La escuadra belga en el Concilio Vaticano II

Ante todo una declaración de principios: El Concilio fue obra de la Iglesia, Madre y Maestra, concretada en documentos con el voto a favor de una media de 2.500 padres de la iglesia en cada documento. Eso deslegitima por completo las pretensiones de crear una nueva iglesia limpia de error. Pero esto no significa que no queden problemas, ciertamente no en los documentos a la letra, sino en la invasión de un cierto espíritu anterior al concilio que creyó haber triunfado. Pero ¿por qué creyeron que habían triunfado? Esto no fue sin razón, porque los documentos fueron creados por teólogos de minorías audaces que no escribieron todo lo que pensaban, sino hasta el límite pragmático que creían obligado para una aceptación por la inmensa mayoría de los padres conciliares. Más allá de ese límite tenían una agenda más amplia. Veamos la historia y génesis de una de esas minorías audaces, la llamada escuadra belga, con el cardenal Suenens a la cabeza.
El nombre de "escuadra belga" fue dado por los periodistas que cubrían la información del Concilio; un nombre muy periodístico, que recogía bien una particularidad: "squadra" se le llamaba a una selección de fútbol, y venía a significar equipo extranjero que combatía en el campo romano, con intención de hacerse con el campeonato, es decir, imponerse en el Concilio. Pero yendo a fondo sobre la cuestión de la génesis de este pequeño pero máximamente organizado grupo de obispos y teólogos de origen belga, hay que retroceder hasta la primera mitad del siglo XIX: Bélgica había sido uno de los países más afectados por la ideología de la revolución francesa, con un esfuerzo antiiglesia muy exacerbado por propagandistas de rango intelectual, que extendían su hostilidad entre el pueblo. En concreto dentro de esa propaganda que esterilizaba los esfuerzos misionales de la iglesia entr el pueblo, estaba la acusación de la iglesia como espacio de incultura y antimodernidad.
A la vez en Alemania surge el teólogo historiador Mohler, al principio uno más de aquellos intelectuales antiiglesia, pero no antiCristo, que tuvo una conversión; su principal obra Symbolik de 1835 influiría mucho en su siglo y en la formación de los teólogos centroeuropeos, defendiendo en síntesis sutilezas sobre la interacción entre símbolos de la fe (dogmas) y la mediación histórica de la aceptación comunitaria, que sería pionera en el campo de la sociología religiosa. Se creó la llamada escuela de Tubinga, obligada por el poder estatal del momento a convivir con los protestantes en un mismo centro de estudios teológicos y filosóficos.
A su vez la Universidad de Lovaina era el centro de estudios de la iglesia más completo en Bégica y allí la élite estudiosa estuvo bajo la influencia de las ideas de Mohler, dialogantes, comprensivas y conciliadoras, además de con una gran base filosófica. Mientras tanto, el Papa León XIII que ha decidido tomar medidas frente al acorralamiento de la iglesia y su base social, decide que hay que entrar en la arena política e intelectual; fruto de su iniciativa será la creación de la Acción católica y de partidos católicos, pero también  la creación de centros intelectuales para difundir la verdad conciliada de Fe y valoración de lo humano, y uno de los máximos centros del momento era justamente la Universidad de Lovaina.
Al frente del proyecto se propone, y el Papa acepta, al que luego sería cardenal De Mercier.
De allí irradiarían las ideas de defensa católica mediante cursos, libros, conferencias, y la difusión en seminarios y círculos de estudio; su contrapunto político sería el movimiento Le Sillon (Surco). Teología modernista y acción social que habían nacido bajo la mejor buena intención pronto entraron en excesos que Pío X condenaría en diferentes documentos a principios del siglo XX.
Se ha sido injusto con Pío X, no condenó el buen proyecto de su antecesor, sino las audacias de cuerda floja en que se iban situando muchos que empezaron su labor queriendo defender a la iglesia; veía que en el campo de trigo sembrado despuntaba también la cizaña.
Si bien Le Sillon se disolvió no ocurrió así con los teólogos que no formaban una organización como tal, sino que escribían dentro de un espíritu de conciliación, que querían escribir sobre lo humano en su relación con la Fe, que creían al principio estar haciendo tomismo. Una parte creía que había que ir más allá y que habiendo un pensamiento libre, decretado libre por Dios mismo, no por los ilustrados, eso autorizaba explorar tierras ignoradas.
Surgió Le Saulchoir, una escuela dominica de formación teológica, con su figura central, Chenu, cuyo máximo discípulo sería Yves Congar. Apartado de la docencia junto a otros teólogos profesores, escribió un Diario donde exponía toda la mala bilis que le habían dejado personas de poder en la Curia de Roma. Por esta dimensión de víctima muchos simpatizaron con él y con sus ideas, que se presentaban dentro de una muy extensa obra teológica. Al final de sus días, y habiendo sido una de los máximos peritos del Concilio fue elevado a Cardenal, más que nada una forma de compensación frente a la mala imagen que surgía de su Diario contra el organismo central de la iglesia.
La obra de los diversos teólogos de Le Saulchoir y otras escuelas se aceleró con el final de la guerra mundial. Su concepto del mundo moderno se ve claro en que eligieron París como lugar de residencia de su centro teológico, porque allí estaba la modernidad filosófica, social y de potencia mundial. Había que poner a la iglesia en un tú a tú con ese mundo moderno que llevaba tanto tiempo despreciándola. Ellos, intelectuales de la iglesia se sentían muy mal viéndose despreciados en lo que tenían como más preciado don, su inteligencia. El desprecio a la Iglesia lo veían como desprecio de sí mismos. Y en este orden es cuando en 1948 aparece un libro revolucionario, del belga Shils, llamado "Teología de las realidades terrestres".
