El problema de los jesuitas, clave del nuevo pontificado

Mucho se ha escrito sobre la llegada del pontífice Francisco, sobre sus ideas, pero generalmente se deja a un lado la cuestión jesuita, que entendemos está en el centro de una falsa reforma de la iglesia en marcha.
Adquieren ahora todo su valor revelatorio los hechos que marcaron el enfrentamiento de los papas con la compañía de Jesús, en especial, la suspensión de la dirección de la Compañía por el Papa Juan Pablo II (ver por ejemplo La suspensión del padre Arrupe). En 2008 tras más de 25 años volvieron las ideas de Arrupe a tomar la dirección de la Compañía en la persona de su actual general Adolfo Nicolás. El generalato de Arrupe estuvo tras la persecución interna a los jesuitas que resistieron las reformas de los años inmediatos posteriores al Concilio, pero lo mismo ocurrió con muchas otras órdenes religiosas y en muchas diócesis; se apartó sin contemplaciones a los no conformes con los cambios, una onda inmensa los apartó de las direcciones de órdenes y cargos provinciales, colegiales, curias, etc.
En el caso de Arrupe es una paradoja que rompiera con el espíritu de autoridad que los generales de la orden habían tenido hasta entonces y que "entendiera" a todos los objetores, por ejemplo, acerca del culto al Corazón de Jesús, de mandato divino, pero que después dejara que se barriese de los puestos directivos a los que querían ser fieles a la tradición en todo el mundo. Una praxis que harían suyas el resto de las órdenes, siempre apelando a que el método reformador era del todo inspiración del Concilio. Los ejecutores creían estar sirviendo a Dios fidelísimamente.
Las congregaciones generales 31 y 32, llevaron a la Compañía hacia nuevos destinos, uno de cuyos resultados más extremos fue la acción política en Latinoamérica. Pablo VI se mostró sobrepasado por su dinámica y el buen Juan Pablo II pretendió poner el remedio que sabemos. Pero eran miles los jesuitas capturados por las nuevas ideas y métodos, en su forma más radical o bien en el conformismo de la impotencia; ninguna de las instituciones jesuitas, en especial sus universidades, cambió sus pautas, demostrándose impotentes enteras conferencias episcopales como la española que intentó quitar a alguna su calificación de católica. Y es que cientos de universidades y colegios jesuitas, dejando a un lado entramados económicos, son un emporio de facto imposible de remover.
La gravedad de la situación ya no iba a verse revertida por las medidas de simple cambio en el mando. La Compañía en su mayoría ejecutiva iba por libre, violando colectivamente el cuarto voto, el de obediencia especial al Papa; la desobediencia ha sido completa, alimentada por la impotencia de las buenas jerarquías. Pero solo ha sido la más visible, en el resto de las órdenes la salida de la catolicidad ha sido también manifiesta.
La Compañía había cerrado filas en realidad frente a Juan Pablo II y el posterior Papa Benedicto, considerados ambos auténticas bête noirs. Ambos estuvieron en la primera reunión que tuvo lugar en 1980 para debatir el futuro de la compañía, el primero en cuanto papa y el segundo en cuanto prefecto de la congregación de la Fe; en esa reunión descrita por quien fuera secretario del cardenal jesuita Bea (Malaquías Martin), se adivina la oposición de dos protectores de la Compañía de Arrupe, férreos con guante de romanitá, Casaroli, secretario de Estado y... Pironio, prefecto de los Religiosos, argentino con ascendencia italiana, el promotor inicial del actual pontífice. Reunión no propuesta por Juan Pablo II, pero solicitada para sondear las intenciones del Pontífice que ponderaba seriamente la disolución de la compañía, y que se quedó en cambio de general de la orden.
Esto no produjo un cambio de rumbo en los jesuitas dominantes, en sus universidades, en sus teólogos y en su praxis. Es más, puede decirse que con el actual pontífice están en plena reforma de la iglesia, un pontífice que fue promovido a cardenal en 2001 y ya antes promovido a obispo por  grandes heterodoxos de la iglesia argentina, en especial Pironio que fue el artífice del CELAM, de Medellín, en 1968 que marcó la consagración prioritaria a los pobres, entendidos no como pobres de espíritu sino como pobres materiales, víctimas de opresores a los que era necesario combatir y quitarles sus posesiones para dárselas a esos pobres.
En todo ese clima brilló la carrera del actual pontífice, que lleva igualmente el programa de la prioridad absoluta de la compasión por los pobres materiales que obliga a establecer la justicia, de la cual no se nombra cómo llegará pero es obvio tras la praxis de estas décadas en Latinoamérica, que hay un sobreentendido, el despojamiento de los beneficiados y el reparto de sus riquezas (sin nombrar al marxismo para no dar mala imagen). Una pseudopolítica evangélico-compasiva, que al final exige también poner muchos muertos en el camino, porque los ricos no se dejan arrebatar lo suyo tan fácilmente, menos si cuentan con ejércitos particulares. Por eso es que Jesús no disputó un milímetro a los terratenientes ni puso por delante de todo la justicia social, sabía que hacerlo era condenar a la muerte a muchos (justo lo que hacían sus enemigos fariseos cuando levantaban sublevaciones). Primero hay que cambiar los corazones de los ricos endurecidos, ablandarlos con el calor de la santidad y sólo después repartirán (véase el caso de Zaqueo el rico recaudador). La justicia social está muy bien, pero no debe ser punta de lanza sino que es un fruto que ha de llegar por maduración.
