Derechos humanos, Gran tribunal, víctimas

La reciente sentencia del llamado tribunal europeo de derechos humanos en Estrasburgo antepone el derecho supuesto de una asesina en serie con motivación política al dolor de miles de personas y a la vergüenza de millones.
Sin entrar a hacer valoración que ya se hace en medios, debates y artículos por doquier, proponemos una lectura desde la Fe. Una lectura que no se puede hacer públicamente por representantes de la iglesia por prudencia ante el poder humano.
San Juan ya nos advirtió que el mundo entero está bajo el poder del maligno. Y el caso que nos ocupa revela mucho sobre la condición de ese gobierno en nuestros tiempos. Desde la posición infernal puede entenderse muy bien de qué se trata aquí: infligir dolor a los humanos, llevarles si puede hasta el trastorno psíquico más severo. Extrae placer del dolor de los hombres.
Las víctimas serán tratadas como lo fue el Señor, y su dolor sirve a la redención. Esta es la misión siempre dolorosa de los mártires, los que son públicos y los que son torturados en el interior de sus casas y sus mentes. De ese dolor nos queda el gran consuelo que no es en vano y que Dios lo hará servir para bien, para salvación; ahora no vemos más que dolor e injusticia, más adelante veremos muy de otra manera ese dolor dentro del gran puzle de la bienhechora providencia divina.
La llamada democracia se asienta sobre una decisión elemental: los humanos no deben gobernarse con la ley divina, sino con una ley humana; pero una vez hecho esto entra en escena la ley diabólica, pues no hay tierra de nadie, como sostienen implícitamente tantos teóricos de los valores democráticos, desde esta premisa toda barbarie puede ser ejecutada, el mundo será puesto sobre el revés: se protegerá a los culpables, se perseguirá a las víctimas. Los poderes humanos se concitarán como Pilatos y Herodes junto con el sanedrín para torturar y llevar al calvario.
En España se realizó el rechazo de la ley divina de una manera formal, bajo capa de indiferentismo religioso, como si se pudiera prescindir de Dios impunemente. Durante unos años ese rechazo ha sido premiado con prosperidad, se trataba de premiar a la sociedad española, como sabe el infierno premiar para que se avance en el mal, y durante ese tiempo Dios en su bondad deja hacer, pero hasta que dice basta, por eso la sociedad española ha llegado al punto actual.
Por eso hay que seguir premiando a los mejores exponentes de la situación, aunque hay algo a observar y es que el mundo del separatismo es antidemocrático, y en aras de eso ha matado. Ese mundo es un mentís a la razón democrática, como lo es la propia fe, sólo que la fe como es bondad no hace su mentís con sangre ajena, sino con la propia; pero los otros llevan su mentís hasta la sangre; por eso quien cree en la llamada democracia no entiende que su paz meliflua pueda no ser creída, pero ya que no creen en el mentís de la fe que desprecian y a la que expresamente han burlado y renegado, atraen sobre sí el cuchillo de los asesinos, aunque más correctamente debiéramos hablar de que atraen ese cuchillo sobre los dignos del martirio, que son todos los que se han dolido por la sentencia, salida del falso pacifismo, salida de lobos con piel de cordero, que no son sólo los miembros del tribunal, sino los conspicuos de la completa cultura entregada a ellos, a los demiurgos corifeos del maligno. Pero la sangre de los inocentes clama a Dios, como nos lo asegura la Escritura, y ¿Dios no les hará justicia? Y cuando menos lo esperen los sanguinarios y sus cobertores de las falsas leyes.

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