De la pasión chico-patriótica a la ruina de su iglesia. Antecedentes.



La Iglesia del país vasco ha sido una de las grandes incógnitas de la historia moderna en España: de ser la más floreciente en miembros y pueblo, se ha convertido en un espectro de lo que fue. La pregunta es ¿cómo se ha llegado a esta situación que además no tiene visos de revertirse?
Hay muchas modernas respuestas sociológicas, politológicas, historiográficas, pero la mejor respuesta es la de Benito Jerónimo Feijoo quien mucho antes de las actuales convulsiones exponía en su obra Teatro crítico universal (1729):
"Busco en los hombres aquel amor de la Patria que hallo tan celebrado en los libros: quiero decir, aquel amor justo, debido, noble, virtuoso, y no le encuentro. En unos no veo algún afecto a la Patria; en otros sólo veo un afecto delincuente, que con voz vulgarizada se llama pasión nacional. 
Dejo aparte aquellos Autores, que llevaron la pasión por su tierra hasta la extravagancia:
El amor de la patria particular, en vez de ser útil a la República, le es por muchos capítulos nocivo: Ya porque induce alguna división en los ánimos que debieran estar recíprocamente unidos, para hacer más firme, y constante la sociedad común; ya porque es un incentivo de guerras civiles, y de revueltas contra el Soberano, siempre que considerándose agraviada alguna Provincia, juzgan los individuos de ella, que es obligación superior a todos los demás respetos el desagravio de la Patria ofendida. Ya en fin porque es un grande estorbo a la recta administración de Justicia en todo género de clases, y ministerios.

