El apego desordenado al propio país

Jerónimo Feijoo describió hace 300 años palabras que vienen perfectas para describir el estado actual de cosas en nuestro país sobre la pasión por la patria chica o paisanismo:

"Busco en los hombres aquel amor de la Patria que hallo tan celebrado en los libros: quiero decir, aquel amor justo, debido, noble, virtuoso, y no le encuentro. En unos no veo algún afecto a la Patria; en otros sólo veo un afecto delincuente, que con voz vulgarizada se llama pasión nacional. 
Dejo aparte aquellos Autores, que llevaron la pasión por su tierra hasta la extravagancia: como Goropio Becano, natural de Bravante, que muy de intento se empeñó en probar, que la lengua Flamenca era la primera del Mundo; y Olavo Rudbec, Sueco (no el que se cita arriba, sino padre de aquél), que quiso persuadir en un libro escrito para este efecto, que cuanto dijeron los antiguos de las Islas Fortunadas, del Jardín de las Hespérides, y de los Campos Elysios era relativo a la Suecia; adjudicando asimismo a su Patria la primacía de la sabiduría Europea; pues pretende que las letras, y escritura no bajaron a la Grecia de Fenicia, sino de Suecia, despreciando en este asunto mucha erudición recóndita.  
Mas la pasión nacional, de que hasta aquí hemos hablado, es un vicio (si así se puede decir) inocente, en comparación de otra, que así como más común, es también más perniciosa. Hablo de aquel desordenado afecto, que no es relativo al todo de la República, sino al propio, y particular territorio. No niego, que debajo del nombre de Patria, no sólo se entiende la República, o Estado, cuyos miembros somos, y a quien podemos llamar Patria común; mas también la Provincia, la Diócesis, la Ciudad, o distrito donde nace cada uno, y a quien llamaremos Patria particular. Pero asimismo es cierto, que no es el amor a la Patria, tomada en este segundo sentido, sino en el primero, el que califican con ejemplos, persuasiones, y apotegmas. Historiadores, Oradores, y Filósofos. La Patria a quien sacrifican su aliento las armas heróicas, a quien debemos estimar sobre nuestros particulares intereses, la acreedora a todos los obsequios posibles, es aquel cuerpo de Estado; donde debajo de un gobierno civil estamos unidos con la coyunda de unas mismas leyes. Así España es el objeto propio del amor del Español, Francia del Francés, Polonia del Polaco. 
El amor de la Patria particular, en vez de ser útil a la República, le es por muchos capítulos nocivo: Ya porque induce alguna división en los ánimos que debieran estar recíprocamente unidos, para hacer más firme, y constante la sociedad común; ya porque es un incentivo de guerras civiles, y de revueltas contra el Soberano, siempre que considerándose agraviada alguna Provincia, juzgan los individuos de ella, que es obligación superior a todos los demás respetos el desagravio de la Patria ofendida. Ya en fin porque es un grande estorbo a la recta administración de Justicia en todo género de clases, y ministerios.

A cara descubierta se entra esta peste, que llaman Paisanismo, a corromper intenciones por otra parte muy buenas, en aquellos Teatros, donde se hace distribución de empleos honoríficos, o útiles. ¿Qué sagrado se ha defendido bastantemente de este declarado enemigo de la razón, y la equidad? ¡Cuántos corazones inaccesibles a las tentaciones del oro, insensibles a los alhagos de la ambición, intrépidos a las [239] amenazas del poder, se han dejado pervertir míseramente de la pasión nacional! Ya cualquiera que entabla pretensiones fuera de su tierra, se hace la cuenta de tener tantos valedores, cuantos Paisanos suyos hubiere en la parte donde pretende, que sean poderosos para coadyuvar al logro. No importa que la pretensión no sea razonable; porque el mayor mérito para el paisano, es ser paisano. Hombres se han visto, en lo demás de grande integridad de vida, sumamente achacosos de esta dolencia. De donde he discurrido, que ésta es una máquina infernal, sagazmente inventada por el demonio, para vencer a almas por otra parte invencibles. ¡Ay de Aquiles, aunque sólo por una pequeña parte del cuerpo sea capaz de herida, y en todo el resto invulnerable, si a aquella pequeña parte se endereza la flecha de Páris! 
El que por estar colocado en puesto eminente tiene varias provisiones a su arbitrio, apenas halla sujetos que le cuadren para los empleos, sino los de su País. En vano se le representa, que éstos son ineptos, o que hay otros más aptos. El humo de su País es aromático para su gusto, y abandonará por él las luces más brillantes de otras tierras. ¡Oh cuánto ciega este humo los ojos! ¡Oh cuánto daña las cabezas!

