Los sonoros silencios de la iglesia moderna

La Iglesia del discurso público, refugiada en la supuesta necesidad de ser nueva en su pedagogía, de renunciar a los mensajes en "negativo", tiene varios silencios clamorosos que encierran obediencia al espíritu del mundo:

Silencio sobre el pecado
Silencio sobre el pecado que no sea el reducido a pecado colectivo de justicia social. El pecado es una cuestión estructural relativo a la culpa de occidente, y a una dialéctica de ricos y pobres. Aparentemente sobre el pecado y sus consecuencias ya se habría dicho todo, pero hay que renovar la enseñanza en cada generación, y las nuevas generaciones desde hace décadas no han recibido este mensaje, de ahí la correlación entre silencio eclesiástico y ausencia de sentido de pecado.

Silencio sobre la catástrofe que vive la mujer

Silencio sobre la catástrofe de la mujer, repitiendo sólo la cuestión victimista y de reparación histórica, la mujer no como depositaria de responsabilidad sino de compasión de nuevo. La nueva mujer compite con el varón por los recursos económicos y por la supremacía doméstica, se ha convertido frecuentemente en su enemigo, como si fuera otra especie, al menos la mujer occidental. Mantiene además su rol seductor, embobando al hombre por la calle y los medios de comunicación, escandalizándole como Eva reiterada. Cada mirada carnal del varón le será imputada.
La iglesia de discurso público habla mucho del aborto pero como si no tuviera nada que ver con la voluntad de la mujer, el aborto es otro pecado estructural y se mantiene la consideración victimal de la mujer.
 También la mujer como nueva eva quiere concebir sin varón conocido o sin padre reconocido para sus hijos, generados los cuales procede a la expulsión del varón (en un 50% de los casos), siendo  instrumento del sempiterno deseo de mísmesis burlona del demonio, de mímesis de la Virgen de la Pura Concepción sin concurso de varón.
De este modo la mujer marital ya no cumple la misión encomendada por el Padre en la Creación. Aunque la mujer madre gracias a Dios sigue haciendo honor a ese mandato de amor del Creador.
La programada y falsamente justiciera guerra contra el varón silencia una guerra entre mujeres, la mujer marital y la mujer madre a la que aquella condena junto con su hijo.

Silencio sobre la Virgen del presente

Y silencio sobre el profetismo de la Virgen María, ninguneado sistemáticamente, aunque en esto hay continuidad con el pasado. Videntes y mensajeros son reducidos a silencio, puestos en ostracismo, esquivados meticulosamente, nuevos leprosos de esta nueva versión del Evaangelio. La mejor prueba de la iniquidad de este silenciamiento es que bien pudieran usarse los mensajes de María siquiera sea con prudencia humana, -es decir silenciando su origen y haciendo paráfrasis (decir lo mismo de otra manera)- pero no, no se valoran ni siquiera secretamente, porque de otro modo aparecerían enriqueciendo el discurso público, en predicaciones, radios, declaraciones, etc. Y de ahí proviene el gran empobrecimiento de ese discurso que a más público más contemporizador. ¿Alguien puede creer que este silenciamiento y no uso de las palabras de María puede no conllevar ruina?¿Cómo creen poder agradar al Padre que tiene sus complacencias en María, al Hijo que tiene tal Madre, y al autor de la Mismísima concepción, el Espíritu santo? No basta el decir rutinario sobre María y el declararse como suyo, cuando se la niega de hecho de continuo. Se la silencia con el argumento de que la Iglesia no se haya pronunciado sobre la certeza de apariciones y mensajes, pero oigan, que los contenidos de los mensajes son santos, mueven el corazón, son maternales, constituyen el estilo de María, cualquiera lo puede ver, y si hay paja o hierba indigesta, es porque la han puesto humanos para confundir, pero ¿qué se diría de un gobierno que detenga la distribución de alimentos porque hay que decidir antes sobre la legalidad de su origen y eso durante años? La gente moriría de hambre, pues eso ocurre con nuestro tiempo. No son como el faraón que en base a la profecía de José, precursor del Mesías, pudo prevenir con ello el hambre de su pueblo.

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