El posconcilio visto por Pablo VI



El Posconcilio visto por Pablo VI

EXHORTACION APOSTOLICA “POSTREMA SESSIO" SOBRE LA EPOCA POSCONCILIAR
Venerables hermanos, salud y bendición apostólica:
Llega ya a término la última sesión del Concilio Ecuménico Vaticano II. Dentro de muy poco se disolverá esta grandiosa asamblea inaugurada hace cuatro años junto a la tumba del apóstol San Pedro, para responder a las espe­ranzas, a los deseos y a las más graves y urgentes necesida­des del pueblo cristiano. Y vosotros, venerables hermanos, volveréis a vuestras diócesis, después de un largo y fructuo­so trabajo, llevando en el corazón la legítima satisfacción de haber elaborado providenciales instrumentos para la ver­dadera renovación de la Iglesia, para la unión de los cris­tianos, para la pacificación y elevación del orden temporal.
Cuando el Concilio, cumplidos sus trabajos, parece estar a punto de proporcionar una nueva y grande efusión de vida espiritual a la Iglesia y al mundo, no podemos me­nos que dirigir un paternal llamamiento a los fieles para que eleven a Dios más frecuentes y fervorosas oraciones. Deseamos, venerables hermanos, que ese fervor de oración, al que en otras ocasiones hemos exhortado a los hijos de la Iglesia, durante la celebración conciliar, no se entibie al final del Concilio, sino que se haga más inten­so; de forma que toda la Iglesia, en estos días, en todas las partes del mundo, esté unida en ferviente oración con los sucesores de Pedro y de los apóstoles, como lo estu­vieron los apóstoles en torno a María, Madre de Jesús y nuestra, en el Cenáculo (cfr. Hech. 1, 14), para pedir un nuevo Pentecostés, que renueve por obra del Espíritu San­to el rostro de la Esposa de Cristo y de la sociedad.
Ante todo, rindamos las debidas gracias a Dios Omni­potente, que durante todo el curso de los trabajos del Con­cilio no ha cesado de asistir con su ayuda y con la abun­dancia de las luces celestiales a las asambleas ecuménicas. En verdad, si consideramos la inmensa mole del trabajo realizado hasta aquí por el Concilio, quedaremos maravi­llados al advertir los numerosos puntos de doctrina expuestos por el magisterio extraordinario de la Iglesia, las sabias disposiciones disciplinarias que, continuando fielmente la tradición eclesiástica, abren nuevos horizontes a la acción de la Iglesia, y sin duda serán saludables al bien de las almas.
La misión de la Iglesia
Si atendemos a la resonancia que ha tenido en la opinión pública la celebración conciliar no proporciona menor alegría que el Concilio haya suscitado tanto interés en el mundo; tanto que los problemas y doctrina de la Iglesia, en nuestros días, parecen tener un peso muy notable en todos los hombres de buena voluntad, que con corazón sincero buscan la verdad y se afanan por contri­buir al verdadero bien de los hombres. Esto ofrece a la Iglesia la posibilidad de establecer un provechoso diálogo con el mundo, es decir, con los hombres y pueblos de toda creencia y civilización para contribuir a la defensa de los valores humanos y a una mejor solución de los problemas humanos a la luz del mensaje evangélico.
Se puede decir verdaderamente que la Iglesia católica se ha manifestado ante todas las gentes circundada de una espléndida luz, como la ciudad situada sobre el monte. Mat. 5, 14), guardiana invicta de las verdades divinas y de la dignidad humana. Tampoco es difícil presagiar los nuevos y futuros progresos de la fe, es decir, cuando el pueblo de Dios haya entrado cada vez más en la atmósfera de renovación espiritual suscitada por el Concilio en la Iglesia.
Todo esto, al paso que consuela a quienes han sido los instrumentos de esta efusión de “la multiforme gracia de Dios” (1 Petr. 4, 10) en las almas, nos hace experimentar el urgente deber de trabajar con todas las fuerzas, para que no se oponga ningún obstáculo al río arrollador de gra­cias celestiales que hoy “alegra a la ciudad de Dios” (Ps. 45, 5), ni en ningún modo se debilite este impulso vital de la Iglesia.
Necesidad de poner en práctica todas las normas
Esto sucedería, si terminada la fase de las discusiones y deliberaciones del Concilio, se aminorase el empeño apostólico de los sagrados pastores y no se mostrase su­ficientemente vigilante su atención a las responsabilidades que les incumben en el período posconciliar. Pues el feliz éxito del Concilio y su influjo saludable en la vida de la iglesia, más que de la multiplicidad de normas, depende­rán de la seriedad y del celo en llevar a la práctica, en los años venideros, las deliberaciones. Es decir, será preci­so ante todo disponer convenientemente el ánimo de los fieles para recibir las nuevas normas; sacudir la inercia de los demasiados reacios a habituarse al nuevo curso; sosegar por otro lado la intemperancia de los que en demasía se fían de la iniciativa personal, pudiendo así dañar la sana renovación emprendida; mantener las innovaciones dentro de los límites señalados por la autoridad legítima; promover en todos el espíritu de confianza en los sagrados pastores y la obediencia plena, que es expresión del verdadero amor a la Iglesia y al mismo tiempo garantía segura de unidad y pleno éxito.
Son suficientes, venerables hermanos, estas breves anotaciones para deducir la gravedad e importancia de las tareas, que de ahora en adelante os aguardan. Hay que llevar a cabo una obra de inmensa responsabilidad, que os exige ante todo prudencia, perseverancia, perspicacia en las decisiones; pero no menos requiere la colaboración pronta y generosa de toda la grey cristiana confiada a cada uno de vosotros. El Concilio no puede prescindir de ninguna forma de la cooperación de todos, dado que interesa la vida espiritual de todos los hijos de la Iglesia.


Paternal solicitud y confianza en la obra de los sacerdotes
En este esfuerzo común no hay duda que antes que na­die los queridísimos sacerdotes, y especialmente los que tienen cura de almas, ayudarán a sus pastores. El Conci­lio Ecuménico, dictando providenciales normas a ellos re­ferentes, les ha ofrecido un incomparable instrumento para un más digno y eficaz ejercicio de los deberes sacerdota­les; reciban ahora con buena voluntad este instrumento y sírvanse de él, animados por los más sólidos propósitos de conseguir la santidad, y llevar a cabo con diligencia y generosidad el sagrado ministerio. Por nuestra experiencia pastoral, conocemos muy bien cuántos son los obreros de Cristo, todos verdaderamente dignos, que trabajan activa­mente en el campo del Señor, fecundándolo con su sudor, y no ignoramos las dificultades y los sacrificios, a los que está expuesta la vida de muchos de ellos, que se desen­vuelven con frecuencia en la soledad, en la indigencia, en medio de la hostilidad de los hombres que les rodean. Se­pan estos queridos hijos que el Vicario de Cristo piensa en ellos, y pide a Dios asiduamente por ellos; sus angus­tias, aun las más ocultas, quizá podrán pasar inadvertidas a los hombres, pero, ciertamente, no a Dios; el cual les prepara en el Cielo el premio digno de sus fatigas.
Pensamos también con particular confianza en la pre­ciosa contribución que todas las familias religiosas apor­tarán a esta empresa. Pues en la floreciente vida religio­sa la Iglesia tiene gran parte de su vigor, de su celo apos­tólico, de sus deseos de santidad. Hoy, como nunca, la iglesia tiene necesidad del testimonio público y social, que ofrece la vida religiosa, y de la ayuda que puede prestar al clero diocesano en el ejercicio del apostolado. Brillen como nunca, pues, los ejemplos de aquellos que han renuncia­do al mundo, y demuestran, por tanto, con evidencia, que el Reino de Dios no es de este mundo (lo. 18, 30), y que el ardor apostólico, que los inflama, no se agote dentro de los límites de sus comunidades, sino que se abra a todas las necesidades espirituales, que desgraciadamente sufre nuestro tiempo.
Ponemos, finalmente, nuestra confianza en los seglares comprometidos en el apostolado, por quienes sentimos pa­ternal afecto. Que el Concilio Ecuménico haya querido tratar expresamente de su condición, y que haya discutido ampliamente sobre el puesto y las tareas que les competen en la Iglesia, demuestra con suficiente claridad las impor­tantes responsabilidades, que hay que atribuir a los segla­res. En realidad el trabajo pastoral de los sacerdotes no puede conseguir plenamente sus metas, si no se acompaña de la acción de los laicos, a los que corresponde ayudar a la Iglesia en el ejercicio del sagrado ministerio, suplir generosamente la acción de los sacerdotes, donde haya es­casez de clero, y también buscar nuevos métodos, con los que la Iglesia pueda transmitir más adecuadamente y con mayor eficacia el mensaje de la salvación a los hombres de nuestro tiempo. Exhortamos, por tanto, con paternal afecto, a estos hijos nuestros, para que se muestren a la altura de las exigencias del gran momento presente del Concilio Ecuménico, y generosamente correspondan a la esperanza y a la confianza que en ellos pone la Iglesia.
Que todos colaboren en fomentar la gran esperanza Venerables hermanos, esperamos con seguridad que vuestros hijos en Cristo, del mismo modo que hasta aho­ra han compartido con vosotros vuestras preocupaciones por el éxito del Concilio Ecuménico, orando, alegrán­dose, confiando con vosotros, os satisfarán ahora con los generosos propósitos de su colaboración, al volver a vuestras diócesis. Más aún, deseamos vivamente que a vuestro retorno a la patria no falten manifestaciones pú­blicas de honor y debidas demostraciones de agradeci­miento; lo pide la gran empresa que con Nos habéis lle­vado a cabo con la máxima prudencia, sabiduría y dili­gencia; lo merecen aquellos que, como vosotros, han abierto a la Iglesia nuevos horizontes, indicando a los hombres con tanta autoridad el camino de la dignidad hu­mana, del amor fraterno, de la unidad y de la paz.
Por vosotros surge una gran esperanza en la Iglesia y en el mundo; benditos aquellos que colaboren con voso­tros para nutrirla, vigorizarla  y llevarla a la práctica.
Ya sabéis, venerables hermanos, que las fuerzas huma­nas son desiguales con relación a la ardua y grave tarea, que hemos de realizar después del Concilio. Por tanto, la realización de las normas conciliares dará a la Iglesia los frutos esperados solamente si a vuestros esfuerzos se aña­de la ayuda del Divino Redentor, que afirmó: “Sin mí no podéis hacer nada” (lo. 15, 5) y si la acción del Espíritu Santo continúa empapando, corroborando e ilumi­nando la mente de los sagrados pastores.
La oración, por tanto —que es como el aliento de la Iglesia—, y en particular la oración dirigida al Espíritu Santo, que guía los pasos de los seguidores de Cristo, es el deber, que se impone, antes que ninguno, en esta última fase del Concilio. Aquí los fieles deben encontrar la ener­gía sobrenatural para poder proseguir el camino lleno de esperanza, que ya se abre ante ellos; para conformarse con pleno asentimiento a las disposiciones de la Iglesia, que ahora como nunca quiere a sus hijos dóciles en la obe­diencia, prontos a la acción y animosos, si es necesario, para el sacrificio; para pedir, finalmente, a Dios, una numerosa escuadra de santos, que, como San Carlos Borromeo, sean ejemplo y estímulo del pueblo cristiano en la fiel realización de los decretos conciliares, pues precisamente de esos hombres hay que esperar la verdadera re­novación de la Iglesia, ardientemente deseada por el Concilio.
A este fin establecemos, venerables hermanos, que antes de la conclusión del Concilio Ecuménico, en todas las dió­cesis del orbe católico, en las parroquias y en las comu­nidades religiosas, se celebre un triduo de oraciones so­lemnes. Estas súplicas, que se harán durante la próxima novena de la Inmaculada Concepción, no sólo tendrán debidas gracias e impetrar nuevas ayudas celestiales, sino que también podrán ofrecer la oportunidad de instruir a los fieles sobre sus nuevos deberes y exhortarlos, para que uniendo sus es­fuerzos a vuestras iniciativas, prontamente pongan en prác­tica en la vida cristiana, privada y pública, las normas sa­ludables del Concilio Ecuménico.
Finalmente, venerables hermanos, permítasenos mani­festar también este deseo nuestro: que vosotros mismos os preocupéis por hacer llegar desde esta ciudad a vuestros fieles las oportunas invitaciones y exhortaciones a la ora­ción. de forma que el mismo día y a la misma hora que en la basílica de San Pedro se concluye solemnemente el Concilio Ecuménico, en todo el mundo toda la familia católica, orando fervorosamente, se encuentre unida en unidad de voces y de espíritus con el Vicario de Cristo y con sus sagrados pastores.
Alentados por esta esperanza, en prenda de los celes­tiales favores y como testimonio de nuestra benevolencia, a todos vosotros, venerables hermanos, al clero y al pue­blo confiado a vuestro cuidado, impartimos de corazón en el Señor nuestra bendición apostólica.
(Exhortación apostólica del 4 XI-65).