Evangelizar requiere por tanto un recto orden, un inteligente orden espiritual, si esto no es así no hay evangelización sino contubernio títere con las némesis que demandan sangre, por más que se revistan de jerarquía.
Y en el cónclave que eligió Benedicto apareció en escena el cardenal Bergoglio, que estuvo a punto de hacerse con el Papado. Bergoglio tenía una línea durante su mandato en Buenos Aires que se entendía como personal, pero estaba del todo en consonancia -no podía no estarlo- con el progresismo de la Compañía, era una teología del pueblo, variante de la teología de la liberación, no promotora de rebelión armada pero situada en una línea gris.
Los católicos argentinos que se opusieron lo hicieron con un lenguaje tan violento que los desacreditó, como ocurre siempre con los vindicadores antimodernistas, que caen en la cólera como régimen por defecto.
Podemos entender que con Bergoglio, la Compañía ha ocupado Roma finalmente pero... hay dos papas y eso evidencia una realidad: que los jesuitas se pensaron como orden al servicio del Papa, y ahora dirigen la iglesia. Puede parecer una nimiedad, pero es un hecho bien revelador que Benedicto fue destronado por una conspiración gravísima interna en la iglesia, para enseguida producirse que el Papa al que se debía el cuarto voto era sustituido precisamente ¡por un jesuita! Puede verse que se ha producido lo que se había planeado: de no copar el pontificado, la compañía tal cual ha sido reformada estaba en permanente peligro de disolución.Y no se trataba ya sólo de protegerse ocupando el papado, sino de extender el nuevo espíritu de la Compañía a toda la iglesia, bien que una parte inmensa de la misma ya pertenecía de hecho a sus ideas.
Benedicto al dejar su cargo se expresó convencido de que eso era lo mejor para la iglesia, no explicó porqué, dejó que se sobreentendiese que era por sus limitaciones físicas, pero en realidad fue porque, como en todo acoso, la víctima entiende que es ella el problema, porque eso le gritan sus  perseguidores. Los derrotados de la era de los 80 no iban a perdonarle ser la mano derecha, la base intelectual de Juan Pablo II y de la última iglesia de la firmeza contra la desviación. Si ya Juan Pablo II tuvo que contemporizar, porque ya no había operación quirúrgica posible ante la inmensidad de la metástasis en los poderes eclesiales, el papa Ratzinger sólo podía optar a la agonía, con todos sus enemigos rodeándole, y así finalmente Ratzinger-Benedicto entendió que una vez fuera cesarían las persecuciones y escándalos, fruto de la ferocidad de sus enemigos, a la vez enemigos de la auténtica iglesia, y que realmente no había otra salida. Lo entendía ya en 2010 como se ha puesto de manifiesto, y el empuje final acabó echándole a la cuneta. Por eso, no cabe esperar su vuelta, lo que sólo pueden esperar piadosamente quienes ignoran la situación real, y mejor que no lo sepan, que sigan siendo almas en una sana ingenuidad, como niños que ignoran del todo los problemas de sus mayores.
Pocos libros se han escrito sobre el problema jesuita, y los dos principales lo fueron en los años 80: "Jesuitas, Iglesia y marxismo", de Ricardo de la Cierva, y "Los jesuitas, su traición a la iglesia", del exjesuita Malachi Martin; en su momento fueron denostados como libelos, pero ahora toda aquella información permite cuadrar para los que no hemos tenido funciones eclesiásticas, el porqué de la situación actual.
Todo lo anterior lo hemos escrito sobre una base de razonamiento que no deja de ser humano, sometido a falibilidad natural, pero es que las profecías no dejan lugar a dudas: Catalina Emmerich profetizó la era de los dos papas, como un rasgo intrínsecamente catastrófico y otras muchas revelaciones con décadas de antigüedad lo reiteran, que vendría un sucesor en el Papado que iniciaría una nueva de iglesia ni una ni sancta, y que esto ocurriría sin remedio, pero como un bien magno en favor de los verdaderos fieles, algo que sería el principio del fin de la asfixiante convivencia de la cizaña con el trigo. Es la mayor persecución que cabría, la que no vislumbró Benson en su obra que quiso apocalíptica y premonitoria "El amo del mundo", la interna, la expulsión del corazón bien que material de la iglesia, y la gran tentación que arrastrará a los no avisados hacia el culto del hombre y sus nuevos ministros de infidelidad, que ostentan el lábaro de Cristo ante los hombres, pero a los que Cristo en verdad no reconoce.

