Fundadores. San Marcelino Champagnat y Courveille.

La historia de los dos fundadores de los Maristas permite ilustrar importantes cuestiones para deducir cuándo estamos delante de un verdadero fundador y de otro que quizá siéndolo era del todo inconveniente para dirigir una fundación. Hay además en esta historia elementos antecedentes sobre cómo gestionar los casos de grave inmoralidad, que desde hace unos años han sido tan extendidos en fundaciones de la Iglesia.
Jean Claude Courveille fue condiscípulo de Marcelino Champagnat en el seminario menor y en el mayor de Lyon. Tenía tres cualidades preeminentes, una labia cautivadora, capacidad de arrastre humano e ideas para extender obras apostólicas, no vacilando en hacer grandes inversiones económicas. Courveille había tenido la primera idea de fundar la sociedad marista, en principio pensada para sacerdotes, arrastrando en ello a sus compañeros, entre ellos Marcelino, pero éste tenia una inquietud particular y era la formación cristiana de los niños ignorantes de su época, que recordemos era la posterior a los desastres de las guerras napoleónicas; como todo eran proyectos le encomendaron a él crear una orden de hermanos no sacerdotes que enseñaran por los pueblos.
Ambos se asociaron, posiblemente por la candidez de Marcelino, a quien como persona de pueblo, sin gran oratoria, le impresionaba la facundia de Courveille, pero sobre todo porque creía en las comunicaciones de María que éste tenía, su historia de haber sido curado por milagro de la Virgen del Puy de ceguera, y su lógica de que igual que se creó la sociedad de Jesús (jesuitas) tras los desastres de la Falsa reforma, ahora se necesitaba la sociedad de María (maristas) tras los desastres de la impiedad moderna.
Courveille parece ser un caso de un inicial verdadero instrumento de María -no elegido por su santidad previa- que no evolucionó a una santidad de vida, y que por ello se convirtió en gravísimo obstáculo para los planes de María, dándose la gran paradoja de que esto se diera en el mismo al que la Virgen había dado sus instrucciones fundadoras. Menos mal que a la vez la Virgen suscitó a Marcelino Champagnat quien sí tenía un corazón conforme al de María, de otro modo la obra fundadora se hubiera hundido del todo en sus mismos comienzos.
Courveille daba impresión de santidad en la plaza pública, que no era tal para los que estaban bajo su mando, muy áspero, tenía un concepto de superior religioso ajeno al verdadero espíritu, como se puede deducir de palabras suyas en una carta refiriéndose al abad de un monasterio: "El Superior parece poner todo su empeño en mortificar y humillar a sus súbditos en todas las ocasiones, y los súbditos parecen recibirlas con un respeto, una humildad, casi diría una santa avidez lo cual demuestra que son aficionados a ello y que dejan al Superior completa libertad para su dirección; que animan su celo para que no descuide nada de cuanto pueda contribuir en su adelantamiento espiritual y conducirlos a la santidad. desearía, digo yo, que la casa del Hermitage de Nuestra Señora (aquí viene una crítica sibilina) fuese una ligera imagen de la regularidad, de la mortificación, de la humildad, de la renuncia a la propia voluntad y al juicio propio para conformarse con la voluntad y juicio del Superior que es la de Dios; de la abnegación y del menosprecio a sí mismo, del amor a la santa pobreza, de la unión y de la caridad perfecta de unos con otros, del respeto y de la deferencia y sobre todo de la sumisión, de la obediencia ciega y perfecta al Superior a quien le da una completa libertad para mandar y ordenar cuanto él crea ser lo más conveniente a la comunidad y al bien espiritual de cada uno. Fiat, fiat". No es que no haya verdad en las anteriores palabras, pero sí una media verdad, la prueba sería el rechazo general que provocaba en todos sus "súbditos", mientras que con Marcelino todo iba muy bien, porque él los llevaba con espíritu no de superior sino de simultánea paternidad y maternidad, por lo afincado que estaba en la verdadera vida con María, y los hermanos maristas, aún legos en mariología, sabían bien distinguir cuál era la voz verdadera del Pastor y de la Divina Pastora.
Courveille estaba impregnado de su yo, debido a los halagos también, y se daba maneras de santo, hablaba con un acento de misterio y sabía arrastrar, llegando a quitar hermanos a Marcelino, dejando luego en la orfandad más absoluta a sus fundados, hermanos y religiosas. Peor aún o junto a todo ello cayó en la pederastia, lo que sólo se llegó a saber pasados veinte años, por denuncia de la víctima a un sacerdote, el padre Terraillon. Courveille, llevado de remordimientos se retiró a un monasterio, donde volvió a caer, marchó de nuevo, fundó un centro religioso, y de nuevo volvió al abuso de menores, huyendo a otro monasterio. Y todavía hoy algún biógrafo moderno quiere reivindicar la figura de Courveille a pesar de todo, como un hombre al que su época no supo ayudar, al contrario eso es buenismo y falsa compasión, un tema excluido en el discurso dominante donde se hace una representación de media verdad de lo que debe ser la caridad.
Hizo un último intento para volver a ser superior de los maristas, aprovechando la candidez de Marcelino, que se centraba en las obras, y a pesar de que éste sabía de su pecado, menos mal que el sacerdote que recibió la denuncia inicial convenció a Marcelino, lo que no hubiera sido suficiente, de no intervenir el padre Colin, superior de los padres Maristas y compañero también de Courveille, el inspirador (ya que no fundador). Es curioso que la causa de beatificación se retrasase casi un siglo por considerarse que había sido demasiado duro con Courveille, mostrando falta de misericordia, lo que sería signo non-sancto. De haber abusado de la cierta misericordia de Marcelino -menos mal que el Cielo no lo permitió- hubiera sido un desastre de enorme magnitud, tal como lo que hoy conocemos con respecto al padre Maciel. Muy al contrario aquellos dignos hombres de iglesia y de la orden a diferencia de la falsa compasión que demostraron las jerarquías durante los años de impunidad, supieron impedir el escándalo a tiempo.
Es todo una gran enseñanza sobre el problema de inspiradores de obras religiosas que pasan por santos sin serlo, que convencen a jerarquías, y de verdaderos fundadores de verdadero buen corazón, que aplican la verdadera instrucción del Corazón de María. Courveille no tuvo nada de herético en relación al dogma, no fue modernista, pero llevaba en sí el abuso, y la esperanza humana (pensaba incluso en el nuevo rey borbón postnapoleónico como un casi mesías), haciendo de argumentos santos por otro lado, como la obediencia y la supremacía de la Virgen, materiales para un altar a su persona, lo mismo que habian hecho los fariseos con la religión judía de su tiempo, no servidores del altar de Dios sino ladrones de la adoración sólo a Dios debida y del latrocinio de las almas que conlleva.

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