ALOCUCION AL EPISCOPADO SOBRE LA EPOCA POSCONCILIAR

Señores cardenales, venerables hermanos en el episco­pado:
Se puede decir que el Concilio ha terminado. La reu­nión, al final de este gran acontecimiento, nos parece una necesidad del corazón y un deber de nuestro oficio apos­tólico. Y si quisiéramos secundar los sentimientos y pensa­mientos que este encuentro hace brotar en el corazón ten­dríamos demasiadas cosas que decir, siendo así que el tiempo de que disponemos es breve, y tampoco es ésta la ocasión más propicia.
Renunciamos a los comentarios. Ahora no vamos a ha­blar sobre cuál ha sido el desarrollo del Concilio, sus pro­blemas y decisiones, vuestras relaciones con Nos en este extraordinario acontecimiento.
También renunciamos a una síntesis de los hechos, de los trabajos llevados a cabo, de las impresiones y de los juicios sobre el acontecimiento histórico de la vida de la Iglesia, que ahora está a punto de clausurarse; sin duda cada uno en particular se siente atraído a hacer esta sín­tesis por sí solo; el tiempo, decantando los recursos, con­tribuirá a su claridad, y la reflexión, el intercambio de ideas, la atención a las voces de las crónicas y críticas, ayudarán a valorar mejor el significado polivalente de nuestro Concilio.
Hasta vamos a renunciar a los saludos; al menos a las formas que en este momento habría que adoptar, ador­nándonos con agradecimientos, evocaciones, valoraciones, votos y cordiales deseos. Sin embargo, os aseguramos nuestra devota y afectuosa benevolencia, particularmente sincera en este momento de recuerdo y de retorno a la posición normal de cada uno. Y permítasenos, al final de esta audiencia, reafirmar la comunión de corazones, que ahora más que nunca debe ligarnos, recitando una ora­ción al Señor, de cuya bondad todos solicitamos ser asis­tidos y bendecidos.
Es decir, más que al pasado, aunque meritorio y digno de valoración y meditación, vamos a mirar un instante al futuro, a lo que nos aguarda, a las nuevas y comunes obligaciones.
Pocas cosas, entre las muchísimas que esta sola perspec­tiva nos ofrece, serán materia ahora de nuestras bre­ves palabras. Lo primero, nos parece, es la “conciencia posconciliar”. Tenemos que predicárnosla a nosotros mis­mos, desde el momento en que todos debemos tratar de infundirla en los demás, en el clero y en los fieles. ¿Ter­minado el Concilio todo vuelve a ser como antes? Las apariencias y las costumbres responderán que sí. El espí­ritu del Concilio, responderá que no. Alguna cosa, y no pequeña, tendrá que ser nueva también para nosotros —para nosotros sobre todo—. ¿Un cambio de muchas for­mas exteriores? Sí, pero no aludimos a estas ahora. Nos referimos a nuestro modo de considerar la Iglesia; modo que el Concilio tanto ha cargado de pensamientos, de te­mas teológicos, espirituales y prácticos de deberes y con­suelos, que nos exigen un nuevo fervor, un nuevo amor, casi un nuevo espíritu. Al decir esto no queremos insinuar que en pastores magníficos, celosos y santos como voso­tros, haya falta de conciencia y de fervor; sabemos muy bien cómo amais y sois fieles a la Iglesia, pero creemos que el Concilio puede y debe enriquecer con conceptos y energías nuevas nuestro servicio a la Iglesia. Léanse y reléanse principalmente la “Constitución Dogmática sobre la Iglesia” y el “Decreto sobre el Oficio Pastoral de los Obispos”; adquiriremos en ello una más viva conciencia de la naturaleza y misión de la Iglesia y un concepto más estimulante del ministerio pastoral, no sólo en cuanto se refiere a las disposiciones canónicas, sino también a la espiritualidad que lo debe animar.
De todas formas, venerados hermanos, no es un período de administración ordinaria el que sigue al Concilio, ni mucho menos de descanso y fácil ministerio, sino un período de más intenso trabajo, si es posible; ciertamente de más asediante esfuerzo. ¡Que el Señor nos ayude!
Se trata de llevar a la práctica los decretos conciliares. Es evidente. Pero tenemos que estar persuadidos y dis­puestos a ello. La eficacia pastoral de un Concilio no de­pende solamente de la sabiduría y autoridad de sus leyes; depende también, y principalmente, de la diligencia con que se aplican estas leyes. Y a este respecto recordamos que, de nuestra aceptación, humilde y leal, sin una actitud “a posteriori” y sin táctica o abiertas reservas de las normas conciliares, dependerá la aceptación del clero y de los fie­les. Si somos devotos de este magisterio eclesiástico que en nosotros se personifica y nosotros ejercemos, debemos adherirnos nosotros los primeros a lo que el Concilio ha establecido y modelar nuestra mente y nuestras obras se­gún su inspirada e indiscutible autoridad.
No es intención nuestra reseñar las normas conciliares que se refieren a nosotros, y mucho menos enumerar los problemas prácticos que atañen a nuestro ministerio. Nos permitimos, a este respecto recordar cuanto tuvimos oca­sión de presentar a vuestra consideración en nuestro dis­curso del 14 de abril del año pasado. En este momento nos vamos a limitar a unas pocas observaciones de otro género que se refieren más a nuestro espíritu, que a las cosas de fuera.
He aquí una; nuestra autoridad episcopal después del Concilio. Hechos, tendencias, palabras, teorías que tienen timbre de actualidad, ponen en tela de juicio no sólo esta o aquella autoridad, sino el principio mismo de la auto­ridad. Todos sabemos que este viento contrario a la auto­ridad, por sagrada y legítima que sea, ha invadido, acá y allá, también el ambiente eclesiástico. Pues bien, creemos que la autoridad episcopal sale del Concilio reivindicada en su institución divina, confirmada en su insustituible función, revalorizada en sus poderes pastorales de magis­terio, santificación y gobierno, honrada en su extensión a la Iglesia universal a través de la comunión colegial, precisada en su puesto jerárquico, confirmada en su co­rresponsabilidad fraterna con los demás obispos con res­pecto a las necesidades universales y particulares de la Iglesia y más ligada en espíritu de unión subordinada y colaboración solidaria con el jefe de la Iglesia, centro constitutivo del Colegio Episcopal. Será precisa una des­cripción doctrinal orgánica de la figura del obispo como el Concilio, resumiendo y desarrollando los elementos teo­lógicos y canónicos tradicionales, la ha trazado; tenemos motivo para dar gracias humildemente al Señor por nues­tra elección y reflexionar continuamente en la naturaleza y gravedad de nuestros deberes; recapacitada y profundi­zada en las largas y laboriosas sesiones en el aula conci­liar, esta meditación tendrá que continuar y alimentar siempre nuestra conciencia episcopal, y no hay duda que la autoridad con que hemos sido investidos, caracterizará a esta conciencia y dará dignidad y vigor a nuestro mi­nisterio.
¿Pero cuál es el estilo de esta autoridad? ¿Los aspectos humanos con que está revestida, son aristocráticos, demo­cráticos? No son estos términos apropiados para la figura del obispo; los pronunciamos para facilitar el estudio de lo que estamos indagando. Más de acuerdo con el proble­ma está en cambio la confrontación de las expresiones his­tóricas diferentes de la autoridad episcopal; ¿quién no ve, por ejemplo, que en otro tiempo, especialmente cuando la autoridad pastoral iba ligada a la temporal (¿Quién no recuerda el báculo y la espada?), las insignias del obispo eran de superioridad, de exterioridad, de honor, y a veces de privilegio, de arbitrio y suntuosidad? Entonces estas insignias no provocaban escándalo; más aún, al pueblo le gustaba admirar a su obispo adornado de grandeza, de poder, de fastuosidad y majestad. Pero hoy no es así y no puede ser así. El pueblo, lejos de admirarse, se mara­villa y escandaliza, si el obispo aparece revestido con so­berbios distintivos anacrónicos de su dignidad, y se apela al Evangelio. Y por fortuna hoy ninguno de nosotros podría procurarse esos soberbios distintivos y lucirlos; los obis­pos son pobres; lo sabemos muy bien, tienen dificultades para llevar con un mínimo decoro la vida más modesta. Permanece, sí, posiblemente, un sobrio digno decoro; el oficio lo exige, pero damos gracias a Dios por todo cuan­to hemos dejado de externo y mundano (cfr. Le. 22, 35).
¿Qué es entonces lo que califica hoy al ejercicio de la autoridad episcopal? El sentido de la responsabilidad. Una responsabilidad cada vez más clara y tremenda. El sentido de las famosas palabras de San Pablo: “Quién desea el episcopado, etcétera” (1 Tim. 3, 1). parece referirse más al sacrificio que a la satisfacción de quien asume tan gravísimo oficio. Y que así debe ser lo dice, además de la voz del Divino Maestro, la voz de los tiempos en que vivimos; en los que hacer de obispo es la cosa más comprometedora, más ardua, y humanamen­te hablando, a veces más ingrata y peligrosa. Si el sentido de responsabilidad caracteriza hoy a la del obispo, la re­viste un segundo sentido, ahora muy difundido, el de ser­vicio. También esto nos lo ha predicado el Divino Maes­tro: “El Hijo del Hombre no ha venido a ser servido, si­no a servir” (Mateo, 20, 28; Luc., 22, 27; Fil., 2. 7). Y si es así, un sentimiento que siempre ha empapado el sagra­do ministerio interiormente se hace patente en el ejercicio que hoy se exige al obispo; un sentimiento, mejor, una virtud, un espíritu, que todo lo invade y vivifica la obra del Pastor, que es, como sabéis, el amor. El amor hoy de­be transparentarse. La relación canónica entre el obispo y el clero y los fieles debe estar vivificada por la caridad de una forma, decíamos, transparente. El obispo debe aparecer como padre, maestro, educador, rector, conso­lador, amigo y consejero, pastor en una palabra.
También se hace evidente otro carácter de la vida ecle­siástica, la comunión; que quiere decir el contacto hu­mano, directo, lleno de gravedad y bondad con la comu­nidad. Especialmente con la de los sacerdotes. Con los sacerdotes. Vosotros, buenos y venerados hermanos, inme­diatamente intuís, y quizá ya lo habéis intuido, que acer­carse a los sacerdotes es hoy el estilo de la autoridad epis­copal. No para disminuir el prestigio y vigor de la autoridad, antes al contrario, para situarla en el corazón de sus funciones. Y el corazón son nuestros sacerdotes; escu­chadlos, informadlos, consultadles, exhortadles; he ahí las formas elementales, pero fecundas de ese diálogo, que un crecido sentido comunitario debe establecer entre el obispo y sus sacerdotes, y luego-preocuparse por ellos. Es­pecialmente si son pobres, si están enfermos, si vacilan, si caen. Y entre todos, permitid que os recomendemos al clero joven. Conocemos las providencias que ya se están llevando a cabo a este respecto; las elogiamos y recomen­damos vivamente.
Esto nos parece a nosotros estilo nuevo, espíritu de Con­cilio.
Ciertamente que hay otros muchos puntos dignos de mención y reflexión, pero el tiempo es breve y el discurso se prolonga. Solamente nos referimos al punto que nos parece principal, la formación propiamente religiosa, tan­to del clero como de los fieles. El Concilio nos ha dado una magnífica y rica constitución sobre la Sagrada Litur­gia; es supèrfluo describirla ahora. Recordemos sólo una cosa, no se refiere solamente a la reforma de los ritos sa­grados; trata de dar lo esencial a nuestra educación y a nuestra expresión religiosa, la palabra divina, el dogma, el sacramento, el Cuerpo Místico, la oración comprendida y expresada por toda la comunidad, a Cristo, a Dios, a la Santísima Trinidad. Lo que es principal en la realidad ob­jetiva de la revelación ha de volver a ser principal en la devoción subjetiva de la vida religiosa, especialmente en la formación de los alumnos de los seminarios. Temas ya co­nocidos, pero que exigirían no pocos comentarios y des­arrollo. El Concilio nos abre este camino, que conduce a la renovación religiosa de nuestro tiempo, a la conserva­ción de la fe y de la práctica religiosa de nuestro pueblo, a la eficacia positiva y constructiva de nuestro ministerio, a la apología de nuestra Iglesia, a la gloria de Cristo y de Dios.
Aquí nos detendremos; acaso con vuestro gusto, pero para disgusto nuestro, pues tendríamos muchos temas muy graves que tratar con vosotros: la instrucción religiosa del pueblo, especialmente en las escuelas, la Acción Católica y el adiestramiento de los fieles en el testimonio cristiano y en el apostolado, el problema siempre de actualidad de la prensa católica, la moralidad de los espectáculos, de la li­teratura, de la vida pública y privada, etc. Sobre cada pun­to el Concilio tiene no poco que decir.
En esta feliz y única ocasión de la clausura del Concilio Ecuménico es suficiente expresaros nuestro devoto afecto, nuestros fraternos votos, la seguridad de nuestra comunión espiritual (esta mañana hemos celebrado la san­ta misa por vosotros y por vuestras respectivas diócesis), la solicitud de vuestra benévola adhesión y colaboración; finalmente, con todo el corazón y en nombre de Cristo a quien representamos, invocando la protección de María Santísima, nuestra bendición apostólica.
(Alocución del 6-XI1-65).
EL CONCILIO DEBE INFLUIR SOBRE NUESTRA VIDA
“¿Cuál puede ser el tema de nuestras palabras sino el Concilio, una vez más el Concilio, que hace precisamente una semana hemos clausurado felizmente? Quizá piense alguno que ya se ha hablado mucho sobre el Concilio, que son muchos los que lo han hecho y en muchos sentidos: ¿no será, pues, el momento de acabar, y de cambiar de tema?
Hijos queridísimos: nos hacemos cargo perfectamente del estado de ánimo de quienes piensan así; y hasta tal punto, que es Nuestro propósito renunciar, durante estas Audiencias de carácter familiar, a los comentarios póstu­mos del gran acontecimiento: dejamos los comentarios a los competentes, a los críticos, a los historiadores; y en vez de volver la mirada al pasado, miramos al presente, y un poco también al porvenir; pero no podemos prescindir del Concilio.
¿Por qué? Por la sencilla razón de que el Concilio, por su misma naturaleza, es un hecho que debe durar. Si ha sido realmente un hecho importante, histórico y, en ciertos aspectos, decisivo para la vida de la Iglesia, está claro que en adelante lo encontraremos en nuestro caminar por mu­cho tiempo aún: y es bueno que sea así. El Concilio no es un suceso efímero y pasajero, como lo pueden ser tantos acontecimientos en la crónica de la Iglesia y del mundo; es un acontecimiento que prolonga sus efectos decidida­mente más allá de la temporada de su efectiva celebración. Debe durar, debe dejarse notar, debe influir sobre la vida de la Iglesia, es decir, sobre nuestra vida, si es que quere­mos de verdad ser buenos y fieles miembros de la Iglesia.
Haremos ahora dos observaciones sencillas. La primera se refiere precisamente a la actitud que hemos de adoptar en relación con el “posconcilio”, como se le llama ya. Porque, entre las varias posibles, debemos elegir la actitud buena. Antes de nada, señalábamos como no buena, no lógica, no “eclesial”, la actitud de quienes, una vez que el Concilio ha terminado, piensan volver a la situación an­terior; volver a los hábitos religiosos y morales anteriores al Concilio, y esto no quizá por el valor que tengan en sí mismas tales costumbres, de las cuales muchas, o mejor, muchísimas, deben y deberán ser conservadas y defendidas, ya porque forman parte del “depósito de la fe”, inaliena­ble e irreformable, ya porque constituyen el patrimonio genuino y precioso de una tradición católica que sería necio e irreverente cambiar o disipar; sino que fundan su actitud en la tranquilidad, en la pereza y en el descanso, que aquellas costumbres parecen otorgar y garantizar. Este estado de ánimo no correspondería al espíritu renovador del Concilio ni sería digno de hijos fervorosos e inteligen­tes de la Iglesia: no sea, pues, el nuestro.
Hay otra actitud opuesta: el “conciliarismo”, es decir, la que querría un Concilio permanente. Y con esto no ha­blamos de sus más salientes y famosas afirmaciones históricas y jurídicas, referentes a la doctrina de la suma po­testad rectora de la Iglesia; a este respecto debemos ale­grarnos de las soluciones constitucionales emanadas del
Concilio Vaticano primero, acerca de la potestad pontifi­cia, y de las emanadas del Concilio Vaticano segundo, so­bre la potestad de los Obispos juntamente con la del Papa. Aludimos más bien el estado de ánimo de quienes querrían “poner en discusión” permanente verdades y leyes ya cla­ras y establecidas, continuar el proceso dialéctico del Con­cilio, atribuyéndose competencia y autoridad para intro­ducir criterios innovadores propios, o subversivos, en el análisis de los dogmas, de los estatutos, de los ritos, de la espiritualidad de la Iglesia católica, para conformar su pensamiento y su vida al espíritu de los tiempos. Siempre será lícito y encomiable que Pastores y Doctores no per­mitan al pueblo de Dios una adhesión puramente pasiva a la doctrina y al modo de vivir de la Iglesia, sino que más bien procuren animarla de vivas convicciones, de estudios nuevos, de expresiones originales; pero todo esto supone una segura fidelidad religiosa y moral, garantizada ya por el magisterio de la Iglesia católica. De otro modo, quedaría desmentida su naturaleza y su misión.
Lo que quiere decir que la actitud buena, la actitud que los fieles de la Iglesia deben adoptar hoy respecto al Con­cilio, no es la de “poner en discusión”, es decir, poner en duda y bajo examen las cosas que el Concilio nos ha en­señado, sino la de ponerlas en práctica; la de estudiarlas, comprenderlas y aplicarlas en el contexto efectivo de la vida cristiana. Si faltase esto ¿de qué hubiera servido el Concilio? Esto significa que el período posconciliar es im­portantísimo; y si el Concilio comprometía directamente a los Padres conciliares, o sea, a la Jerarquía con autoridad de magisterio y de gobierno, el posconcilio compromete a todos y a cada uno, Clero y Fieles.
Y aquí haremos nuestra segunda observación. Se refie­re a las “novedades” del Concilio, es decir, a los efectos visibles que el Concilio busca producir. A este propósito es preciso recordar que no todos los efectos conciliares son visibles y exteriores, y, por tanto, aptos para traducirse en transformaciones sensibles (como lo son, por ejemplo, los cambios de algunos ritos litúrgicos). La renovación conciliar no se mide tanto por los cambios de usos y de normas exteriores, cuanto por el cambio de ciertos hábitos mentales, de cierta inercia interior, de cierta resistencia del corazón al espíritu verdaderamente cristiano. El primer cambio, y el más importante de todos, es el que común­mente llamamos la “conversión” del corazón. Es preciso, como dice San Pablo, “renovarse espiritualmente en la mentalidad” (Eph. 4, 23); pensar de modo nuevo. Aquí es donde comienza la reforma, aquí es donde comienza el aggiornamento.
En una palabra: debemos entrar en una fase de docili­dad interior a la voz de Dios, en una fase de buena volun­tad y de fervor, caracterizada por el amor a Cristo y a su Iglesia, por un nuevo y grande amor.
(Alocución del 15-XII-65).