Es verdad, que algunos pecan en esta materia muy con los ojos abiertos. Hablo de aquellos, que con el fin de formarse partido donde estribe su autoridad, sin atender al mérito, levantan en el mayor número que pueden, sujetos de su País. Esto no es amar a su País, sino a sí mismos, y es beneficiar su tierra, como la beneficia el Labrador, que en lo que la cultiva no busca el provecho de la misma tierra, sino su conveniencia propia. Estos son declarados enemigos de la República; porque no pudiendo un corto territorio contribuir capacidades bastantes para muchos empleos, llenan los puestos de sujetos indignos: lo que, sino es la mayor ruina de un Estado, es por lo menos última disposición para ella.

Cuando la pasión patria entra en la iglesia
Estos hombres de genio nacional, cuyo espíritu es todo carne, y sangre, cuyo pecho anda como el de la serpiente siempre pegado a la tierra, si se introducen en el Paraíso de una Comunidad Eclesiástica, o en el Cielo de una Religión, hacen en ellas lo que la antigua serpiente en el otro Paraíso, lo que Luzbel en el Cielo, introducir sediciones, desobediencias, cismas, batallas. Ningún fuego tan violento asuela el edificio en cuyos materiales ha prendido, como la llama de la pasión nacional la Casa de Dios, en cebándose en la piedras del Santuario. El mérito le atropella, la razón gime, la ira tumultúa, la indignidad se exalta, la ambición reina. Los corazones, que debieran estar dulcemente unidos con el vínculo de la caridad fraternal, míseramente despedazado aquel sacro lazo, no respiran sino venganzas, y enconos. Las bocas donde sólo habían de sonar las divinas alabanzas, no articulan sino amenazas, y quejas: Tantae ne animis coelestibus irae? Fórmanse partidos, alístanse auxiliares, ordénanse escuadrones, y el Templo, o el Claustro sirven de campaña a una civil guerra política.
En ningunas palabras de la Sagrada Escritura se dibuja más vivamente la vocación de una alma a la vida religiosa, que en aquellas del Psalmo 44: Oye, hija, y mira, inclina tu oído, y olvida tu Pueblo, y la casa de tu padre. ¡Oh cuánto desdice de su vocación el que bien lejos de olvidar la casa de su padre, y su propio Pueblo, tiene en su corazón, y memoria, no sólo casa, y Pueblo, mas aun toda la Provincia! 
Alejandro, vencidos los Persas, hizo que los Soldados Macedonios se casasen con doncellas Persianas, a fin (dice Plutarco) de que olvidados de su Patria, sólo tuviesen por paisanos a los buenos, y por forasteros a los malos: Ut mundum pro Patria, castra pro arce, bonos pro cognatis, malos pro peregrinis agnoscerent. ¿Si esto era justo en los Soldados de Alejandro, qué será en los Soldados de Cristo?

Es apotegma de muchos sabios Gentiles, que para el varón fuerte todo el mundo es Patria; y es sentencia común de Doctores Católicos, que para el Religioso todo el mundo es destierro. Lo primero es propio de un ánimo excelso; lo segundo de un espíritu celestial. El que liga su corazón a aquel rincón de tierra, en que ha nacido, ni mira a todo el mundo como Patria, ni como destierro. Así el mundo le debe despreciar como espíritu bajo, el Cielo despreciarle como forastero.


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