Pero no todo estaba equivocado en sus planteamientos, lo suyo era una botella medio llena o medio vacía según se mirara. Pío XII la vió medio vacía, y Juan XXIII medio llena. Pero en otros términos era más bien una mezcla de barro y hierro, que hacía muy difícil el discernimiento. Los heterodoxos han planteado siempre desafíos que han obligado a la sabiduría de la Iglesia a reflexionar, a destilar su elemento bueno y dejar lo malo.
Y llega la convocatoria del Concilio, Juan XXIII nombra al cardenal Suenens como uno de los cuatro moderadores, luego confirmado por Pablo VI. Suenens, el líder de la escuadra belga, había sido auxiliar del arzobispo de Bruselas, Van den Roy, que estaba en la línea de la lucha social de la iglesia. Suenens tenía una gran personalidad, era un organizador nato y un líder que conquistaría al gran público de padres de la iglesia. La minoría belga contaba con figuras de gran relieve, entre ellos estaba Congar, aunque era francés o el obispo Moeller, autor de la magna obra sobre crítica cristiana de la literatura moderna. A diferencia de otros episcopados, todos convivían en el mismo centro, el centro para estudiantes belgas en Roma, rápidamente habilitado con todos los medios de reproducción de la época. Para cuando otras comisiones teológicas conseguían reunirse, los belgas llevaban tiempo discutiendo y haciendo sus documentos. Obispos y teólogos eran políglotas, magníficamente formados en ciencia filosófica, comunicadores magníficos, y entre ellos estaba la mano derecha de Suenens, Prignon, de quien dijo Congar que su sentido teológico era tan agudo como el táctico.
Fueron los principales responsables de Lumen Gentium y de Dei Verbum. Sus ideas iban más allá de lo que propusieron para el voto por los padres conciliares, pero providencialmente -este hecho nunca ha sido señalado- su deseo de ser aprobados los contuvo en los límites justos de modernidad y ortodoxia. Un gran triunfo, sin que dejaran de ser sus textos irreprochables, no podían equivocarse tantos obispos, los 2.500 que votaron a favor, todos ellos eminentes, juiciosos y muchos de ellos nada dados a aventuras.
El problema vino porque como hemos dicho la agenda del grupo belga, como la de otros grupos, iba más allá. Enseguida caería en desgracia Suenens, al apoyar la contracepción públicamente o el sistema de los curas obreros. Aunque Suenens estaba muy dotado para escribir y hablar, con muchos libros pastorales en su haber, su lenguaje comenzó a hacerse más provocador llegando a decir cosas como que estaba bien la muerte de Dios, refiriéndose a los dioses falsos que seguíríamos los católicos en una idolatría de corazón.
Luego Suenens de la mano de una de las grandes difusoras de la Legión de María, Verónica O´Brian, antigua religiosa, descubrió a la Renovación carismática, con sus multitudes, sus cantos, sus milagros, su invocación al Espíritu. Se hizo líder protector del movimiento, aunque él decía que no era un movimiento, sino un encuentro de gentes espirituales, sin una jerarquía estructurada (decía que crear movimientos era una mala tendencia de algunos otros pastores de la iglesia). Dentro del clima de tolerancia posconciliar, la renovación carismática fue aceptada, como tantos otros movimientos, algo extraño en realidad cuando la mística, bien que de tipo individual, siempre tuvo oposición o prevención; el Concilio no había querido ser dogmático sino predicar la apertura, no el rechazo sino la aceptación, por tanto no había lugar ya a rechazos asociados al viejo santo oficio.
Suenens era como un padre para el rey Balduino, por su mediación fue elegida Fabiola como esposa. Se conocieron en Lourdes y Suenens hizo un libro sobre ello. Luego introdujo a Balduino en el clima de la renovación carismática, siempre con discreción. Era un hombre mariano el cardenal, no dejó de serlo nunca.
El cardenal recibiría el premio europeo al progreso de la ciencia y la religión en 1976. Pero el mundo que había vislumbrado, la conciliación entre mundo e iglesia, se hundió rápidamente sin haber en realidad nacido. Veinte años después de su muerte, la iglesia belga está en bancarrota, económica y moralmente, con escándalos carnales en el pasado de figuras de máximo nivel. Con esta excusa se llegó a una situación surrealista, con el gobierno belga dando orden de profanar las tumbas de Suenens y de su antecesor, perforándolas, bajo la excusa de investigar ¡si habría pruebas de los escándalos sexuales junto a los cadáveres! al mismo tiempo se retuvo contra su voluntad a toda la cúpula de la conferencia episcopal belga. En realidad era una forma de humillar a la iglesia y una muestra de la voluntad adversa de los nuevos centros de poder, en la misma capital del gran poder supraestatal europeo, al que se le da nada el Vaticano II y todo lo que llegaron a concebir los teólogos y obispos llamados avanzados, sobre la conciliación Iglesia-mundo moderno. Pero nunca podrán llegar a decir que la Madre Iglesia no hizo todo lo que pudo para que no sintieran rechazo hacia Ella, acomodándose a lo que entendió como deseos de las nuevas generaciones de ser comprendidas y no rechazadas por el instrumento divino, y por tanto por Dios mismo.

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