Roncalli, Papa Juan XXIII, y la cuestión del modernismo

La imagen que se dió en su momento del Papa Roncalli fue la de un hijo de campesinos pobres y es la que ha predominado después, un hombre del pueblo que habría seguido siéndolo hasta el papado.
Sin embargo, considerado una carga por los padres que ya tenían 13 hijos, fue entregado a otra familia, y pronto se encaminó a la formación religiosa. Sin duda se hacía querer por su afabilidad unida a su inteligencia, así como por la humanidad que su físico corpulento desprendía, por eso nada más ser ordenado sacerdote ya lo tomó para sí como secretario el obispo de Bérgamo, monseñor Radini-Tadeschi. Este obispo era en aquella época, vísperas de la primera guerra mundial, una rara avis en el episcopado italiano, nada menos que ayudó con fondos de la diócesis a la huelga de unos obreros de fábrica. Era un tiempo de tanteo por la iglesia desde la famosa encíclica Rerum novarum de León XIII que entre otras cosas determinó la fundación de la Acción católica, para la lucha social centrada en la creación de órganos y educación en aquellos tiempos rampantes de socialismo y republicanismo por completo anticlericales.
Roncalli era un hombre bueno, y buenista a la vez. No veía enemigos y eso le daba una percepción más eficaz de no discriminación consonante con la actitud de Jesús, para quien no había de entrada samaritanos, ni romanos, ni recaudadores de impuestos que pudieran provocarle repulsión, dirigiendose de lleno a la persona-en-sí.
Roncalli entendió la Rerum novarum desde el modelo de Jesús, podía estar con todos, cualquiera fuera su credo u opción, que consideraba un simple manto superficial, por debajo del cual estaba el sujeto con alma.
No tuvo ninguna dedicación pastoral común como se le hubiera dado por descontado por su origen popular, se dedicó a la docencia en los tiempos de la lucha contra los intelectuales modernistas en la iglesia por el Papa San Pio X. Roncalli incluso usó materiales pedogógicos basados en monseñor Duchesne, autor de una historia de la iglesia primitiva puesta después en el Indice de libros prohibidos, no porque contuvieran errores históricos, sino porque daban una visión naturalista, sin una visión desde la fe que es la genuina de los escritos canónicos. Roncalli no renunciaba a sus amistades, fueran heterodoxas o no, en el plano de la relación humana, los quería y le querían, de seguro les hacía ser mejores, alguno de ellos sería excomulgado.
Hubo una figura no del agrado de Roncalli, formador antimodernista enviado por el mismo Papa Pio X a dar conferencias a los seminaristas, era un teólogo muy capaz y ortodoxo, pero que en su frialdad dejó un eco muy poco grato en los chicos seminaristas. Para Roncalli, este tipo de promotores constituían aquello de lo que había que huir y definía la actitud de prioridad a la ortodoxia como canon. La ortodoxia sin calor humano sería un argumento contra la propia ortodoxia.
No es seguro pero puede ser que su destino como visitador apostólico a un país lejano y de religión ortodoxa, Bulgaria, fuera un modo de alejar a Roncalli, no teniendo argumentos objetivos contra él, sólo sus amistades consideradas peligrosas. De todos mosos ya tenía una fama previa de buen organizador en el departamento de misiones de Roma. Inició así su carrera diplomática, para la que en principio no había sido preparado ni tenía intención de dedicarse a ella, al ser su objetivo el de conseguir un título en derecho canónico y hacer vida intelectual.
En su nuevo destino en Turquía, más lejos todavía, fue muy eficaz en ayudar a la red clandestina que proveía de pasaportes a los judíos que huían de Europa, pero a los que la autoridad británica sólo dejaba llegar a cuentagotas a Palestina. Su balance fue de 24 mil judíos salvados de una muerte segura. No por casualidad entonces fue que que siendo Papa mandara suprimir la expresión "pérfidos judíos" de los rezos eclesiásticos.