Una vez más, y por largo tiempo, será tema de nuestros encuentros con los visitantes, que nos traen a esta audien­cia semanal el testimonio de la adhesión de los hijos fieles a la vida de la Iglesia; será tema el Concilio, que hace poco ha terminado, y lo haremos no tanto para ilustrar su recuerdo cuanto para continuar su eficacia. Se ha dicho, y lo repetimos, que la eficacia práctica del Concilio, espiri­tual y pastoral, se medirá por el período siguiente a su ce­lebración, pues su eficacia depende de la aplicación efec­tiva y concreta de las enseñanzas emanadas del Concilio mismo. Es importante, pues, que en los círculos especiales de los fieles más fieles, del clero y de los religiosos, de ca­tólicos conscientes y comprometidos, haya la persuasión de que el Concilio todavía es operante; más aún, que es operante después de su clausura.
Este estado de ánimo ha sido definido por “espíritu del Concilio”. La expresión es muy bella y elevada, pero debe ser precisada para que no resulte vaga y fecunda en ideas ambiguas y quizá peligrosas.
¿Qué se entiende por “espíritu del Concilio”?
No se puede, en esta sede ni en pocas palabras, hacer un análisis adecuado, ni identificar sus referencias históri­cas y espirituales características. Contentémonos ahora con detenernos en algunos aspectos descriptivos, en uno al me­nos, en la animación ideal y moral, que últimamente pue­de derivarse para el pueblo de Dios de la celebración de un Concilio, de este Concilio Ecuménico Vaticano II, de forma especial.
El primer aspecto del espíritu del Concilio es el fervor. Es evidente. Esta era la meta principal del Concilio, es de­cir infundir en el Pueblo de Dios claridad, consciencia, buena voluntad, devoción, celo, buenos propósitos, nuevas esperanzas, nuevas actividades, energía espiritual, fuego. Recordamos las palabras del Papa Juan: “La Iglesia, iluminada por la luz de este Concilio, se colmará de rique­zas espirituales, como esperamos, y encontrando en él vigor dé nuevas energías podrá mirar hacia el futuro” (Discorsi, 1962, página 581). Este fervor es congènito con la vocación a la vida cristiana, y es el secreto de su perenne vitalidad; recordemos las palabras de Cristo : “He venido a traer fuego a la tierra y qué voy a querer sino que arda” (Luc,49), y las de San Pablo, que recomiendan a los fieles primitivos ser “de espíritu fervoroso” (Rom. 12, 11), y todo el resto de la educación cristiana que condena la ti­bieza (cfr. Apoc. 3, 16), y que tiende a poner el alma en un estado de tensión permanente, e intensidad de fe y cari­dad, en un entusiasmo cada vez más ardiente y confiado, en un esfuerzo continuo de creciente perfección, en un anhelo de comunión con Cristo y de resuelta voluntad de seguirlo y servirlo ; por ello el doctor del fervor espiritual, San Basilio el Magno, maestro de Oriente y Occidente, tie­ne como fervoroso “al que con ardiente diligencia de áni­mo y con insaciable deseo e incansable preocupación rea­liza la voluntad de Dios en la caridad de Cristo nuestro Señor” (Regulae, 259; PG, 31, 1.255).
Y que la Iglesia tiene más que exigencia, deseo de reen­contrar su fervor característico, lo demuestran, por un lado, los muchos y variados fenómenos de su vida contemporá­nea, y, por otro, en decadencia de muchas formas de cris­tianismo, invadidas y corroídas por corrientes profanas, negativas y paganas, de la vida moderna. Un deseo de au­tenticidad, de generosidad, de perfección y santidad alienta en todo el Pueblo de Dios, en favor de una clara concien­cia de su vocación y de un instinto más vivo de defensa de la invasión del espíritu del tiempo y también de un resur­gido ardor apostólico por infundir en el mundo moderno, el fermento saludable del mensaje evangélico.
La Iglesia posconciliar entrará en un estado de fervor, si es coherente con el espíritu del Concilio, si es fiel a la inspiración del Señor, si es dócil a sus propias leyes.
A este fervor os invitamos, queridos visitantes, a que estéis persuadidos de su necesidad y oportunidad: a que penséis que un acontecimiento espiritual de tal tamaño ata­ñe no sólo a la Iglesia como comunidad, sino también a cada fiel en particular, como miembro vivo y responsable en el Cuerpo Místico de Cristo; para infundiros esa con­fianza y diligencia que debe distinguir el período que esta­mos iniciando, como primavera de la cristiandad.

(Alocución del 29-XII-65).

Maravillosa y abundante doctrina

El Concilio tiene dos méritos: el primero haber ofrecido a la renovada meditación de la Iglesia y a la misma aten­ción del mundo profano una maravillosa abundancia de doctrina, casi una suma de verdades no solamente religio­sas, sino humanas, culturales y sociales; vivas, en una pa­labra; quien tenga la paciencia, o mejor el talento de leer el volumen de enseñanzas, el “tomo”, según e! antiguo len­guaje sinodal, del Concilio Ecuménico Vaticano II, no po­drá sustraerse a la doble sensación de amplitud y belleza, que ofrece a la inteligencia y a la espiritualidad del hombre contemporáneo; haced la prueba y veréis. El segundo mérito del Concilio, a este respecto, es invitar a todos los fieles, a los laicos expresamente, a hacer suyos estos tesoros de sa­biduría católica.
Esta invitación ha de ser documentada, y lo es, pues se trasluce en muchas páginas de los decretos conciliares; tanto es así que surgen espontáneamente algunas pregun­tas en el corazón de quien encuentra en ellas el ofrecimien­to de sus tesoros doctrinales. Una primera pregunta puede ser ésta; ¿Qué quiere la Iglesia del Concilio de los laicos cultos? Y otra: ¿Cuál puede ser el desarrollo del pensa­miento católico después del Concilio?
La afirmación incesante de la dignidad del cristiano en cuanto tal, la advertencia continua, casi pedagógica, que a través de todo el gran decurso conciliar, sobre la participa­ción de todo fiel en las actividades espirituales y apostóli­cas del Cuerpo místico, y sobre la consiguiente responsa­bilidad que todo el pueblo de Dios comparte con quien lo tiene como encargado específico, en el apostolado cristia­no, llamado “Officium et ius” de todo fiel consciente de su ser y de su vocación, y luego la invitación insistente a la coherencia, a la simbiosis de la vida espiritual con la profana, y, finalmente, sólo para terminar, el reconoci­miento de la misión de los laicos, llamados “sapientiae christianae administri” (De laicis, 14), y otros aspectos que se pueden fácilmente, no digamos espigar, sino recolectar en los textos conciliares, nos sugerirán la respuesta a la primera pregunta, ¿qué quiere la Iglesia? He aquí el co­mienzo del diálogo interior. Y la respuesta: la Iglesia quiere muchísimo. Quiere que el laico sea despierto, ins­truido, culto; quiere que esté convencido de la función liberadora y salvadora de la verdad cristiana; quiere que a la posesión de esta verdad acompañe el sentido de respon­sabilidad de su profesión y de su difusión; quiere que ca­da alma, cada edad, cada familia, sea capaz de un testi­monio propio; quiere que la armonía de pensamientos, de voces, de obras exalte con fuerza y alegría el sentido de la Iglesia en su interior, y ofrezca al extraño la fascinación de la vida interpretada en su verdad y en su plenitud.
No hay duda, por tanto, que puede caracterizar vuestra vida católica después del Concilio una nueva confianza en el pensamiento humano, una nueva seriedad de estudio, una nueva certeza en las verdades divinas, un nuevo respeto al magisterio eclesiástico, una nueva capacidad de investi­gación y de crítica, una nueva originalidad de estudios y escritos, una nueva vena de inspiración lírica y artística, y una nueva ansia de enseñanza y de cultura. Y os toca a vosotros, graduados católicos, elaborar esta múltiple no­vedad. Ya estáis en camino. Es preciso avanzar, con paso más seguro, con espíritu más alegre. La Iglesia os alienta, el mundo os espera. Y el prodigio es posible, si advertís que, en un determinado momento, el diálogo que entabláis con la Iglesia, se convierte, como decíamos, en una invita­ción, o mejor en una vocación. Bajo la voz del interlocu­tor humano, misteriosamente, hay otra voz, que si se es­cucha ejerce una fuerza irresistible. Escuchad con qué pa­labras solemnes y delicadas termina el decreto conciliar, que más directamente os atañe:
“El sacrosanto Concilio conjura en el Señor a todos los laicos, a que respondan a la voz de Cristo, que en esta hora les invita insistentemente, y a la inspiración del Es­píritu Santo, gustosamente, con generosidad y corazón amplio”.

