Doble lenguaje para la contraconversión

 Parece que se fomenta la nueva evangelización, pero no se dice nada del antievangelio que domina en tantos ámbitos, no ya como práctica moral deficiente -que esto ha existido siempre- sino como completo programa de contraconversión, con un cambio de lenguaje que transtorna las categorías de eternidad. Se hace necesario estudiar de qué forma el lenguaje es subvertido al interior de la iglesia, en una praxis ya de varias décadas pero que prosigue implacable y va haciendose hueco en el lenguaje de las jerarquías.
Como un preliminar en ese estudio ponemos aquí algunas reflexiones desde la web Germinans, en artículo de 2010:


"Están los objetivos desvelados y los fines últimos inconfesados. Los objetivos desvelados son: ir hacia los hombres, conocer la Palabra de Dios y hacerla vivir, hacer comprender la Liturgia, facilitar la práctica religiosa, establecer unos cauces de diálogo entre la sociedad civil y la Iglesia, contribuir al desarrollo integral de nuestro mundo con las aportaciones de la fe cristiana, potenciar unos lazos de fraternidad, hacer la unidad y propagar la paz. Con este lenguaje tal cual.
Los fines últimos inconfesados corresponden a una voluntad malsana y perversa: la voluntad de separar nuestra Iglesia de la actual Roma de Benedicto XVI, laicizar las instituciones sagradas, que la Iglesia contribuya al camino de la “autodeterminación de nuestro país”, poner al hombre en el lugar de Dios.
Pero sólo un cierto número de “cabezas pensantes” conocen los fines últimos inconfesados: todos sus colaboradores, los pocos jóvenes militantes que quedan en sus movimientos, los laicos que está al pie del cañón en las parroquias, curas y vicarios, los seglares que aún contribuyen con sus aportaciones a la “acción de la Iglesia”, todos marchan de buena fe y con ardor hacia esos fines últimos inconfesados, creyendo sinceramente que están trabajando para el bien de la Iglesia Católica.
¿Los medios empleados? Aparecen extremadamente variados y superpuestos, escondiéndose bajo las mejores apariencias; tienden de una u otra manera a minimizar lo que es Dios, o sobrenatural, o sagrado, rebajar la autoridad, hacer vacilar la verdad o la moral, para dar valor al mundo, a lo profano, y finalmente al pecado y al error. Y los procedimientos más variados, las iniciativas más audaces, las desobediencias más pérfidas salen a la luz, bajo los falsos semblantes de la caridad, de la fraternidad, de la lealtad o de la pobreza.
Todos estos medios actúan con el mismo procedimiento: conservar las palabras viejas, pero vaciarlas de su sentido, de tal forma que los fieles cambien de verdad sin darse cuenta. Y todo en un proceso dialéctico que tiene toda una fachada que tiende a ocultarla: son los rollos que dicen en el transcurso de la misa, las charlas, las “revisiones de vida”, los artículos de periódicos y revistas comentados, las homilías que nos envían desde el CPL, en resumen, toda una verborrea y una hinchazón de ideas pedantes (y a menudo falsas) que desorientan al feligrés y le hacen perder el hilo de la verdadera doctrina. Se habla de la dignidad humana, de la alegría, de los placeres lícitos, del compromiso, de la conciencia adulta, del laicado adulto y estructurado, del desarrollo para un mejor servicio a la sociedad, del amor humano, de la responsabilidad, de la conciencia personal. Y todo ello aliñado, adobado e intercalado con frases sueltas y descontextualizadas del Vaticano II, de Juan Pablo II, del Concilio Provincial Tarraconense y de Benedicto XVI.
Sin embargo, ese lenguaje sonoro y esas consideraciones hacen olvidar las realidades sobrenaturales. Todo un juego de pensamientos y de palabras, de deslizamientos y deterioraciones conducen a dar el cambio, a destruir una verdad aun manteniéndola en apariencia, a insinuar en lugar de la Verdad otra “verdad” que justamente es opuesta a la primera. ¿Cómo es posible? Porque a la verdad objetiva se la ha sustituido con la verdad subjetiva, la cual es la conformidad a la idea oportuna, políticamente correcta, favorable al sentido del mundo y de la sociedad. Es el más espantoso relativismo. Esta dialéctica conduce al lavado de cerebro. Se ataca a la inteligencia para desposeerla de la Verdad. De buenas a primeras, esto no sería posible: pero entonces el neo-modernista progre hacer deslizar el razonamiento por unos juegos sutiles que terminan por adormecer, fatigar o engañar de tal forma que el individuo llega a decir blanco cuando ve negro. El mal se ha disfrazado de “ángel de luz”. Es la equivalencia entre lo verdadero y lo falso: cada cual puede salvarse “con su verdad”, con su “tradición religiosa”, cada cual puede pretender lo que es bueno para su “realización como persona”. Y esta realización es la del mundo.
Así, numerosos periodistas y teólogos han acabado por decir o hacer exactamente lo contrario a lo que ha sido proclamado en los concilios de Trento, Vaticano I y Vaticano II, por citar únicamente los tres últimos.
Los galimatías, las hipocresías y las traiciones de los llamados “medios cristianos” (ya ni prensa católica se llaman) tiene una gran participación en este lavado de cerebro. Ha dado ejemplos contundentes de la presentación de los hechos, de insistencias o de silencios que hacen creer finalmente lo opuesto a lo que la Iglesia dice.
 Es la asfixia lenta, la intoxicación, la inundación solapada del agua podrida que sube, incansablemente. Y en ello tienen culpa muchos de nuestros obispos. Pretenden insuflar un oxígeno nuevo, pero aquello son las miasmas del mundo, Bajo el pretexto de purificación y renovación hacen estallar el armazón. Han llegado a levantar la Iglesia fuera de sus goznes, la empujan desde todos los lados, con celo, aparentemente para ponerla en su lugar, en realidad para dislocarla.
Esta es la realidad, que ha tomado la forma de decenas de religiosos, sacerdotes, seglares, expertos en tal o cual tema, estudiosos, periodistas “cristianos”, aparentemente en comunión con la Iglesia, pero que sabiamente, insidiosamente, destilan el error y envenenan, grandemente, nuestra magnífica religión católica.

¡Hay sacerdotes que ya no tienen fe! Es reconocible en unos ciertos signos. Unos dicen que no creen en la presencia real en la Eucaristía, en los ángeles, en la existencia del infierno. Los sacerdotes-periodistas en boga, no temen afirmar que “la luz siempre nueva del Evangelio anima a la Iglesia en su renovación”, aserto que cuelgan a la espalda del Vaticano II. En cuanto a la luz que viene de la fe y de la Iglesia (que ellos llaman “institución”) se la vela cada vez más.

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