Y con aquella aureola se le confió tras la guerra una misión de mucha mayor relevancia, como nuncio en Francia. Francia la "hija mayor de la Iglesia", la que se había rebelado y sido instigadora contra la iglesia en los últimos doscientos años, que sólo 50 años antes había promulgado las leyes de laicismo o de separación iglesia estado. Roncalli tenía la misión de hacer volver a la oveja descarriada o al menos de que fuera menos peligrosa, y su arma secreta sería su bonachonería y sus éxitos de guerra. En París por tanto consiguió conquistarlos a todos, a los grandes, fueran masones o no, incluso se hizo poner su birrete cardenalicio, en ceremonia palaciega, por el histórico socialista Vincent Auriol, presidente de la nación, ante el que incluso se arrodilló, hasta tal punto "coaccionaba" con su corazón magnífico a su entorno. (Hoy algunos consideran este gesto como un acto de obediencia masónica, o al menos de sometimiento al mundo que preludiaba lo que ocurriría después, pero puede ser considerado como un gesto estratégico para ganar los corazones de los históricos enemigos). Su opositor en la carrera hacia el papado de 1959, Siri, fue nombrado cardenal el mismo año que Roncalli, en 1953 y le fue puesto el birrete por vía "normal" es decir por el mismo Papa Pío XII.
En París por tanto estuvo abierto a todos, y una de sus primeras tareas encomendadas fue la de hacer la depuración de los obispos acusados de colaboración con el régimen de Vichy; Roncalli era por tanto considerado de toda seguridad para el nuevo estado francés; de los 30 acusados sólo autorizó la depuración de 6. Quedó por tanto como un hombre fuerte en el ambiente de la iglesia de Francia. En este ambiente tenían mucha influencia los sacerdotes colaboradores en la resistencia, que habían convivido y estado expuestos a la muerte con comunistas y socialistas. El comunismo había sido declarado peligro número uno para la iglesia en los años 30, tras la terrible experiencia bolchevique y resulta que se les habían colado los nazis por la puerta de atrás, con su estrategia de hacerse la mano firme de las gentes de orden, empezando por los católicos.
Por tanto otro frente que se venía abajo, el del comunismo, ya no era sólo el rostro del estalinismo, sino el de personas con sentido de justicia hasta la muerte que habían defendido la nación, mientras que importantes católicos de toda la vida habían sido tibios y acomodaticios. Esto tuvo que marcar a Roncalli; es por eso que las experiencias de los curas obreros de los años 40, uno de los factores precedentes del concilio, pudieron ser vistas benévolamente por Roncalli. Por descontado la historia daría sus lecciones y sería claro que el marxismo haría estragos en las filas sacerdotales, pero por un tiempo eso no estaba claro y predominaba el aperturismo como actitud afin a la de Jesús. En cualquier caso abrió las puertas al entendimiento con la URSS en la intención de mostrar que no había para la Iglesia esquemas de enemistad basados en estructuras.
Roncalli estaba vacunado contra los fríos ortodoxos de la Curia, y pudo considerar que el papado de Pio XII tenía paralelos con el de Pío X. Este fue nombrado santo, pero lo que había captado Roncalli con su experiencia directa era sólo a los intermediarios del Santo oficio. De inmediato revocó toda reserva contra los teólogos antes considerados peligrosos, entre los cuales por cierto estaba el luego papa Benedicto XVI que había enmendado la plana a una encíclica de Pío XII sobre el cuerpo místico de Cristo.
En la elección a Papa, como queda dicho, los dos mejores candidatos eran Siri y Roncalli, que de alguna manera representaban a dos bloques, no tanto el de tradicionalistas frente a progresistas -que eso es distinción periodística- sino el de los obispos territoriales, con el bloque francés al frente (por tanto implícitamente era candidato del estado francés) frente a la Curia Romana. Con el nombramiento de Roncalli, la Curia tuvo que inferir necesariamente que habría cambios, pero esperaría poder reconducir al nuevo Papa por la vía del día a día. No ocurrió así, por eso cuando Roncalli ordena un gran concilio, la Curia cree que podrá conducirlo dado su peso organizativo profesionalizado. Pero ya en los primeros tanteos se produce la gran oposición entre hermanos, obispos y sacerdotes asistentes al concilio incluso llegan a hacer un plante de protesta y el Papa no movió un dedo a favor de la Curia ni realizó acción alguna de disciplina: la libertad para el concilio era superior. Pero el enfrentamiento estaba echado y lo que ocurrió después ya es historia.
Es patente que el Papa Francisco es un nuevo Juan XXIII, muchas de sus acciones y talante parecen cortados por el patrón del Papa Juan, sólo que mucho más acentuados y con la decisión de llevar aquel camino iniciado hasta las últimas consecuencias. Lo reconoció Loris Capovilla quien fuera secretario del Papa Juan. Ambos han querido mostrar el rostro humano de la Iglesia ante el gran ágora del mundo, un mundo que reconoce la labor humanitaria de la Iglesia y que a la vez se niega en redondo a aceptar toda sacralidad. Sin embargo, no sólo de ejemplos de caridad vive el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca del Señor, y esto queda como gran asignatura pendiente para el futuro.

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