(Alocución del 4-1-66).

La vida de la Iglesia está dominada por el Concilio ecu­ménico, clausurado el pasado diciembre. Mas no ha de ser sólo el recuerdo de un acontecimiento tan extraordinario y tan grande lo que debe ocupar nuestros ánimos. El re­cuerdo hace referencia a un hecho pasado; la memoria lo recoge, la historia lo registra, la tradición lo conserva; pero todo este proceso se refiere a un momento que acabó; a un acontecimiento sucedido. En cambio, el Concilio deja tras de sí algo que perdura y que continúa actuando. El Concilio es como un manantial, del que brota un río; la fuente puede estar lejana, mas la corriente del río nos sigue. Se puede decir que el Concilio se deja a sí mismo a la Igle­sia que lo ha celebrado. El Concilio no nos obliga tanto a mirar atrás, al momento de su celebración, como a con­templar la herencia que nos ha dejado, y que está presente y permanecerá en el porvenir. ¿De qué herencia se trata?
La herencia del Concilio está constituida por los docu­mentos promulgados al concluir sus discusiones y delibe­raciones. Estos documentos son de diversa naturaleza: Constituciones (cuatro), Decretos (nueve) y Declaraciones (tres); pero todos juntos forman un cuerpo de doctrina y de leyes, que han de dar a la Iglesia esa renovación para la que se promovió el Concilio. Conocer, estudiar, aplicar estos documentos, es el deber y la dicha del período pos­conciliar.
Hay que poner atención: las enseñanzas del Concilio no constituyen un sistema orgánico y completo de la doc­trina católica. Esta es mucho más amplia, como todos saben, y el Concilio no la pone en duda ni modifica sus­tancialmente; más aún, el Concilio la confirma, la ilustra, la defiende y la desarrolla haciendo una apología autori­zadísima, llena de sabiduría, de vigor y de fe. Y es este aspecto doctrinal del Concilio lo que debemos notar pri­meramente en honor a la Palabra de Dios que permanece unívoca y perenne como luz que no se apaga, y para con­suelo de nuestras almas que experimentan, gracias a la voz llana y solemne del Concilio, el papel tan providencial de custodiar, de defender, de interpretar el “depósito de la fe” confiado por Cristo al magisterio vivo de la Iglesia (cfr. Humani generis, A. A. S„ 1950, p. 567). No debemos separar las enseñanzas del Concilio del patrimonio doc­trinal de la Iglesia, sino ver cómo en él se insertan, cómo son coherentes con él, y cómo lo testimonian, incrementan, explican y aplican. Entonces, también las “novedades” doc­trinales o normativas del Concilio aparecen en sus justas proporciones; no dan lugar a objeciones contra la fideli­dad a la Iglesia en su función de enseñanza, y adquieren ese verdadero significado que hace resplandecer esa fun­ción con una luz superior.
De este modo el Concilio ayuda a los fieles, sean maes­tros o discípulos, a superar aquellos estados de ánimo —de negación, de indiferencia, de duda, de subjetivismo, etcétera— que son contrarios a la pureza y a la fortaleza de la fe. Es un gran acto del magisterio eclesiástico; y el que se adhiere al Concilio reconoce y honra así al magis­terio de la Iglesia.
Esta fue la idea primera que movió al Papa Juan XXIII, de venerada memoria, a convocar el Concilio, como él bien dijo al inaugurarlo: ut iterum masistenum ecclesiasticum... affirmaretur; “fue nuestro propósito -así se expresaba-  al abrir esta grandísima asamblea, reafirmar el magisterio eclesiástico” (A. A. S., 1962, p. 786). “Lo que más impor­ta al Concilio Ecuménico —continuaba— es esto: que el sagrado depósito de la doctrina cristiana sea custodiado y expresado más eficazmente” (ibid., p. 790).
No se encontraría por tanto en la verdad quien pen­sara que el Concilio representa una separación o ruptura; o bien, como alguno piensa, una liberación de la enseñan­za tradicional de la Iglesia; o que autorice y promueva un fácil conformismo a la mentalidad de nuestro tiempo, en lo que tiene de efímero y de negativo más que en lo que tiene de seguro y científico; o también, que permita a cual­quiera dar el valor y la expresión que quiera a las verdades de la fe. El Concilio abre muchos horizontes nuevos a los estudios bíblicos, teológicos y humanísticos; invita a in­vestigar y a profundizar en las ciencias religiosas; pero no priva al pensamiento cristiano de su rigor especulativo, y no consiente que en la escuela filosófica, teológica y escriturística de la Iglesia tenga entrada la arbitrariedad, la incertidumbre, el servilismo, la desolación, que caracterizan tantas formas de pensamiento religioso moderno, cuando carece de la asistencia del magisterio eclesiástico.
Hay quienes se preguntan cuál es la autoridad, la califi­cación teológica, que el Concilio ha querido atribuir a sus enseñanzas, sabiendo que ha evitado dar definiciones dog­máticas solemnes, que llevan consigo la infalibilidad del magisterio eclesiástico. Y la respuesta es sabida para el que recuerda la declaración conciliar del 6 de marzo de 1964, repetida el 16 de noviembre de 1964: dado el carácter pas­toral del Concilio, éste ha evitado pronunciar dogmas de modo extraordinario, dotados de la nota de infalibilidad. Sin embargo, ha dado a sus enseñanzas la autoridad del supremo magisterio ordinario; el cual, siendo magisterio ordinario auténtico de un modo tan claro, debe ser acogi­do dócil y sinceramente por todos los fieles, según la mente del Concilio en torno a la naturaleza y los fines de cada documento.
Debemos penetrar en el espíritu de estos criterios bási­cos del magisterio eclesiástico, y acrecentar en nuestras al­mas la confianza en la Iglesia que nos guía por senderos seguros de la fe y de la vida cristiana. Si hacen esto los buenos católicos, los buenos hijos de la Iglesia, y especial­mente los estudiosos, los teólogos, los profesores, los que difunden la palabra de Dios, los estudiantes y los mismos investigadores de la doctrina auténtica que brota del Evan­gelio y es profesada por la Iglesia, es de esperar que la fe, y con ella la vida cristiana y también la civil, reciban un gran aliento, ese aliento que deriva de la verdad que salva. Porque, en verdad, “el espíritu del Concilio” quiere ser Es­píritu de verdad (lo. 16, 13).

(Alocución del 12-1-66).


EL ECUMENISMO Y EL CONCILIO
Nos venimos preguntando en estas elementales reflexio­nes, que la audiencia general nos da ocasión y motivo para hacer sobre el Concilio Ecuménico Vaticano II, hace poco concluido, cuáles han sido los caracteres más evidentes de su espíritu, es decir, de los principios motores que lo han promovido, penetrado y conducido, imprimiéndole el as­pecto doctrinal y moral, que lo distingue y lo define, y que será el motivo de su recuerdo por la historia venidera. La actual celebración de la Semana por la Unión de todos los Cristianos en la única Iglesia fundada por Cristo, nos su­giere que ha sido el carácter ecuménico una de las notas principales de este Concilio, no sólo por haber sido llama­do Ecuménico de acuerdo con la nomenclatura canónica, así designado por haber sido convocado y encontrarse pre­sente el episcopado católico de todo el mundo, sino tam­bién porque fue idea motriz del Concilio la intención de allanar los caminos hacia la reunión en el único rebaño de Cristo a los muchísimos cristianos todavía separados entre sí y de nuestra comunión; esta intención se denomina hoy día ecuménica, de igual forma que a la de los diversos mo­vimientos llamados ecuménicos, que especialmente en nues­tro siglo, fuera del ámbito de la Iglesia católica han enca­minado sus esfuerzos a la reconciliación de las muchas con­fesiones cristianas divididas entre sí.
Hay que mencionar, a este respecto, la esperanza que animó al Papa Juan XXIII, de venerada memoria, en la convocación del Concilio Ecuménico. Escribía en su encí­clica “Aeterni Dei”: “...precisamente con el objeto de ha­cer a la Iglesia más idónea para llevar a cabo (su) excelsa misión (de ver a todos los pueblos entrar en el camino de la verdad, de la caridad y de la paz) nos hemos propuesto convocar el Concilio Ecuménico Vaticano II, con la con­fianza de que la solemne asamblea de la jerarquía católica no sólo reforzará los vínculos de unidad en la fe, en el culto y en el gobierno, prerrogativas de la verdadera Igle­sia, sino que también atraerá la mirada de innumerables creyentes en Cristo, invitándoles a reunirse en torno al “gran Pastor de la grey” (Hebr. 13, 20), Jesucristo, que confió a Pedro su perenne custodia” (AAS, 1961, pág. 799).
Y podemos muy bien afirmar que este espíritu ecumé­nico, que pretende dilatar el corazón de la Iglesia católica más allá del marco de su comunión jerárquica efectiva para darle la dimensión universal del designio de Dios y de la caridad de Cristo, este espíritu ha empapado el Conci­lio; la ecumenidad potencial ha colmado y conmovido a la ecumenidad concreta de la Iglesia reunida en Concilio; el ansia de universalidad le ha inspirado magníficas pala­bras sobre el “Pueblo de Dios”, ha encendido en su cora­zón un fuego misionero, irradiado a todos los documentos conciliares; le ha sugerido acentos de humildad, de per­dón, de comprensión, de búsqueda con relación a todos los cristianos, y no sólo esto, sino también palabras amorosas pa­ra los seguidores de las religiones no cristianas (cfr. Card. Marella, II Concilio sulla via dei popoli non cristiani); más aún, palabras para el mundo; sí, para el mundo profano, el de hoy, la Iglesia ha tenido mensajes que alientan el deseo de acortar las distancias, de vencer todos los obs­táculos: “Su voz se ha difundido por toda la tierra” (Rom. 10, 18).
Hay además dos hechos conciliares que demuestran el espíritu ecuménico del gran sínodo: la presencia en las reuniones conciliares de muchos observadores, represen­tantes de diversas Iglesias separadas, y de distintas comu­nidades cristianas, presencia que no veíamos desde siglos, presencia ejemplar y conmovedora, presencia que ha ins­pirado a los padres conciliares ideas de recapacitación, de interés, de afecto, que no se habían expresado desde hace mucho tiempo; presencia que creemos colmó el corazón de los asistentes de solicitud, deberes y esperanzas: el es­píritu ecuménico. El otro es el Decreto sobre el “Ecumenismo”; documento que esclarece la doctrina sobre tema tan importante, expone los principios del ecumenismo ca­tólico, indica los modos para ejercerlo dignamente, y des­cribe las relaciones existentes entre la Iglesia católica y los hermanos separados, predisponiendo la instauración de un nuevo diálogo sincero y cordial con ellos.
Cosas que todos sabemos ya, pero que todos debemos reconsiderar. No son cosas pasadas, intereses ajenos; son cosas nuestras, que competen no sólo a los pastores de la Iglesia, sino también a los fieles, y que imponen, antes del acercamiento a los hermanos separados, una renovación personal y colectiva de la vida cristiana. Dice el citado ’’Decreto sobre el Ecumenismo”: “Sin duda es preciso, en la acción ecuménica, que los fieles católicos se interesen por los hermanos separados, orando por ellos, dialogando con ellos, dando los primeros pasos hacia ellos. Pero ante todo han de considerar con atención y sinceridad cuanto hay que hacer y renovar en la misma familia católica, para que su vida resulte un testimonio más fiel y evidente de la doctrina y de los preceptos emanados de Cristo, a través de los Apóstoles” (núm. 4).
Quisiéramos invitaros a reflexionar sobre cuál ha de ser la actitud a adoptar con respecto a este ecumenismo, del que ahora tanto se habla, y del que tantas informaciones y exhortaciones nos proporciona la semana de la unidad.
Porque la actitud en este problema es múltiple. Hay una actitud de indiferencia y desinterés, motivada frecuente­mente por el escaso conocimiento de los problemas y de su complejidad. Diremos sencillamente a este respecto, es preciso conocer, es preciso instruirse; ya no es lícito ignorar un problema de tanta importancia y actualidad.
Hay otra actitud que en cambio excede en entusiasmo y simplismo, como si el contacto con los hermanos sepa­rados fuera fácil y sin peligro, y como si fuera suficiente no dar importancia a los problemas doctrinales y discipli­nares para establecer inmediatamente la concordia y cola­boración. Es una postura desacertada, porque puede ser fuente de ilusiones y desilusiones, de debilidades y confor­mismos, que nada favorecen la causa del ecumenismo.
Ni escepticismo, ni desconfianza, solamente amor

Existe también la actitud del desconfiado y del escéptico; los unos temen que el ecumenismo suponga una crítica y revisión de las verdades de la fe, disminución en la estima de la tradición católica y del magisterio, el conformismo con concepciones religiosas ajenas con abandono de las propias; los otros creen que es ilusorio esperar la res­tauración efectiva de una sola creencia religiosa y de una sola y verdadera comunión eclesial; son demasiadas las cosas que nos alejan, dicen, de los hermanos separados, ha pasado demasiado tiempo desde la ruptura que ya es incu­rable. No se debe esperar los milagros que serían necesa­rios para una verdadera reconciliación. Actitud sugerida por serias razones, pero también desacertada porque no está de acuerdo con el espíritu de los tiempos, con las nece­sidades del mundo, y, en primer lugar, no está de acuerdo con la voluntad de Cristo. El Concilio es solemne en este punto.

