Los ortodoxos siguen creyendo en su superioridad moral sobre Roma

El Pontífice Francisco ha tenido un encuentro con el patriarca de Constantinopla, recogido a bombo y platillo por los medios, también católicos. Francisco se ha inclinado ante este patriarca, sin recibir un gesto recíproco, aunque no llegó a arrodillarse como hizo con pastores pentecostales americanos. Hoy el patriarcado es una realidad ínfima, con solo 40 mil fieles en media de la islámica Turquía. El patriarca habla de lectura espiritual de los tiempos, sin embargo, en buena lectura habría que reflexionar porqué su iglesia cayó hasta el punto actual, lo que sólo puede entenderse por causa de no querer someterse a la cabeza instaurada por Cristo.
Exponen que los Papas habrían sido responsables igualmente del cisma y que no habría menos dureza de cerviz que en Focio y Miguel Cerulario, los representantes de la jerarquía constantinopolitana; esto nos sitúa en la famosa equidistancia tan querida para nuestros tiempos. No es así, la sorda oposición por orgullo a Roma durante siglos desembocó en la independencia y dado que para el Cielo la obediencia es virtud suprema que funda todas las demás, todo vendría dado a partir de entonces.
En 2004 para 30 Giorni declaraba el patriarca de Constantinopla ante preguntas del periodista que el cisma se produjo como un hecho virtuoso por parte de ellos, no por mira política sino porque no querían seguir más junto a unos pecadores, el mismo razonamiento de Lutero y del cisma protestante, invirtiendo por completo la realidad, lo que es un completo falseamiento de la historia y de la verdad espiritual:

-Santidad, han transcurrido 950 años desde el cisma de 1054, que los libros de historia presentan como el momento de ruptura entre la Iglesia de Oriente y la de Occidente. Después de tanto tiempo, y a la luz de lo que sucedió después y de la situación presente, ¿qué juicio histórico y teológico puede darse sobre aquel episodio?
BARTOLOMÉ I: Efectivamente, se trata de un episodio, es decir, de un hecho que en sí mismo tiene poca importancia, no porque el cisma no fuera la causa de consecuencias graves, sino porque el episodio de la manifestación oficial del cisma no es esencial para la historia y la teología. Lo esencial, respecto a éstas, es la mentalidad y el espíritu que dominaron en Occidente y que como tales poco a poco fueron tensando tanto la cuerda que mantenía unidos eclesialmente al Occidente y al Oriente que al final la cuerda se rompió.
La manifestación oficial del cisma, si no se hubiera dado en 1054 en las circunstancias en que se dio, habría ocurrido más tarde en otras circunstancias, porque se había infiltrado en Occidente otro espíritu, distinto del que se conservaba en Oriente.
Para quien conoce las leyes espirituales, el cisma fue la consecuencia inevitable de un proceso, cuya raíz hay que buscarla en las primeras manifestaciones del pensamiento mundano en la Iglesia. Dado que este pensamiento no fue rechazado inmediatamente por anticristiano, era inevitable que surgiera de él un espíritu diverso del de la primitiva Iglesia unida, llegando así hasta las consecuencias del cisma.
El año 1054 fue solamente la fecha en la que aparecieron con mayor evidencia algunas desviaciones, de hecho ya conocidas y que habían madurado anteriormente. Estas desviaciones revelaban que las Iglesias de Oriente y de Occidente no estaban de acuerdo sobre muchas cosas esenciales; algunas eran dogmáticas, como el Filioque y el primado papal de jurisdicción universal, otras eran canónicas, como el celibato de los sacerdotes.
De todos estos desacuerdos, el que puede comprenderse más fácilmente es el porqué y el cómo la Iglesia de Occidente fundó su esperanza en su fuerza mundana. Quizá el hecho de que casi todas las sociedades modernas occidentales basan sus esperanzas en el hombre y en sus conquistas, en la riqueza, la ciencia, el poder militar, la tecnología y en cosas semejantes, impide comprender al hombre ortodoxo, que, sin infravalorar o rechazar completamente todo esto, pone su esperanza principalmente en Dios.
La Iglesia debe apoyar su fuerza en su debilidad humana, en la locura de la Cruz (escándalo para los judíos, estulticia para los griegos), y su esperanza en la resurrección de Cristo. Sin poder mundano, perseguida y diariamente condenada a muerte, hace que surjan santos que tienen la gracia de Dios en vasos de barro, que viven dentro de la luz de la Transfiguración y son conducidos por Dios al martirio y al sacrificio, no a la instauración violenta en el mundo de un autodenominado Estado de Dios. Sus santos no son simplemente agentes sociales, filántropos o taumaturgos. Ponen en comunión a la persona humana con la persona de Cristo, conducen hacia la Divinidad increada al hombre creado, provocan en él no una simple mejoría o perfección moral, sino un cambio ontológico de la naturaleza del hombre. Por eso la esperanza de la Iglesia ortodoxa no está en este mundo.

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