Los teólogos prohibidos por Pio XII

(Tomado de http://www.devilsfinalbattle.com/span/ch6.htm) Juan XXIII expuso: Hoy en día (...) la Esposa de Cristo prefiere usar el remedio de la misericordia en vez de las armas de la intolerancia. Ella considera que va al encuentro de las actuales necesidades, demostrando la validez de Su doctrina, en vez de emitir condenaciones. (...) Sentimos que debemos discordar de aquellos profetas de la desgracia, que viven prediciendo desastres, como si estuviera próximo el fin del Mundo". Aloysius Wycislo, obispo, escribió favorablemente sobre los peritos progresistas: «teólogos y eruditos bíblicos, desacreditados durante varios años, que resurgieron entonces como periti (expertos en Teología, asesorando a los Obispos en el Concilio); sus libros y comentarios pos Vaticano II se hicieron populares. escribió además que «la encíclica Humani Generis del Papa Pío XII había tenido (...) un efecto devastador en los trabajos de considerable número de teólogos preconciliares»; y explica que, «durante los trabajos preliminares del Concilio, continuaban desacreditados aquellos teólogos (franceses en su mayoría, pero también algunos alemanes) cuyas actividades habían sido cohibidas por Pío XII. El Papa Juan discretamente retiró la interdicción que afectaba a algunos de los más influyentes. Sin embargo, muchos de ellos continuaron siendo vistos con desconfianza por los responsables del Santo Oficio.» En este punto, es fundamental la declaración del testigo ocular Mons. Rudolf Bandas, un perito conciliar: No hay duda que el buen Papa Juan se imaginaba que estos teólogos sospechosos rectificarían sus ideas y que prestarían un servicio sincero a la Iglesia. Pero sucedió exactamente lo contrario. Apoyados por ciertos Padres conciliares llamados “del Rin”, y actuando con frecuencia de modo francamente grosero, se volvían a los participantes y exclamaban: «Fijaos, nos han nombrado expertos: nuestras ideas fueron aprobadas.» (...) En el primer día de la cuarta Sesión, cuando nada más llegé a mi tribuna en el Concilio, la primera declaración emitida por la Secretaría de Estado fue: «No se nombrarán más periti.» Pero ya era demasiado tarde. La gran confusión estaba en marcha. Los teólogos prohibidos y luego rehabilitados fueron: Hans Küng, Karl Rahner, John Courtney Murray, Yves Congar, Henri de Lubac, Edward Schillebeeckx y Gregory Baum. Específicamente, Chenu era un defensor de la Nueva Teología que Henri de Lubac había popularizado. Por sus ideas progresistas, Chenu fue condenado en 1942 bajo el pontificado de Pío XII. Su libro Une école de théologie fue puesto en el Índice de Libros Prohibidos y él mismo fue destituido del cargo de rector del Colegio Dominico de Le Saulchoir. El P. David Greenstock, en un artículo publicado en la revista Thomist de 1950, contra la Nueva Teología de Chenu y de De Lubac, explicitó los peligros de ese sistema y el motivo de su condenación. Greenstock resaltó que los partidarios de la Nueva Teología rechazan la filosofía aristotélico-tomista, prefiriendo las filosofías modernas. Débese hacer esto, decían, a fin de captar el interés del “hombre moderno”, que considera “irrelevante” la filosofía tomista. El resultado es que la Teología católica se ve bruscamente privada de su sólido fundamento filosófico, y es “injertada” en los mutables sistemas filosóficos del siglo XX, la mayor parte de los cuales tienen por fundamento el ateísmo y el agnosticismo. Chenu rechazaba también la inmutabilidad de la Doctrina Católica, afirmando que la fuente de toda la Teología no es un dogma inmutable, sino más bien la vida vital de la Iglesia en sus miembros, inseparable de la Historia. Así, pues, estrictamente hablando — dice Greenstock —, Chenu mantenía la idea de que «la Teología es la vida de los miembros de la Iglesia, y no una serie de conclusiones extraídas de datos revelados, con la ayuda de la razón»: una premisa flexible, imprecisa y errónea. Conclusión: Chenu sostenía que la religión puede y debe mudar con el tiempo, según lo exijan las circunstancias. Greenstock explicó, además, que los partidarios de esa Nueva Teología son al mismo tiempo heterodoxos y fraudulentos: «La principal tesis del partidario de este nuevo movimiento — escribió — es que, para sobrevivir, la Teología tiene que cambiar con el paso del tiempo. Simultáneamente, se muestran muy precavidos en repetir todas las proposiciones fundamentales de la Teología tradicional, casi como si no tuviesen ninguna intención de atacarla. Esto es absolutamente cierto en el caso de escritores como los PP. de Lubac, Daniélou, Rahner, (...) Es indudable que todos ellos se hallan en el centro de este movimiento.» En su famoso ensayo de 1946, “¿Adónde nos lleva la Nueva Teología?”, el insigne teólogo dominico P. Reginald Garrigou-Lagrange demostró que los divulgadores de la Nueva Teología (Blondel, de Lubac, Chenu) desvirtúan completamente el concepto de la inmutabilidad de la Verdad. De esa forma — alertaba —, la Nueva Teología sólo nos puede conducir hacia una única dirección — en línea recta hacia el Modernismo. Mientras tanto, los PP. Chenu y de Lubac venían recibiendo a escondidas la protección y el estímulo del Cardenal Suhard, Arzobispo de París, tambien promotor del movimiento de curas obreros. Fue él quien le dijo a Chenu que no se preocupara, porque «dentro de veinte años todos en la Iglesia estarán hablando como tú.» Como se ve, el Cardenal predijo con exactitud la invasión de la Iglesia por el pensamiento neomodernista. Muchos clérigos en la actualidad hablan, de hecho, como Chenu. A principios de la década de los sesenta, el P. Chenu fue uno de los muchos teólogos radicales invitados por Juan XXIII para el Concilio Vaticano II. Cuando éste terminó, debido a la tendencia progresista del Concilio, el P. Chenu vio muchas de sus teorías, antes condenadas formalmente, incorporadas a la nueva doctrina del Vaticano II, en especial a la Gaudium et Spes. Chenu relata con satisfacción que precisamente aquellos puntos que dieron motivo a la condenación de su obra en 1942, fueron, en nombre del Concilio, rehabilitados por los miembros de la Jerarquía. Por lo que respecta a Hans Küng, actuó en el Concilio en estrecha colaboración con otros radicales, como Congar, Ratzinger, Rahner y Schillebeeckx. En los años 70, sin embargo, como Küng hubiera ido “demasiado lejos”, fue censurado por el Vaticano, a causa de ciertas opiniones heréticas, entre las cuales: su rechazo de la infalibilidad de la Iglesia; su afirmación de que los Obispos no reciben de Cristo la autoridad para enseñar; su insinuación de que cualquier laico bautizado tiene la capacidad de realizar la Transustanciación; su negación de que Cristo sea consustancial con el Padre; su insidioso combate a ciertas doctrinas (no especificadas) que se refieren a la Virgen María.

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