Por tanto, la actitud buena es secundar las directrices, que, prácticamente, nos propone y prescribe la Iglesia con buenas normas. Pero esta confianza en la dirección de la Iglesia por el camino del ecumenismo supone y exige un hecho psicológico, complejo y difícil si queréis, pero que podemos resumir en una palabra, bien conocida y sagrada, supone amor. Es preciso amar verdaderamente para hacer avanzar el ecumenismo, salvando la integridad de la doc­trina. Con este propósito de amor en Cristo, Nos envia­mos, hoy, nuestro saludo a todos los hermanos separados.
(Alocución del 19-1-66).

Unas sencillas y breves palabras, después de esas tan bellas y dignas de ser recordadas, que habéis escuchado durante los días anteriores como preparación de este acto de penitencia y oración, para ganar las indulgen­cias del jubileo, establecido en virtud de nuestra Cons­titución “Mirifici eventus”. Unas palabras para congra­tularnos con vosotros por esta participación, por esta presencia, por esta piedad; y para deciros que Nos tam­bién estamos con vosotros, con el corazón, con la ora­ción, con la confianza en los beneficios, que esperamos obtener del Señor mediante este acuerdo con las condi­ciones prescritas en la misma Constitución. Siempre nos es motivo de edificación y consuelo pasar de la comu­nión de nuestro y vuestro servicio a la Sede Apostólica a la comunión en la oración y en la celebración de los ritos sagrados, que conjuntamente nos elevan al culto de Dios y al goce de la presencia misteriosa de Cristo entre nosotros. Esta ocasión nos parece particularmente importante, pues, nos sirve de ocasión para confirmar, en el ánimo de todos, los actuales sentimientos y propó­sitos de gran mérito, destinados, si el Señor nos ayuda, a ser duraderos y operantes durante toda la vida y a producir frutos magníficos, de los que habrá de com­placerse no sólo Roma, sino toda la Iglesia.
Estos sentimientos y propósitos se refieren nada me­nos que a dos reformas: una, la nuestra personal, la que quiere y promueve el jubileo, y que ha de tener la efi­cacia de renovar en nosotros mismos la conciencia de todo lo bueno que hemos recibido de Dios: la gracia, la vocación, el sacerdocio, y de todo lo bueno que deci­dimos entregar a Dios: el corazón, nuestro trabajo, la vida, y con la conciencia la promesa de una absoluta, siempre vigilante, siempre diligente y generosa fideli­dad. La otra reforma, la de la curia y la de la Iglesia* querida por el Concilio Ecuménico, que con la celebra­ción del jubileo debe conseguir las energías necesarias para su sincera y metódica aplicación.
La reforma, palabra corriente. Estamos habituados a ella por nuestra educación cristiana y eclesiástica.
La ascética católica y la práctica de nuestra religión, especialmente la frecuencia del sacramento de la peni­tencia y de los ejercicios espirituales, nos recuerdan con­tinuamente este deber y esta necesidad de reforma, es decir, de fortalecer en nosotros la gracia de Dios, vigilar nuestra fragilidad, deplorar nuestras fallas, afianzar  nuestros propósitos, esto es, reparar cada año, cada día, cada hora, nuestra incurable caducidad, y poner nuestras almas en condiciones siempre buenas y nuevas, lo cual precisamente significa estar empeñados en un esfuerzo de reforma permanente, y quiera Dios que ésta tenga como fin un creciente provecho en la gracia y un ejer­cicio progresivo de virtudes, que nos conduzcan a un incremento de vida sobrenatural, mientras va declinan­do la natural: “hasta que todos alcancemos... cual varo­nes perfectos, la medida de la plenitud de Cristo” (Efesios, 4, 13).
Pero también la reforma es una palabra difícil y mo­lesta. Nuestra debilidad con frecuencia prevalece sobre las mejores disposiciones y crea una tácita aquiescencia con el nivel moral conseguido, algunos persuadidos de haber conseguido ya una perfección suficiente, o escép­ticos otros de poder conseguir una mejor. Pero viene el jubileo; nos habla de una renovación espiritual más ge­nerosa, e invita, casi indiscretamente, también a los que ya están en el buen camino, de forma que “excita a los mejores cristianos a más altas metas y a los buenos a una mayor diligencia” (Const. Mir. Eventus). El jubileo no deja a nadie tranquilo, ni tampoco la exigencia de re­forma interior. Es necesario volver a examinar la con­ciencia, es preciso reconsiderar los beneficios recibidos de Dios, recordar las muchas promesas que hemos he­cho, pensar en nuestros deberes, modificar muchas preferencias en el pensar y actuar y, finalmente, es preciso creer que todavía es posible, con la ayuda de Dios, ser mejores. Ya no os entretenemos más. Vosotros cono­céis todas estas cosas; algunos de vosotros hasta sois maestros en ellas.
Y nos atreveremos a llevar a cabo este humilde y ani­moso acto interior especialmente en orden a la posición que la Providencia nos ha asignado en la Santa Iglesia. No hay duda de que esta posición ha de considerarse privilegiada, en el sentido de que ser miembros de la Iglesia Romana y estar destinados en ésta al servicio de su misión universal, es decir, al servicio de la Santa Sede, resulta una suerte especial, que está ligada con la elec­ción de Pedro y que aumenta nuestra responsabilidad, por cuanto que goza de mayor confianza de Cristo y requiere, por deseo del mismo Cristo, un mayor amor. Cristo nos pregunta a cada uno de nosotros, por formar parte de la Santa Sede, es decir, del ministerio de Pe­dro: “¿Me amas más que los demás?” (cfr. lo. 21, 15). Al primado de autoridad debe corresponder un primado de caridad, esto es, de servicio, de ejemplo, de entrega, de santidad.
Esta consideración debería prolongarse con la indaga­ción de nuestros deberes específicos sobre la verdad cris­tiana, que tiene en Roma su cátedra más autorizada, su custodia más fiel, su difusión más apostólica, y esto en el sentido de una adhesión, siempre firme y cordial, a la Palabra de Dios, que la Iglesia nos repite y explica, y en el sentido de una humildad siempre sincera y patente a todos, por el hecho de sabernos favorecidos con la posesión de la Verdad verdadera, de la Verdad que sal­va, nos debe llenar de exultación y gozo, sí, por don tan inmenso, pero también hemos de ser solícitos en lla­marlo gratuito, en sentirlo interiormente exigiendo fide­lidad y santidad, en transmitirlo apostólicamente con el afán de que llegue a todos. Que la ortodoxia que goza­mos nunca sea para nosotros motivo de orgullo y pres­tigio, motivo de vanas polémicas o enemiga de la cari­dad, pretexto para la pereza egoísta de los afortunados; antes al contrario, estímulo para un mayor estudio, para una más fervorosa oración, como también para una fra­ternal comprensión y un mayor celo.
Si renunciamos a reformarnos nosotros mismos, o me­jor, a ponernos de acuerdo con los grandes deberes que el ejercicio del supremo magisterio eclesiástico exige a cuantos se encuentran, en cualquier forma y medida, al servicio de la Sede Apostólica, habremos realizado, creemos, una obra muy de acuerdo con la tradición romana y habremos respondido a lo que el Señor quiere de nos­otros, muy conforme con las necesidades de la Iglesia que nos mira y del mundo que espera. Siempre, y hoy, después del Concilio, más que nunca, se ha de poder repetir el elogio del Apóstol Pablo a la primera comuni­dad de la Iglesia de Roma: “Vuestra fe es conocida en todo el mundo” (Rom. 1, 8).
¿Y qué decir de la reforma de la curia romana y de toda la Iglesia, en la que nos guía el Concilio y a la que nos exhorta el jubileo? Nada en este lugar y en este momento referente a las actividades exteriores y jurídicas en que habrá de concretarse la reforma.
Bástenos aquí confirmar y conformar nuestro espíritu con las disposiciones que el Concilio ofrece a nuestra aceptación y a nuestra aplicación.
Cualquiera que haya sido nuestra opinión sobre las diversas doctrinas del Concilio antes de ser promulgadas sus conclusiones, nuestra adhesión a las delibera­ciones conciliares ha de ser absoluta y sin reservas; más aún, generosa y dispuesta a someterles nuestro pensa­miento, nuestra acción y nuestra conducta. El Concilio ha sido una gran novedad; no todos los ánimos estaban preparados para comprenderla y agradecerla. Pero ya es necesario adscribir al magisterio de la Iglesia las doctri­nas conciliares, más aún, a la inspiración del Espíritu Santo; y debemos aceptar con fe segura y unánime el gran “tomo”, es decir, el volumen, el texto de las ense­ñanzas y preceptos, que el Concilio transmite a la Igle­sia. Nosotros, Iglesia romana, los primeros; en esto he­mos de ser estímulo amistoso y ejemplo fraternal para todos, al paso que autorizados promotores e intérpretes de esta efectiva aceptación.
Ha sido, decíamos, una gran novedad; pero no discon­forme con nuestra tradición auténtica; más aún; en mu­chos aspectos el Concilio ha querido ser un retorno a las fuentes, restauración de las formas originales de cul­to, de pensamiento, de praxis, afán por preferir, como dijo el Señor, el “mandatum Dei” a las costumbres que nos han venido invadiendo a lo largo de los siglos (cfr. Mat. 15, 2). Una reforma psicológica y la no fácil prác­tica.
No es fácil en cuanto que supone un cierto desarrollo en la doctrina, y consiguientemente en la praxis; como tampoco es fácil la reafirmación de la tradición auténtica de verdades y costumbres que el Concilio supone; a pri­mera vista esta reafirmación no parece una reforma, pues en lugar de cambios produce renovación, pero la reno­vación es, en muchos aspectos, la más verdadera refor­ma, la que se lleva a cabo más en el espíritu que en las cosas; en los espíritus olvidadizos, en los espíritus dudo­sos, cansados, superficiales, fluctuantes ante todo viento de opinión moderna (cfr. Efes. 4, 14), y recuerda que la verdad divina no cambia y que siempre es fecunda en luz y vida para quienes la acogen dócilmente, y ésta era, en la intención de nuestro venerado predecesor Juan XXIII, la reforma principal, no de la doctrina, sino de los espíritus, llamados por el Concilio a una más con­vencida y efectiva adhesión a las verdades del Evangelio, guardadas y enseñadas por el magisterio eclesiástico.
A todo esto nos invita el acto profundamente religioso que estamos realizando, y nos dará seguridad de su efi­cacia y sinceridad el amor que aquí, en la primera basí­lica, profesamos solemnemente a Cristo nuestro Señor, nuestro Salvador, nuestro Maestro, nuestro Alimento, nuestro misterioso y silencioso Compañero de camino en la peregrinación que desde esta tierra crepuscular y ator­mentada nos conduce a la patria eterna luminosa y feliz, donde El, Cristo Señor, vive y reina juntamente con el Padre y el Espíritu Santo, por todos los siglos.
(Alocución del 23-IV-66).


