Cuándo la democracia es totalitaria


La democracia es el sistema político dominante y curiosamente para defenderlo no se utilizan argumentos maximalistas, sólo que sería el menos malo de los sistemas. Pero el bien o el mal no dependen de una forma de organización, sino de que se respeten los espacios divino y humano. Jesús sólo dijo que se diera al César lo que fuera del César, aun cuando para la manera actual de pensar se trataba de una tiranía imperialista, y a Dios que se le diera lo que es de Dios.
Las democracias actuales, sin entrar ahora en si son lo que supone su nombre, no son buenas o malas en cuanto democracias, sino en cuanto regímenes que se arrogan un derecho divino. Aunque expongan que son regímenes laicistas, si legislan sobre materias sujetas a la ley divina, son propiamente regímenes iluministas. Claro está, que se trata de hechos consumados, y que responden a que la conducta humana desordenada se hace "legisladora", inspira y hace dictar las leyes conforme a la conducta práctica, que busca normalmente tener licencia para los dictados pasionales.
La iglesia no son sólo los obispos y los documentos oficiales, sino que hay un misterio de la iglesia, más allá del orden visible que ha de cuidar su lenguaje para no generar persecución, por eso no habla mucho de esta cuestión. Pero se deja sin claridad cuál debe ser la actitud hacia la democracia, dejando que gane la opinión dominante de que la democracia sólo lo es en cuanto totalitaria, nada tendría que ver Dios en ella. Pero como decimos hay dos tipos de democracia, la que no se mete en las cosas de Dios, que sería la única legítima, y la que ha echado a Dios de la casa común. Es buena aquella democracia, que en realidad siempre se ha practicado históricamente sin hacer programa de ello y la otra democracia, la totalitaria, que es la común, exclusiva y excluyente, pues triunfa como lo han hecho las dictaduras, es decir con el argumento ad baculum: o estás conmigo o contra mí; y eso es un abuso, es un abuso recluir a la gente en su conciencia. Es Dios quien es el eje, o se está con Cristo o contra Cristo, hasta en eso tienen que apropiarse del carisma cristológico.
 La iglesia es depositaria de la gracia de magisterio por Dios y esto no se va a cancelar nunca; desde este conocimiento privilegiado que, insistimos no es humano, sino divino, lo acepten o no los hombres, no se puede decir que la democracia es el menos malo de los sistemas, es solamente uno más, sin calificativos, una cuestión de orden interno social, habiendo otros sistemas como la monarquía, constitucional o no, o el caudillismo. Cualquiera de estos sistemas será bueno o malo según se atenga con más o menos perfección al querer divino. Los hombres tienen una licencia de jurisdicción querida por el mismo Dios, que llega hasta el modo de organizar la sociedad y su gobierno, pero hay un límite que no han de traspasar –como en el árbol de la ciencia del bien y del mal- que es asumir todo el poder, como si Dios no existiese.
Se niega por completo la era de la civilización cristiana –un producto medieval- (enseguida acuden al linchamiento medievalista medios de comunicación y personas enseñadas en el clima común. Allí no había democracia en sentido moderno, es decir en sentido iluminista y de partidos establecidos, pero era común la deliberación social y cuando los señores se sobrepasaban se acudía a fórmulas posibles de levantamiento del yugo, por ejemplo, el aumento de poder de las monarquías se debió no a un proceso histórico ciego o a maniobras regias astutas, sino a un deseo del pueblo de tener un gobierno más alto que sometiese los abusos de los señores locales. No era una democracia de períodos fijos electorales, pero no dejaba de haberla, son los pueblos los que siempre han decidido, por más que hoy día nos hagamos los pluscuamperfectos y los más listos de toda la historia.
La doctrina aquí segura es la expuesta desde León XIII en medio del rampante laicismo del gobierno francés: “Salvada la justicia, no está prohibida a los pueblos la adopción de aquel sistema de gobierno que sea más apto y conveniente a su manera de ser o a las instituciones y costumbres de sus mayores”.
La democracia moderna lo es de la manera que pretendieron los filósofos iluministas, esto es, Dios completamente aparte. Es el producto de un racionalismo iluminista, ha sobrepasado los límites y se ha implantado declarando al ser humano en abstracto –las masas- como sede del poder absoluto, con capacidad para decidir haciendo caso omiso a la ley divina y a su profeta interpretadora que es la Iglesia. Naturalmente, combaten a la iglesia aludiendo a los casos prácticos de abuso de poder, más o menos exagerados, pero estos casos no permiten derogar el espacio divino, ni mucho menos sus leyes inmutables. Como no invalidarían la bondad de una sana democracia el que se hiciera con el poder ocasionalmente una élite perversa, una cosa son los casos personales, y otra los sistemas.
Es al contrario de lo que dicen machaconamente ya durante dos siglos: es no invadiendo el espacio de Dios, no excluyendole, como se tiene la buena democracia, la que no es totalitaria.
Muchos católicos comprometidos, en el pasado, se dejaron convencer por las tesis de la autonomía de la humanidad expresada en la democracia y es lo que explica el abandono masivo de las élites. Un antecedente de todo esto es el caso de Le Sillon (Surco en francés), de principios del siglo XX, seguido con entusiasmo por buen número de sacerdotes y seminaristas, muchas de cuyas tesis siguen en pie hoy día, mucho después de desaparecido por autodisolución aquel movimiento católico-social francés.