Cuando la pasión patria entra en la iglesia

Estos hombres de genio nacional, cuyo espíritu es todo carne, y sangre, cuyo pecho anda como el de la serpiente siempre pegado a la tierra, si se introducen en el Paraíso de una Comunidad Eclesiástica, o en el Cielo de una Religión, hacen en ellas lo que la antigua serpiente en el otro Paraíso, lo que Luzbel en el Cielo, introducir sediciones, desobediencias, cismas, batallas. Ningún fuego tan violento asuela el edificio en cuyos materiales ha prendido, como la llama de la pasión nacional la Casa de Dios, en cebándose en las piedras del Santuario. El mérito le atropella, la razón gime, la ira tumultúa, la indignidad se exalta, la ambición reina. Los corazones, que debieran estar dulcemente unidos con el vínculo de la caridad fraternal, míseramente despedazado aquel sacro lazo, no respiran sino venganzas, y enconos. Las bocas donde sólo habían de sonar las divinas alabanzas, no articulan sino amenazas, y quejas: Tantae ne animis coelestibus irae? Fórmanse partidos, alístanse auxiliares, ordénanse escuadrones, y el Templo, o el Claustro sirven de campaña a una civil guerra política.
En ningunas palabras de la Sagrada Escritura se dibuja más vivamente la vocación de un alma a la vida religiosa, que en aquellas del Psalmo 44: Oye, hija, y mira, inclina tu oído, y olvida tu Pueblo, y la casa de tu padre. ¡Oh cuánto desdice de su vocación el que bien lejos de olvidar la casa de su padre, y su propio Pueblo, tiene en su corazón, y memoria, no sólo casa, y Pueblo, mas aun toda la Provincia! 
Es apotegma de muchos sabios Gentiles, que para el varón fuerte todo el mundo es Patria; y es sentencia común de Doctores Católicos, que para el Religioso todo el mundo es destierro. Lo primero es propio de un ánimo excelso; lo segundo de un espíritu celestial. El que liga su corazón a aquel rincón de tierra, en que ha nacido, ni mira a todo el mundo como Patria, ni como destierro. Así el mundo le debe despreciar como espíritu bajo, el Cielo despreciarle como forastero”.
Tras Feijoo, otro hombre de iglesia daría en la diana y sería profético: Profetizaba el abad de Calahorra, Justo Barbagero, lo siguiente ya en 1860, en su escrito de oposición a la creación de la diócesis de Vitoria: «Teniendo los vascongados obispo de su habla, cabildo y párrocos de su habla, pastorales, sermones, libros en su habla, se aferrarán más y más a ella, trataran de extenderla por los límites de las tres provincias, ganando el terreno perdido, y haciendo de ella una lengua nacional (... ) y si a esto se agrega la mayor afición que cobrarán a sus costumbres, tradiciones y fueros, que en cierto modo se autorizan y sancionan se habrá contribuido a formar en España una nacionalidad distinta, y una base de separación política para los que más adelante quisieran invocar el principio de las nacionalidades».
La primera constancia de la fijación al propio pueblo y la hibridación con temas mundanos se dará con el abate francés Bernat Dechepare en el siglo XVI, que escribió un libro en dialecto vascofrancés, con una mezcla de temáticas, religiosas, pero también de cortejo amoroso y loas a la lengua vasca. Con Larramendi en el siglo XVIII se llega a la extravagancia de que hablaba Feijoo, proponiendo como otros contemporáneos que el vasco era la lengua del paraíso terrenal, con lo cual ya se empieza a dar el paso invertido, primero de lo divino a lo humano y luego la divinización de lo humano. Lo mismo hizo Goropio Becano, natural de Bravante, que muy de intento se empeñó en probar, que la lengua Flamenca era la primera del Mundo.
El clero vasco y la tentación guerrillera desde los inicios del siglo XIX
Transcribimos de Rodriguez Corro:
“Fue primero contra los franceses, luego contra los liberales, siempre desde el afán patriótico y ortodoxo y finalmente contra el estado español, la dirigencia clerical arrastró a los jóvenes del país, incluidos seminaristas y curas jóvenes”. De modo que cuando los jóvenes se alistaron en Eta tenían una larga historia detrás.
Los eclesiásticos vascos no desaprovecharon ocasión alguna por demostrar su antipatía al gobierno francés y a sus representantes. Muchos sacerdotes cedieron a la tentación de coger las armas, o incorporándose al ejército patriótico en calidad de soldados o uniéndose a la guerrilla. Tanto más que su obispo monseñor Aguiriano desde lejos les animaba a ser intransigentes con los franceses o la misma actitud contagiosa del cercano obispo de Santander, Rafael Tomás Menéndez de Luarca, que dirigía él mismo la sublevación de toda su zona.
Así pues, unos clérigos vascos entraron en contacto con el guerrillero el Cuevillas, otros se alistaron en las partidas del cura Izarra y Ochoa, en Orduña y Amurrio, otros, en fin, compartieron las actividades guerrilleras del sacerdote Blas de Loya y Frías. Tal situación propició y acrecentó también un ambiente de auténtica cruzada religiosa. Loya y Frías, antes de ser sacerdote, había militado en el ejército español, habiendo alcanzado el grado de teniente coronel. Estallada la guerra contra los franceses, sintió de nuevo el gusanillo de las armas y se lanzó a ella, arrastrando tras de sí a clérigos y seminaristas. De sus bélicas actitudes tuvo siempre bien informado a su obispo Aguiriano al que escribía en cierta ocasión:Soy un patriota y estoy dispuesto a morir a balazos antes que ser del partido francés”.
El  asendereado párroco de Azpeitia, Jáuregi, gran impulsor de levantamientos, vagaría por San Juan de Luz, Zarauz, Mendaro y Azpeitia, forjando, con ilusión y cazurrería nuevos levantamientos contra el liberalismo centralista. Y como el, otro centenar de curas guipuzcoanos vibraban en la guerrilla por Carlos.
El cura de Bedoña por ejemplo, Pedro Angel Segura, animaba a los padres de los valles de Léniz a entregar a sus hijos a las partidas, con el pretexto de tener que hacerlo más pronto o más tarde a la fuerza. El de Aorzamaza, Joaquín Municha estimulaba a sus propios familiares a adelantar los trabajos del campo a fin de estar libres cuanto antes y poder tomar las armas en defensa de la religión. El párroco de Arechavaleta se ausentaba de la localidad toda vez que en la población se asentaban las tropas del gobierno, como su coadjutor más intrépido el cura Echaguibel, que repartía y cuidaba él mismo las armas de las partidas.
Si jefes carlistas y clérigos vascos se encontraban a diario en los baños de Ezcoriaza durante horas enteras «comiendo y bebiendo -dice un informe de un ayuntamiento liberal- por el triunfo de la religión, al amparo del idealizado cura Santa Cruz, símbolo del carisma absolutista y guerrero vasco, robustos jóvenes de Guipúzcoa con ligeros veinte años en sus ideales, se escapaban de sus villas para seguirle"[1]
Las guerras carlistas fueron una operación de autodefensa de las formas de vida anteriores a las leyes revolucionarias, traídas por los carbonarios españoles y aplicadas preferentemente contra la iglesia percibida como un clan. Un totum revolutum en el que mezclaban buenos y malos. Ocurriría luego en la guerra civil española, donde se eliminarían preferencialmente a los clérigos más implicados con los pobres y a clero pobre en sí mismo, como los religiosos conventuales.
Como se sabe las guerras carlistas fracasarán, tal y como se lo predijo nada menos que San Juan Bosco al aspirante a rey que fue a visitarlo, y que salió muy enojado de la visita. Pero tras las guerras cierta cordura volvió al país, y hacia 1880 ya comenzaron a volver las órdenes religiosas expulsadas y a refundarse conventos (de donde 50 años más tarde habrían de salir algunos religiosos vascos para su exterminio de 1936).
Para muchos el fracaso producirá un sentimiento de angustia todavía mayor ¿cómo nos defenderemos en adelante sin ejército? Y además los carlistas se dividirían en facciones; entonces en el país vasco surge una nueva fórmula: el movimiento nacionalitario, una reproducción del querer vasco pero en forma de reivindicación y de acción en las nuevas condiciones de ensayo democrático de la restauración; sus formulaciones eran crasas a más no poder, expresando una superioridad racial, unida a una superioridad religiosa, y a un profetismo falso de redención no de almas, sino de una cultura, es decir, lo peor del fariseísmo traído al país vasco; se restringe el ámbito territorial de la lucha pero para hacerlo más efectivo.
Dado que todo se presenta como una gran defensa de la fe y la cultura social, los sacerdotes, que al fin y al cabo son extraídos de las zonas rurales en su mayoría, fácilmente se convierten en agentes dobles: de la fe y del sentimiento nacionalitario, el amor a la patria, virtud cristiana, será la palanca para ejecutar el cambiazo, el desliz desde la fe hacia la solución política farisea.


[1] Francisco Rodriguez Coro: La Iglesia vasca en el siglo XIX: http://www.euskomedia.org/PDFAnlt/congresos/09/09193216.pdf

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