LA VITALIDAD DE LA IGLESIA EN LA EPOCA POSCONCILIAR

¿Habéis tenido conocimiento de nuestro “motu proprio” titulado “Ecclesiae Sanctae”, y publicado la sema­na pasada? Este documento normativo se refiere a la eje­cución de cuatro decretos conciliares: el relacionado con el oficio de los obispos, el de los sacerdotes, el referente a la vida religiosa y, finalmente, el referente a la activi­dad misionera. La aplicación práctica de las disposiciones conciliares no es trabajo sencillo ni fácil; exige estudio, exige claridad, autoridad, tiempo, especialmente donde hay que introducir alguna reforma o algunas innovacio­nes en ese organismo tan tradicional, complejo, tan or­denado y sensible, como es la Iglesia católica.
El Concilio ha trazado normas, a las que es necesario obedecer; pero también ha enunciado principios, criterios, deseos, a los que es preciso dar un cumplimiento concre­to, con leyes e instrucciones, con órganos y oficios nue­vos, con movimientos espirituales, que comprometerán a muchas personas, que supondrán muchas fatigas y quizá muchos años.
El Concilio ha legado a la Iglesia no sólo un rico tesoro de doctrinas y de impulsos para la acción; le ha legado también una herencia de deberes, de preceptos, de com­promisos, a los que tendrá que responder la buena volun­tad de la Iglesia, para que el Concilio tenga eficacia real y consiga los objetivos que se ha prefijado.
De aquí se deduce la importancia del posconcilio, que atañe en primer lugar a quien tiene en la Iglesia oficio y responsabilidad de dirección, y luego a todo el Pueblo de Dios. En cierto sentido es más grave y laborioso el pe­ríodo que sigue al Concilio, que el de su celebración. Este período que se caracteriza por la aceptación y la fidelidad a las conclusiones conciliares, pone a prueba y evidencia la vitalidad de la Iglesia católica.
¿Cuáles son las manifestaciones posconciliares de la vi­talidad de la Iglesia? La primera, solemne, universal, pero circunstancial, ha sido la celebración del jubileo extraor­dinario, que ha reavivado el fervor de la Iglesia polari­zando en torno al obispo y a la catedral al pueblo cre­yente, descubriéndole de una forma más explícita las fuentes de verdad y de gracia que manan del ministerio jerárquico, y gustar mejor el sentido comunitario que debe animar y reunir en la fe y en la caridad, en la ora­ción y en la actividad, a los seguidores de Cristo. Nos es grato referir que en donde se ha organizado plenamente el jubileo ha dado muy felices resultados: la vitalidad de la Iglesia ha dado una prueba magnífica y prometedora de su auténtica animación, la religiosa.
Pero no ha sido ésta la única prueba. Ha habido otra de la fecundidad legislativa, promovida por el Concilio. ¿Puede faltar en la Iglesia de Dios esta actividad? Sabe­mos muy bien que en muchas partes se mira con antipatía la actividad legislativa de la Iglesia, como si se opusiera a la libertad de los hijos de Dios, frenara el desarrollo histórico del organismo eclesiástico, antitética al espíritu del Evangelio, obstaculizando las espontáneas expresio­nes de los carismas propios del Pueblo de Dios, que re­sulta enajenado y retardado con relación al desarrollo histórico de la sociedad temporal. Pero no comprendemos cómo la Iglesia católica, si quiere ser fiel y consecuente con los principios constitutivos de su divino Fundador, puede prescindir de darse a sí misma un “Derecho canó­nico”; si la Iglesia es una sociedad visible, jerárquica, comprometida en una misión salvadora, que no admite más que una realización unívoca y determinada, guarda­dora de una Palabra, que ha de conservarse rigurosamen­te y difundida apostólicamente, responsable de la salva­ción de sus fieles y de la evangelización del mundo, no puede menos de darse leyes, coherentemente derivadas de la Revelación y de las exigencias que van surgiendo en la vida, tanto interior como exterior.
Para corregir los posibles inconvenientes del llamado “juridicismo”, el re­medio estará no en abolir la ley eclesiástica, sino en sus­tituir las prescripciones canónicas imperfectas o anacró­nicas por otras prescripciones canónicas mejor formula­das. El que siente una aversión preconcebida por las le­yes eclesiásticas no tiene el verdadero “sensus Ecclesiae”, y quien cree hacer progresar a la Iglesia, demoliendo sim­plemente las estructuras de su edificio espiritual, doctri­nal, ascético, disciplinar, prácticamente demuele la Igle­sia, acepta el espíritu negativo de quien deserta de ella, y de quien no la ama y no hace labor positiva. Leamos a San Pablo; veamos los primeros pasos auténticos de la vida de la Iglesia, y descubriremos que la preocupación de expresar normas positivas y autorizadas en defensa, como sostén, y como guía de la comunidad, demuestra precisamente la vitalidad de la Iglesia, y que como tal preocupación habla de la sabiduría, de la fuerza, de la caridad de quienes “el Espíritu Santo ha puesto como obispos para regir la Iglesia de Dios” (Hechos, 20, 28).
Será preciso recordar estas cosas, hijos carísimos, por­que nos encontramos en los comienzos de un nuevo y gran período legislativo de la Iglesia. El Concilio lo ha inaugurado; el “aggiornamento” lo reclama; el propósito de revisar el Código de Derecho canónico lo exige. Por ello deberíamos esforzarnos por reconocer en la activi­dad legislativa de la Iglesia una manifestación congènita con su misión; deberíamos procurar “estar al corriente”, como se suele decir, de las novedades legislativas ecle­siásticas, especialmente de las que nos atañen directa­mente, y más que afectar desinterés o desprecio a las normas canónicas, tratar de comprender su espíritu, ob­servar sus preceptos, apreciar su preocupación pastoral. Así se ama a la Iglesia y se participa en el flujo de su siempre joven vitalidad. Es lo que auguramos de corazón al bendeciros a todos.
(Alocución del 17-VIII-66).


EL CONCILIO NO HA CAMBIADO LA DOCTRINA TRADICIONAL DE LA OBEDIENCIA
A vosotros, que habéis llegado hasta aquí, guiados por el amor a la Iglesia; a la Iglesia en su unidad, en su autenti­cidad, en su poder; a vosotros, que conocéis algo del fer­vor y de la renovación en que se encuentra la Iglesia des­pués del Concilio, y que, ciertamente, participáis con buena voluntad en el proceso posconciliar, de resurgimiento, de reforma, de novedad, de desarrollo, que pone al clero y a los fieles en fermento y movimiento, de pensamiento, de actividad, costumbres, de instituciones; a vosotros, que sentís el estímulo del Espíritu Santo para salir del confor­mismo, de la inercia, de la tibieza, para hacer algo bueno y útil en favor de la Iglesia, os presentamos, una vez más, una pregunta que es nuestra y vuestra; ¿qué necesita ahora la Iglesia? Hoy daremos una respuesta sencillísima, que vosotros, por ser buenos, fieles y fervorosos, podéis comprender y aceptar: la Iglesia necesita obediencia. Sí, hijos e hijas, que amáis a la Iglesia, obediencia. Y más que una obediencia externa y pasiva, una obediencia in­terna y espontánea.
Nos parece escuchar cierta reacción benévola, si no a vosotros, a hipotéticos comentadores de esta lección fa­miliar de cada semana. He aquí la primera: ¿No se ha hablado ya otras veces de este tema? Sí, es verdad, ya hemos hablado de este tema otras veces, y con Nos han hablado los obispos y superiores, es decir, los responsa­bles de las comunidades a quienes toca la obediencia. Pero persiste la necesidad de volver a hablar de ella y de forma clara. Persiste, por cierto, susceptibilidad por cierto espíritu de indisciplina y emancipación, que por todas partes aflora en diversos grupos del pueblo de Dios, hasta ahora ejemplares en la observancia de la obedien­cia, más aún, orgullosos de dar luminoso testimonio de esta virtud evangélica. Persiste por la necesidad aumentada en este período posconciliar de cohesión interna de la vida eclesiástica, ¿cómo renovar espíritu, obras y estructuras en la Iglesia, si no es solidaria consigo misma?, ¿cómo acer­carnos a los hermanos separados de nosotros si la separa­ción, incluso puramente intencional y disciplinar, disminu­ye la armonía, que es, y debe ser, característica de la socie­dad eclesial, enfría la caridad y atenúa la capacidad de ejemplo y de apología de quienes la deben tener? ¿Cómo hablar al mundo que queremos evangelizar, si viene a me­nos en nosotros la sabiduría y la autoridad de hacerlo por defecto de esa autenticidad apostólica, que sólo califica y vivifica la obediencia?
Puede originarse ahora una segunda reacción. La obe­diencia, ¿interpreta el espíritu del Concilio? ¿No ha ha­blado el Concilio de los derechos de la personalidad, de la conciencia y de la libertad? Sí, ha hablado de estos temas, pero no ha callado con respecto a la obediencia. Ahora no pretendemos hablar de estos temas, hermosísi­mos, aunque complejos y delicados, de la libertad de los hijos de Dios, del carácter sagrado de la conciencia y de la plenitud que la vida cristiana confiere a la personali­dad humana, sino que queremos simplemente recordar que estas prerrogativas del alma cristiana no son menos­cabadas, antes bien, quedan tuteladas y moderadas por la obediencia vigente en el complejo comunitario de la Iglesia, cuando pensemos que el orden, es decir, la per­fección, la plenitud, objeto de la economía de la salva­ción cristiana no son precisamente antropocéntricas (como la mentalidad moderna está tentada a creer), sino teo- céníricas. “En Dios está mi salvación” (Luc. 1, 47), dire­mos con la Virgen, y añadiremos con el Concilio, que de­bemos buscar, no la satisfacción de nuestros deseos, sino el cumplimiento de la voluntad divina (cfr. Presbyt. Ord. 15). Es hermoso escribía hace unos días P. Wenger en “La Croix” (15-IX-66), que el Concilio lleva a cabo la función de motor en el pensamiento y en la vida de las personas y de las instituciones; pero también es verdad que algunos atribuyen muy a gusto al Concilio sus propias opiniones e identifican con demasiada facilidad las deliberaciones conciliares con sus propios deseos, y, de esta forma, tratan de apartarse de la norma establecida.
Pero, entonces —quizá insistirán nuestros comentado­res-^- ¿no ha cambiado con el Concilio nada de la obe­diencia? ¡Oh, no! Nos creemos que el espíritu, que las formas de obediencia, se han regenerado con el Concilio. Seria largo hablar de esto. Pero si hemos comprendido algo de la doctrina central del Concilio, el misterio de la iglesia, nos persuadiremos fácilmente de que la obedien­cia, más que un obsequio puramente formal y jurídico a las leyes eclesiásticas y sumisión a la autoridad eclesiás­tica, es penetración y aceptación del misterio de Cristo, que nos ha salvado por medio de la obediencia; es con­tinuación e imitación de su gesto fundamental: el Sí a la voluntad del Padre; es comprensión del principio domi­nante de todo el plan de la Encarnación y de la Reden­ción (cfr. Lumen Gentium, 13). De esta forma, la obe­diencia resulta asimilación a Cristo, el divino obediente; resulta norma fundamental de nuestra pedagogía de la formación cristiana; resulta el coeficiente indispensable de la unidad interior de la Iglesia, fuente y prueba de su paz: resulta cooperación efectiva en su misión evangelizadora; resulta ejercicio ascético de humildad y espíritu dé caridad (cfr. Filp. 2, 5-12); resulta comunión con Cristo y con los que son para nosotros apóstoles y representan­tes de Cristo.
Y              esto es mucho más hermoso cuando pensamos que la relación entre el que manda y el que obedece, es de­cir, entre quienes están revestidos de autoridad en la Iglesia y quienes están sujetos a ella, ha sido reafirmada, purificada, precisada y perfeccionada por el Concilio, por las doctrinas sobre la constitución orgánica y jerárquica de la Iglesia y sobre las virtudes operativas correlativas con ella (cfr. Lumen Gentium, 27, 37), así como por la finalidad de servicio y por la índole pastoral de la potes­tad eclesiástica, como también por la exaltación que el Concilio ha hecho del pueblo de Dios, del sacerdocio de los fieles, de la participación de los presbíteros en el sacerdocio del obispo y por la función de los seglares en la Iglesia de Dios.
Hay quien ha querido descubrir en esto un cambio ra­dical de la relación entre autoridad y obediencia, como si quedara transformada en un diálogo comprometedor para la autoridad y liberador de la obediencia; pero, más que diálogo, que le quitaría su mérito específico y que se refiere más bien a la colaboración y al consejo, po­demos advertir que el concepto de esta relación, sin ex­cluir el de la responsabilidad y decisión reservado a la autoridad, se enriquece con elementos no desconocidos en las costumbres católicas, sino ahora más revalorizadas, co­mo el respeto, la confianza, la unión, la colaboración, la corresponsabilidad, la bondad, la amistad, la caridad..., que le devuelven su contenido evangélico y su estilo verdadera­mente cristiano y eclesial. Es decir, la obediencia se hace filial, activa y alegre.
De ella, decíamos, tiene necesidad la Iglesia, para que no sea vano el fruto del Concilio y para que ella, la Igle­sia, sea verdaderamente el reino de Dios y luz de las gentes. Os la recomendamos, pues, hijos carísimos, con nuestra bendición apostólica.
(Alocución del 5-X-66).