Nota: Este artículo La sesgada predicación jesuita sobre el Corazón de Jesús desvela uno de los orígenes de deriva secularista, pseudoteológica, el rechazo al reinado social del Corazón de Jesús, confinado a devoción íntima, para sustituirlo por un impreciso "Reino de Dios".

Actualización a 3-V-2016

La publicación del libro de Austen Ivereign, El gran reformador, permite un mejor conocimiento sobre la cuestión jesuita y el Pontífice Bergoglio, sobre cuya base comentamos:

Su primer ascenso en la orden, como provincial, rompía con los criterios históricos en la orden, nada menos que con sólo 3 años de jesuita, va a ser nombrado superior de la provincia argentina, con 450 miembros, muchos colegios y 3 universidades, en los años 70; una medida urgente, como sólo podía ocurrir en misiones en situación arriesgada, pero que se dio porque Bergoglio fue elegido ante el impasse que suponía el que los mayores de la orden estuvieran divididos entre ellos, entre los que querían ser fieles y los progresistas. El superior anterior O´Farrell fue destituido, tras una época de experimentos desastrosos. Se eligió a alguien que por su edad no estaba definido todavía y porque era de grata personalidad y conversación, además de que sabía ser duro cuando correspondía.
Si se busca un primer momento que apuntase a lo que luego iba a ser el Bergoglio de las frases tan ingeniosas como ambiguas por pretendidamente espirituales, es sin duda el texto que escribe en 1969 en el retiro antes de la consagración, un credo para sí, donde él ya cambió las fórmulas: "Quiero creer en Dios Padre, creo en la Iglesia, creo en mi dolor, infecundo por el egoismo, creo que quiero amar mucho, creo en la muerte cotidiana, quemante, de la que huyo, y espero en la sorpresa de cada día en que se manifiestará la fuerza, la traición y el pecado".
Combinó el tesón ignaciano, con un optimismo inveterado hacia lo nuevo, el salto adelante en las formulaciones avanzadas, como la de la iglesia en cuanto pueblo de Dios, que él convertirá en santo pueblo de Dios y un eficaz blindaje contra cualquier ataque a su persona y obra, que sería magnífico de ser la obra santa, pero que lo vuelve impermeable a cualquier moderación, que no sea la diplomática, a no ser claro está que sea alcanzado en su juicio por la oración consciente de quienes saben qué está ocurriendo, porque la otra queda equívoca.





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