridos por la astucia maligna, en esta hora del poder de las tinieblas, responden a una acción de la justicia divina, en efecto, ¿cuántas cosas no se han hecho impunemente con toda clase de mentira y falso poder en España y en la Iglesia en el último medio siglo? Han sido mucho peores los enemigos internos, los apóstatas interiores, que los enemigos del exterior, como lo es peor el enemigo doméstico, familiar, cercano, que el foráneo contra el que se toman mayores precauciones. Que se lleven su pitanza, que muera parte del cuerpo y no todo el cuerpo.


Visita mística de San Gregorio el Grande, Papa a la mística bretona Marie Julie Jahenny, 19 de agosto 1878

-Vengo para hablarte de parte de Nuestro Señor. El Señor en la ternura de su misericordia nos ha dado sus gracias, su amor y sus beneficios. ¿Qué tenemos que dar por nuestra parte? Levantar los ojos al cielo y bendecir a un Padre tan bueno. El poder del Señor brilla sobre la tierra, las riquezas de su Amor nos han sido dadas, ¿qué debemos hacer? Agradecer generosamente a Nuestro Señor, testimoniarle nuestro reconocimiento, por todas sus bondades. ¿Qué es el amor de Jesús? No es otra cosa sino una ternura envuelta de bondad, que El nos da a cada instante para fortificar nuestras almas y nuestro valor. ¿Qué recibe este Dios de amor por tanto amor que nos da? No recibe sino injurias y profanaciones. ¿Oh, época ciega, cuándo la luz aparecerá en tu ojo para hacerte ver los divinos efectos que Dios obra en todos los lugares por su potencia infinita! Temblemos, pequeño número de amigos de Dios, por la suerte de tantas almas infortunadas que han rechazado la luz para vivir en la idolatría del espíritu malvado. (...) Nuestro Señor adorable, en su gran bondad y en su Amor tan poderoso y adorable, deja en plena libertad la voluntad libre de todos sus enemigos. El no les impide, les deja un poder tal que por este mismo poder ellos debieran presentir que la mano del Señor tan potente les reserva un golpe terrible. Pero no piensan sino en trabajar y profundizar su trabajo en el mal. A fuerza de excavar llegarán al fondo de esta profunda sima y entonces ¿qué harán? ¡No harán nada! Dios habrá hablado, Dios habrá ordenado, Dios habrá puesto fin a su escándalo.

Hoy Dios hace y deja hacer mártires. He aquí cómo Dios hace El mismo y deja hacer: El sufre en sí mismo y ordena que otros tras El también sufran. Este tiempo que pasa no es sino un tiempo de sufrimiento y de pena. Es preciso que se satisfaga a Dios por los sufrimientos y las penas. Nuestro Señor pide almas para llevar sus oprobios. Hijos de Dios, la tempestad ruge por doquier, el mal y la iniquidad van pronto a entrar en triunfo. ¿Hasta dónde llevarán su venganza? Hacia el Templo de Dios, hacia aquellos que representan a Dios sobre la tierra, hacia aquellos que le sirven y que están con toda su voluntad dispuestos a servirle y a sufrir por su Gloria. Hoy, el razonamiento del espíritu del mal y del espíritu del hombre se conjugan para formar una temible tempestad, causada por su voluntad y sus deseos.

Esta horrenda tempestad será terrible porque la Justicia de Dios se juntará con la voluntad impura y malvada de los hombres. 

Bajo el furor de la tormenta ¿qué haréis? Esperar, orar y hacer lo que Dios quiere. Amemos a Dios con todo nuestro corazón, sirvamos a Dios fielmente, sirvámosle en medio de las oscuridades que se encuentran en nosotros, sirvámosle a pesar de las tinieblas en las que Dios permite que estemos y allá donde hayamos de ir, sirvámosle igualmente. Aun cuando la misma luz de vuestras almas sea absolutamente extinguida, no perdáis el valor, atravesar todos los peligros, afrontad los peligros y Dios os colmará de Sus gracias y consuelos. Quién puede hacernos felices en la tierra si no es la paz de Dios que vive en nosotros, que trabaja en nosotros, que ora en nosotros? Sin esta Paz, el hombre se hace como un loco, corre y se precipita hacia lo primero que encuentra, a consecuencia de la locura que obran en él sus amores pasionales. Esta Paz es lo que produce tanto bien en los corazones. Para conservar la paz, no hay sino una cosa que hacer, es lo que Dios quiere, es obedecer la voluntad de Dios, no buscar nada en la criatura humana. Se encuentra todo en Dios, porque El es el Tesoro total.

Sirvamos a Dios, amemos a Dios, busquemos a Dios y huyamos del amor del mundo, porque es por la Cruz que se alcanza felicidad y riqueza. Tomemos la cruz, llevémosla sin queja, porque es la Cruz la que nos procurará un día la felicidad de ver a Dios, de comprenderle y amarle.

Llevemos la cruz, hay cruces por doquier. La felicidad de amar la cruz nos procura ya en esta vida alcanzar la felicidad de ver y poseer a Dios.
¿Qué ha amado más Dios que su Cruz? Nada. Ella ha sido su parte (escogida), ella ha sido su trono de dolor. El la ha escogido porque ha querido que todos sus hijos fueran herederos de su Cruz, su Tesoro. He aquí porque somos llamados los hijos de la Cruz, los herederos de Dios.

Pidamos a Dios la vuelta de una familia perdida, de un pueblo corrompido, de una sociedad degradada. Todos somos hermanos en Nuestro Señor. Son almas compradas a precio de su Sangre. Deseo la fuerza y el valor a las víctimas y a los amigos de Dios. Después de haber llevado la cruz sobre la tierra, nuestra entrada en la eternidad se encontrará en la Gloria. Allí es donde volveremos a vernos.

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