LA FIDELIDAD AL CONCILIO


ACTITUD DEL CRISTIANO ANTE EL CONCILIO
A un año de distancia empezamos a comprender me­jor ia enorme importancia del Concilio. El Concilio se inscribe entre los grandes acontecimientos del cristianis­mo, y aun de la vida religiosa de la humanidad, por su coherencia histórica, por su feliz celebración, por su ri­queza doctrinal, por su fecundidad práctica, por su pro­fundidad espiritual, por su apertura universal. No debe­mos ignorar un hecho de tal naturaleza y de tanto relie­ve; no lo podemos clasificar entre las cosas pasadas, por­que el Concilio nos sigue, nos estimula, nos ilumina, nos compromete. Por eso, mientras va creciendo en nuestros espíritus el asombro por su carácter extraordinario y la comprensión de su valor eclesial, advertimos un primer deber que se deriva de eso: el de dar gracias al Señor que nos ha concedido asistir y participar a ese gran hecho de sus designios providenciales en la historia de la salvación. El rito que estamos celebrando, más que una simple con­memoración, quiere ser la expresión de nuestro agradeci­miento al Señor, que ha guiado a su Iglesia a la celebra­ción conciliar ahora ya terminada.
Al deber de agradecimiento, sucede otro, que también prometemos cumplir enseguida: el de la fidelidad al Con­cilio. El Concilio nos compromete. Debemos comprender­lo, debemos seguirlo. Y profesando este propósito de fi­delidad a lo que el Concilio nos enseña y nos prescribe, nos parece que hay que evitar dos posibles errores.
El primer error sería suponer que el Concilio Vatica­no II representa una ruptura con la tradición doctrinal y disciplinar que lo precede, como si fuera una novedad comparable a un descubrimiento perturbador, a una sub­jetiva emancipación, que autorice la separación, a modo de pseudoliberación, de todo lo que hasta ayer la Iglesia ha enseñado con su autoridad y ha profesado; y por tan­to, como si consintiese que se propusieran nuevas y arbi­trarias interpretaciones del dogma católico tomadas a préstamo fuera de la irrenunciable ortodoxia; como si permitiese ofrecer al modo de obrar del catolicismo expresiones nuevas e inmoderadas, con frecuencia tomadas del espíritu del mundo. Todo esto no estaría de acuerdo con la definición histórica y con el auténtico espíritu del Concilio, tal como lo presagió Juan XXIII. El Concilio vale en tanto en cuanto continúa la vida de la Iglesia; no la interrumpe, no la deforma, no la inventa, sino que la confirma, la desarrolla, la perfecciona, la aggiorna.
El otro error, contrario a la fidelidad que debemos al Concilio, sería el de desconocer la inmensa riqueza de enseñanza y la providencial fecundidad renovadora que del mismo Concilio nos viene. De buena gana debemos atribuir al Concilio, más que una tarea conclusiva, un po­der de inicio. Porque si es verdad que históricamente y materialmente se considera el epílogo y el complemento lógico del Concilio Ecuménico Vaticano I, en realidad re­presenta también un acto nuevo y original de la concien­cia y de la vida de la Iglesia de Dios. Es un acto que abre a la misma Iglesia nuevos y maravillosos senderos para su interno desarrollo, para sus relaciones con los herma­nos todavía separados de nosotros, para las relaciones con los seguidores de otras religiones y con el mundo moder­no tal como es: magnífico, complejo, formidable, ator­mentado.
Este advertir a la Iglesia viva nos trae a la memoria, en estas circunstancias, otro deber hacia el Concilio: el de nuestra interior y personal reforma, mediante la cual la profesión de la religión cristiana, a la que todo el Con­cilio se refiere, se convierte para cada fiel en una sincera razón de vida, en un regreso al Evangelio, en un encuen­tro con Cristo, en una lucha por la santidad.
(Alocución del 8-XTT-66).



L´Osservatore Romano resume el magisterio sobre el Concilio

Ofrecemos a continuación, la traducción de dos artículos aparecidos en “L’Osservatore Romano” del 16 y 19 de enero de 1967, que son como un resu­men del magisterio de Pablo VI sobre la importan­cia y la función del Concilio Vaticano II en la vida de la Iglesia, y el espíritu de fidelidad con que debe aplicarse.
“No es nuestra intención en este momento —dice el articulista— hacer una reseña completa de sus intervenciones (del Papa) encaminadas a denunciar errores, a prevenir desviaciones, a confirmar la verdad tradicional y conciliar. Creemos sin embar­go que es oportuno recordar algunas de estas in­tervenciones, siguiendo el orden cronológico, con el único objeto de subrayar y ofrecer a la reflexión de los católicos, no sólo los errores denunciados, sino también el ansia y la vigilancia y la solicitud pastoral que han distinguido hasta hoy al Pontifi­cado de Pablo VI, haciéndolo apreciable por todos» como un Pastor abierto y sensible a los problemas del tiempo, pero firme y decidido en la defensa de! sagrado patrimonio de verdades heredado de Cristo y custodiado inalterable a través de las siglas”.




LA FIDELIDAD AL CONCILIO
(L’Osservatore Romano, 16-1-67)
El Concilio Vaticano II ha significado para la Iglesia un decisivo adelanto en la penetración de la verdad —so­bre todo de algunas verdades que esperaban una explora­ción más completa y madura— y un puente de enlace con los hombres de nuestro tiempo, en gran parte todavía le­janos o ajenos a la comprensión y aceptación del mensaje salvífico de Cristo.
En su tarea de profundización y de renovación, el epis­copado entero ha estado ocupado durante cuatro intensos períodos, asistido por un nutrido grupo de teólogos y confortado por la oración de todos los fieles. Acabado el Concilio la Iglesia se ha presentado y se presenta a los hombres de nuestro tiempo, con las credenciales y los ras­gos de la auténtica Iglesia de Cristo, depositaría de la única y verdadera religión.
Lo acreditan los dieciséis documentos promulgados que, singularmente y en conjunto, constituyen un patrimonio de incalculable valor, cuya proyección en el futuro dará a la Iglesia y al mundo un arranque y un impulso de re­novación y de bienestar moral y espiritual, apto para ga­rantizar a los hombres una convivencia más pacífica y más serena, poseyendo felizmente valores que forman el sagrado patrimonio de la dignidad de la persona humana.
Adquiriendo mayor conciencia de sí misma y modelán­dose de acuerdo con el ejemplar divino, que es Cristo, la Iglesia, con el redescubrimiento y la puesta en evidencia de algunos principios fundamentales se ha colocado en actitud de un servicio más comprometido frente a todos los hombres, acentuando y caracterizando mejor las for­mas y el contenido del diálogo de la salvación.
Magna carta fundamental de doctrina y de acción pas­toral de este nuevo curso asumido por la Iglesia, continúa siendo el patrimonio desarrollado por el Concilio Ecumé­nico, que —como ha recordado Pablo VI en la Conferen­cia Episcopal Italiana el 23-6-66— ha entregado “a la Iglesia un tomo, un volumen de doctrina y de decretos que pueden señalar su nueva primavera”.
Moviéndose a la luz de estas enseñanzas y en el ámbi­to de estos decretos, la Iglesia continuará siendo fiel a Cristo y expresará toda su capacidad salvífica, demostran­do en la práctica lo que es: sacramento universal de sal­vación. Para cumplir este mandato, la Iglesia necesita de la aportación de todos sus miembros, que deben sintoni­zar. en sus pensamientos y en sus acciones, con el nuevo ritmo apostólico que la Iglesia se ha impuesto celebrando el Concilio Ecuménico. La aportación de cada uno está condicionada a la adhesión y a la fidelidad a las graves e importantes decisiones formuladas por la asamblea ecu­ménica, sobre todo viviendo su contenido en actitud de dócil sumisión al magisterio de la Iglesia, que custodia e interpreta auténticamente ese patrimonio juntamente con todo el depósito de la divina revelación.
La “nueva Pentecostés” deseada por Juan XXIII y h “nueva primavera” deseada por Pablo VI como fruto del Concilio, no podrán realizarse en la comunidad cristiana si falta en los miembros de la Iglesia esa adhesión y esa docilidad requeridas para el buen éxito de los grandes acontecimientos, como de hecho ha sido el Concilio Ecu­ménico. He aquí la razón de los constantes, solícitos, oportunos llamamientos de Paulo VI a la fidelidad al Concilio, a la fidelidad a su espíritu, contenido y finali­dades.
Releyendo sus alocuciones, especialmente las de las au­diencias generales semanales a los fieles que acuden a su cátedra desde todos los lugares del mundo, se nota con mucha facilidad que esos llamamientos son frecuentes, a veces constantes y siempre concretos, en el sentido de que han ido denunciando los errores que sucesivamente pululaban en algunos ambientes de la comunidad cris­tiana.
En defensa de la doctrina tradicional sobre la Eucaris­tía y sobre la Misa, aun antes de que se iniciase el cuarto período conciliar, promulgó la encíclica Mysterium fidei (1), reprobando algunas innovaciones que tenían la pre­tensión de desquiciar algunos conceptos teológicos ya claramente definidos por el Magisterio de la Iglesia.
En la alocución del 6-9-1963, a propósito del término “pastoral” hacía notar que “no hay que ver en este adje­tivo, que acompaña a las manifestaciones más altas y ca­racterísticas de la vida eclesiástica, una inclinación cons­ciente, pero no por eso mismo menos nociva, hacia el pragmatismo y el activismo de nuestro tiempo en daño de la interioridad y de la contemplación, que deben os­tentar el primado en nuestra valoración religiosa”.
Contra la doble tendencia conservadora y progresista prevenía el 8 de marzo de 1964: “Algunos se maravillan o se llenan de desconfianza por el hecho de que la Iglesia católica permanezca siempre la misma, y no se doblegue a la moda del tiempo. Otros se maravillan o se escanda­lizan de que la Iglesia se enriquezca, en su larga medita­ción o en su valiente defensa del primitivo patrimonio doctrinal, con nuevos dogmas y nuevas disciplinas, como si esto sofocase y alterase su evangélica sencillez nativa”.
En la alocución del 1-3-1965 exhorta a los predicadores a abrirse al espíritu innovador y al mismo tiempo a re­chazar toda arbitraria innovación. He aquí sus palabras: “Sabed estar abiertos al espíritu de renovación que in­vade el mundo y que penetra también en las normas eclesiásticas; pero sabed al mismo tiempo defenderos del vér­tigo de las innovaciones arbitrarias, de la instigación de seguir la moda de las ideas en boga, no aprobadas por la Iglesia ni verificadas por la experiencia”.
La deformación del lema de la renovación y la intro­ducción de nuevas teorías encuentran inmediata deploración en la alocución del 7-7-65: “Hoy, por desgracia, se asiste a un relajamiento en la observancia de los precep­tos que la Iglesia ha propuesto hasta ahora para la san­tificación y para la dignidad moral de sus hijos. Un es­píritu de crítica e incluso de indocilidad y de rebelión pone en duda normas sacrosantas de la vida cristiana, de la conducta eclesiástica, de la perfección religiosa. Se habla de “liberación”, se hace del hombre el centro de todo tipo de culto, se cae en criterios naturalistas, se altera la noción de pecado, se ataca la obediencia y se impugna su función constitucional en el ordenamiento de la co­munidad eclesial, se aceptan formas y gustos en la acción, en el pensamiento y en la diversión, que hacen del cris­tiano no ya el fuerte y austero discípulo de Cristo, sino el gregario de la mentalidad y de la corriente de la mo­da, el amigo del mundo... Ciertamente no podemos con­cebir así el aggiornamento al que nos invita el Concilio; este aggiornamento no ha de concebirse como algo pen­sado para debilitar el temple moral del católico moderno, sino para acrecer sus energías, para hacerlo más cons­ciente y más operante de los compromisos y obligaciones que repropone al espíritu una concepción genuina de la vida cristiana, convalidada por el Magisterio de la Igle­sia”.
El valor de la obediencia y la subordinación a la auto­ridad son reafirmados en la alocución del 14 de julio con­tra intentos de subversión y de insubordinación: “Hay quien piensa que es meritorio afrontar el riesgo de la des­obediencia liberadora, y que es un juego laudable poner a la autoridad frente al hecho consumado. Y no faltan personas de ingenio que, quizá sin decirlo abiertamente, se engañan pensando que se puede ser excelente o al me­nos suficientemente católicos reivindicando para sí una absoluta autonomía de pensamiento y de acción, sustra­yéndose a cualquier relación positiva no sólo de subor­dinación, sino incluso de respeto y de unión con quien en la Iglesia reviste una función de responsabilidad y de dirección”.
En la alocución del 4 de agosto advierte la “actitud de incertidumbre, de crítica, de intolerancia ideológica, de escepticismo e incluso de negación”. Las voces “confusas y extrañas” que le llegan le hacen reflexionar, y a veces le sorprenden y le entristecen. Voces que provienen “in­cluso de los mejores campos del pueblo de Dios”, y que hacen eco “a errores antiguos y modernos, ya rectifica­dos y condenados por la Iglesia y excluidos del patrimo­nio de sus verdades; o que proponen hipótesis, casi en­seguida convertidas en afirmaciones que querrían pasar por científicas y que ponen en duda principios, leyes, tra­diciones a los que la Iglesia está firmemente ligada, y de los que no pueden suponerse que pueda nunca separarse; o que insinúan críticas revulsivas sobre la historia y la estructura de la Iglesia, y proponen revisiones radicales de toda su acción apostólica y de su presencia en el mundo”.