Aquel fue un movimiento que quería aggiornar la iglesia, dando carta de legitimidad a la democracia iluminista, mezclando como en la estatua de Nabucodonosor, hierro y barro e intentando cancelar con eso la cruz, la persecución de la iglesia.
En sus ideas destacaban las que conducirían al precipicio, como es el constituir la moral, la responsabilidad social en un dato inmanente de la sociedad, que no requeriría de la iglesia (confundida con los cargos eclesiales) y por tanto declararía innecesaria la sabiduría de la iglesia. Esto es declarar innecesario a Dios y por tanto abrirse a la invasión demónica a la que tanto gusta la corrupción de los mejores o que se declaran mejores.
Todo sería cuestión de grandes ideales, de elevar el grado de conciencia humanitaria, algo para lo que Cristo como mucho alcanzaría a servir de modelo más acabado de conciencia.
No, tenemos democracias, no malas en sí mismas, sino en cuanto al abuso de hacer del hombre el legislador, en suma tenemos un sistema en el fondo totalitario, sin contrapeso de poder. Y Dios es necesario para contrarrestar el poder absoluto, el peor que puede parir el ser humano, propenso a él en su naturaleza caída.
Se ha quitado el poder a Dios, mejor dicho, no se le puede quitar el poder, pero todos hemos entrado en la ceguera voluntaria: porque cerramos los ojos decimos ya que el sol no brilla. Pero el sol ahí sigue.
Los católicos comprometidos aquellos de Le Sillon tenían además otra enseñanza que se extendió y es la creencia en una democracia económica, que si bien no se postulaba con el rigor del comunismo, sí pretendía crear falansterios, comunas económicas autónomas, con un régimen corporativista, que claro está aborrecían los socialistas, pero que tuvo cierto éxito en algunos territorios como Bélgica y el País vasco.
Anticiparon lo que hoy se llama empoderamiento en la educación, con sus círculos de estudio, donde cada cual era maestro y discípulo a la vez, porque la igualdad y la fraternidad no podrían soportar la menor superioridad, sólo la coordinación. Nadie sabe más que nadie, sólo es preciso tener una alta conciencia de fraternidad y desde ahí ir hacia el magisterio social, para el cual ellos mismos eran los más apropiados, dada su mayor conciencia aparente. El estupendismo estaba servido y de ahí al fariseísmo sólo había un paso.
Y por cierto, se predicaba algo que ha llegado intacto hasta hoy, que es la fraternización, la búsqueda del hermanamiento con los demás, con todos los demás, siguiendo por un lado a Cristo que nos declaró hermanos en el Padre común, pero contradiciendole por completo en su mandato de "ir a todo el mundo" pero para predicar el evangelio, todo el evangelio. Está bien ir donde los hombres a hermanarse con ellos, aliviar a los menesterosos, pero amigo, hay que enseñar el evangelio, que es salvar almas, pero claro, anunciar el evangelio nos pone en trance de persecución. De todos modos, es erróneo entender el mandato del Señor de anunciar el evangelio sin tener en cuenta que existen casi tantas maneras como tipos de personas hay, no se trata de ir con un modelo común de evangelización, donde se nota la falta de imaginación y adaptación al ser personal, típica de un proyecto humano, no, lo que debe hacerse es pedir luz mística para ver de qué modo cada persona hará la evangelización cómo y cuando Dios quiere.
El catolicismo de verdad exige que no se haga de ninguna forma política la única posible, aquí tiene una visión de futuro formidable, porque sabe que ninguna forma es definitiva y que no se debe sacralizar. Se la sacraliza cuando se ha caído en el iluminismo. Esta verdad apenas se ha dicho en los últimos tiempos, por miedo a ser combatidos y tachados de todo, por miedo si no tanto ya a la violencia sí por miedo al ostracismo social. No caer en el ostracismo ha sido una de los leit motivs de la iglesia en todo este tiempo. Pero hay que resurgir de las cenizas y decir, que la Iglesia ha tenido toda la razón, y lo demuestra la gran crisis actual, que no es otra cosa que el previsible colapso del iluminismo democrático, que haciéndose totalitario en su eliminación de la sabiduría divina -y de la obediencia por tanto a esa buena sabiduría-, no puede sino volverse contra el hombre. Y el salvajismo capitalista que en Europa no se conocía ha caído sobre ella por haber caído en el totalitarismo democrático, inherente al democratismo de allende el Atlántico. Explicarán todo esto por multitud de causas, y los iluministas antidemocráticos dirán que hace falta poner sus sistemas para sustituir los actuales –ya se está en ello en realidad, en nuestro peregrinar sin ninguna necesidad por el desierto de los eventos humanos-. Y todo por no aceptar la sabiduría divina y mucho menos aceptar que sea administrada por hombres simples, encargados de administrar esa sabiduría. La gran paradoja es que siendo Dios el dechado de todas las virtudes sociales que dicen pretender se hace conjura de los necios contra El y sus administradores.

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