LA FIDELIDAD AL CONCILIO
        (L’Osservatore Romano, 19-1-67)
Una semana después renueva la denuncia con acentos aún más cargados de tristeza: “La Iglesia está superada, dicen algunos; es un fenómeno de inmovilismo; no nos dice ya nada, o muy poco”. Y añade: “Muchos sienten la tentación de creer vivo sólo lo que es moderno, sólo lo que se confunde con la experiencia del mundo contem­poráneo; nace instintivamente la tentación de repudiar lo que ayer se hacía y pensaba, de separarse de la teolo­gía y de la disciplina tradicional, de poner todo en duda, como si se debiese empezar hoy a construir la Iglesia, a rehacer sus doctrinas partiendo no de los datos de la revelación y de la tradición, sino de las realidades tem­porales en las que se desarrolla la vida contemporánea, para iniciar una nueva forma de pensamiento, de espiri­tualidad, de modo de vivir, con el pretexto de infundir en nuestro cristianismo una autenticidad sólo ahora des­cubierta y sólo ella comprensible para los hombres de nuestro tiempo”.
En algunos sectores continúan los errores acerca de Juan XXIII y de sus finalidades al convocar el Concilio. Pablo VI reivindica para su predecesor el verdadero significado del término aggiornamento, afir­mando que “él no quería ciertamente atribuir el sentido que algunos quieren darle, el de un relativizar todo en la Iglesia -dogmas, leyes, estructuras, tradiciones- se­gún el espíritu del mundo... Aggiornamento querrá decir de ahora en adelante para nosotros sabia penetración del espíritu del Concilio y aplicación fiel de las normas feliz y santamente emanadas”.
Acabado el Concilio, se agitan en la comunidad eclesial dos actitudes contrastantes y heterodoxas: la de los conservadores a ultranza y la antitética de los progresis­tas. Pablo VI en la alocución del 15-XII-1965 pone en guardia frente a las dos: “Antes de nada señalábamos como no buena, no lógica, no eclesial, la actitud de quie­nes, una vez que el Concilio ha terminado, piensan vol­ver a la situación anterior, volver a los hábitos religiosos y morales anteriores al Concilio... Hay otra actitud opues­ta: el conciliarismo, es decir, la que querría un Concilio permanente... Aludimos al estado de ánimo de quienes querrían poner en discusión permanente verdades y leyes ya claras y establecidas, continuar el proceso dialéctico del Concilio, atribuyéndose la competencia y autoridad para introducir criterios innovadores propios, o subver­sivos, en el análisis de dogmas, de los estatutos, de los ritos, de la espiritualidad de la Iglesia católica”.
También en 1966, en la fase de aplicación del Conci­lio, elementos de confusión y de desorden invaden algu­nos ambientes de la catolicidad. Pablo VI sigue todo con la vista atenta del pastor solícito por salvaguardar el sa­grado depósito de la revelación: “Hay que estar atentos a ésto, advirtió en la alocución del 12 de enero; las en­señanzas del Concilio no constituyen un sistema orgánico y completo de la doctrina católica. Esta es mucho más amplia, como todos saben, y el Concilio no la pone en duda ni la modifica sustancialmente; más aún; el Con­cilio la confirma, la ilustra, la defiende y la desarrolla, haciendo una apología autorizadísima, llena de sabiduría, de vigor y de fe (...). No se encontraría por tanto en la verdad quien pensara que el Concilio representa una se­paración o ruptura; o bien, como alguno piensa, una li­beración de la enseñanza tradicional de la Iglesia; o que autorice y promueva un fácil conformismo a la menta­lidad de nuestro tiempo, en lo que tiene de efímero y de negativo”.
En la misma alocución explica el valor de los documen­tos aprobados, afirmando que son obra del magisterio ordinario y que por tanto piden una acogida dócil y sin­cera por parte de todos los fieles “según la mente del Concilio acerca de la naturaleza y de los objetivos de ca­da da uno de los documentos”.
En la alocución del 19 de enero señala algunos errores acerca de la interpretación del decreto sobre el ecumenismo. Enumerando las actitudes, destaca “una actitud de indiferencia y de desinterés”; “otra actitud en cam­bio se excede en entusiasmo y en simplificación”; otra, que es la “de los desconfiados y escépticos”. “La actitud buena es la de secundar la línea directriz que, en la prác­tica, nos propone la Iglesia y nos prescribe con normas adecuadas”.
En los meses sucesivos los errores se concentran en el clero. Lo primero en ser atacado es el sacerdocio. Pa­blo VI surge en defensa del concepto y de la función tra­dicional en la alocución a los párrocos y a los predica­dores cuaresmales de Roma: “Nos tratamos de prevenir vuestros ánimos contra la posible corrosión de pensa­mientos infelices, hay corrientes aquí y allá, sobre la naturaleza y la función del sacerdocio, y sobre las consi­guientes novedades a las que su concepción teológica y social y su expresión práctica, parece que deberían estar sometidas”.
Afligido y bañado en llanto fue el llamamiento -del que fuimos testigos oculares- lanzado al clero en la alocución del 9 de septiembre de 1966, para que no se dejase arrastrar por ideas que atacan y destruyen la fe. Aunque la cita es larga, vale la pena transcribirla toda: “Comienza un nuevo período histórico para la Iglesia. Es verdaderamente necesario que cuantos amamos esta santa y bendita Iglesia de Dios, cuantos en ella tenemos autoridad o cualquier otra función, cuantos advertimos la hora peligrosa y quizá decisiva que atraviesa la fe de nuestro pueblo, es necesario, decimos, que procuremos tener ideas claras y seguras, movimientos estudiados y coordinados, un empeño fuerte y generoso. No se puede proceder desorganizadamente cada uno por su cuenta, volviendo a acomodarse a los hábitos del pasado, como si fueran intangibles tradiciones, o apelando al Concilio, como si su autoridad protegiese toda novedad arbitraria; no se debe dejar pasar esta ocasión única para refundir nuestra conciencia sacerdotal a la luz de la teología con­ciliar, para reconstruir nuestra comunidad eclesial, para intentar completar y restaurar la estructura canónica, se­gún las normas que la Jerarquía gradualmente irá pro­mulgando.
Nos parece muy importante a este propósito que nues­tro clero vuelva a encontrar su lucidez y su equilibrio. Nadie ignora cómo una ola de duda, de malestar y de in­quietud ha inundado el ánimo de muchos sacerdotes, dan­do con frecuencia origen a una problemática muy varia­da, compleja y desorganizada que fácilmente repudia res­petabilísimos hábitos de la piedad y del modo de vivir eclesiástico, hasta ayer merecidamente honrados; en al­gunos sacerdotes engendra un sentimiento de desilusión, injustificado y deprimente; como en compensación, orien­tan sus pensamientos hacia la realidad temporal y hacia un mortificante conformismo con el mundo profano; propone problemas que perturban, ya confrontando el estado laical y la vocación sacerdotal (como si se debiese reconocer al primero una plenitud no sólo humana y tem­poral, sino también apostólica respecto a la segunda, oprimida, se dice en cerrados esquemas de trabajo hoy ineficaces); o ya de fondo, sobre la finalidad primordial del sacerdocio: si está destinado al ejercicio del culto divino y al ministerio sacerdotal, o en cambio a la mi­sión pastoral o de aproximación al pueblo para despertar las conciencias y las costumbres a una experiencia de consonancia espiritual, y, si es posible, de caridad cris­tiana, como si una finalidad excluyese la otra, y no fuese más bien su complemento. Este disgusto ha venido sien­do ilustrado y muchas veces exasperado por cierta li­teratura, disgusto que a Nuestro entender encuentra am­plia y tranquilizadora respuesta en los documentos con­ciliares bien comprendidos, lo mismo que en la buena tra­dición teológica, espiritual y canónica de nuestra vida eclesiástica”.
Para fines de septiembre había sido convocado el con­greso internacional de teología conciliar con el fin de profundizar, uniendo los esfuerzos, en la comprensión del patrimonio doctrinal y de este modo favorecer una interpretación unívoca que pusiera fin a las interpreta­ciones arbitrarias. Pablo VI aprovechó la ocasión para insistir ante los mismos teólogos, en las enseñanzas de sus precedentes alocuciones. En la carta apostólica Cum iam, del 21 de septiembre, afirma: “Mas en el examen e interpretación de las enseñanzas (conciliares), cuiden de no considerarlas como separadas de todo el restante patrimonio doctrinal de la Iglesia, como si entre una y otro pudiese existir discordancia u oposición. Por el contrario, todo lo enseñado por el Concilio Vaticano II está en perfecta y estrecha armonía con el magisterio eclesiástico de épocas pasadas, del que es continuación, explicación, incremento... Que nadie, pues, se atreva a introducir criterios propios en la interpretación de la doctrina del Concilio, desatendiendo la autoridad del magisterio de la Iglesia”.
La insustituible función del magisterio se reafirma vi­gorosamente en la alocución de clausura del citado con­greso, en la que el Papa, entre otras cosas, dijo: “Si con­sideramos la mentalidad y el espíritu de los hombres cultos de nuestro tiempo, advertimos que tienen en co­mún esta nota característica: una exagerada confianza en sí mismos, que les lleva a rechazar toda autoridad, y a establecer que cada uno puede proceder por mismo en cualquier campo del saber, y dirigir su propia vida según el grado de sus conocimientos. Desgraciadamente, esa libertad —o mejor, esa licencia— viene a veces extendida al campo del conocimiento de la fe y de la ciencia teoló­gica. De ahí deriva el rechazo de toda norma que venga de fuera o que está por encima del individuo, como si todo el ámbito de la verdad estuviese circunscrito dentro de los límites de la razón humana, o como si la verdad misma tuviese su origen en la razón; o no se pudiese es­tablecer nada definido y absoluto, que no admita ulte­riores progresos y mutaciones en sentido contrario; o incluso como si el valor de un sistema se midiese por su correspondencia con las disposiciones subjetivas del hom­bre. De modo que también el Magisterio autoritativo es rechazado, o a lo más se le reconoce valor sólo para pre­venir errores. No es difícil ver que estas opiniones no só­lo están en abierto contraste con la reverencia debida al Magisterio de la Iglesia, sino que llegan a subvertir la verdadera naturaleza de la misma teología”.
La última denuncia ha sido en la alocución del 30 de noviembre: “Quizá han llegado a vosotros —dijo a los fieles— ecos de opiniones erróneas, que osan sostener interpretaciones arbitrarias y ofensivas de verdades sa­crosantas de la fe católica; por ejemplo, se han oído vo­ces -pocas, en verdad, pero esparcidas por el mundo- que tratan de deformar doctrinas fundamentales, clara­mente profesadas por la Iglesia de Dios, sobre la Resu­rrección de Cristo, sobre la realidad de su verdadera presencia en la Eucaristía, e incluso sobre la virginidad de Nuestra Señora y en consecuencia sobre el misterio augusto de la Encarnación, etc. Lo que asusta no es sólo la gravedad de estas falsas afirmaciones, sino también la audacia irreverente y temeraria con que se han pronun­ciado, dejando entrever que se insinúa aquí y allá el cri­terio de juzgar de la fe a placer, según la propia capaci­dad de entender y el propio gusto de entablar conversa­ción en el campo teológico y religioso”.
No hemos hecho esta reseña por el simple gusto de ha­cerla; mucho menos para poner bajo una luz obscura al Concilio Ecuménico, que continúa válido en su inestima­ble patrimonio doctrinal, a pesar de los intentos de quie­nes buscan ensuciar su luz, maltratar su espíritu, o por defecto o por exceso. Reconocemos que nuestro papel ha sido, de algún modo, el de abogado del diablo. Pero he­mos considerado que la tarea era necesaria, precisamente como en un proceso de canonización es necesaria la apor­tación del abogado del diablo, que se dedica con todas sus fuerzas a hacer nacer sombras, para que resulten más a la vista las virtudes y los méritos del siervo de Dios. En la analogía, sin embargo, hay una diferencia sustan­cial, que es ésta: los errores o los delitos, en nuestro ca­so, no son del Concilio ni están en el Concilio; no se pueden atribuir a él ni a los dos sumos pontífices ni al Episcopado que lo ha promovido. Los errores están fuera del patrimonio conciliar; y proviene de sectores bien de­terminados, fácilmente localizables según las indicacio­nes de Pablo VI. Hemos querido recordarlos, catalogando los principales, en este primer aniversario de la clausura del Concilio, para invitar a los responsables a una seria reflexión y a los débiles a no dejarse seducir por las opi­niones falsas y perniciosas de aquellos.
La Iglesia tiene presente en su conciencia la realidad de la parábola del buen grano y de la cizaña. Sabe que es una realidad dialéctica que acompaña su historia. La constatación del hecho no justifica, sin embargo, la ac­ción subversiva de los sembradores de errores. Contra éstos, se invocan en algunos ambientes las más severas medidas, Pero así ignoran o fingen ignorar que también en este campo la Iglesia ha asumido una nueva metodo­logía pastoral, madurada en el clima del Concilio Ecumé­nico. Esta nueva metodología se basa, no ya en la conde­na de las personas, sino del error; no ya en sanciones externas, sino en el amor. “¿Qué ha pasado? —se pre­gustó Pablo VI en la alocución final de la asamblea ecu­ménica, el 7-12-1965—. ¿Un choque, una lucha, un ana­tema? Podía haber sucedido, pero no ha sucedido”. Y precisó, basándose en la enseñanza de Juan XXIll: “La antigua historia del samaritano ha sido el modelo de la espiritualidad del Concilio”. En otras palabras: la Iglesia prefiere inclinarse hacia las heridas, ir al encuentro equi­vocado, con el amor, la generosidad, la misericordia. Es la terapia de la madre.
La modificación de la terapia no significa que la Igle­sia tolere o desista de combatir el error. “Y no se crea —declaró en este sentido Pablo VI en la alocución del 6-9-1963— que esta solicitud pastoral que hoy la Igle­sia toma como programa permanente que absorbe su atención y exige todo su cuidado, significa cambio de juicio acerca de errores difundidos en nuestra sociedad y ya condenados por la Iglesia... sino que significa pro­curar combatirlos no sólo teóricamente, sino también prácticamente; significa hacer que al diagnóstico siga la terapia; es decir, a la condena doctrinal, la caridad sal­vadora”.
El cambio de método implica mayor madurez en los cristianos y acrecienta la responsabilidad moral de los que siembran errores, de los que ofenden la verdad y hie­ren a su prójimo en su dignidad cristiana. Triste suerte la de quienes no se retractan, la de quienes rechazan la ca­ridad salvadora. El final de la parábola del grano y de la cizaña contiene una advertencia terrible. La discrimina­ción, que ya está actuándose, no tendrá entonces apela­ción alguna.

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