Garabandal, sus obispos




 Las apariciones de Garabandal siguieron la pauta habitual, primero entusiasmo popular, enseguida el rechazo, la condena episcopal. No hablaremos aquí de los hechos bonitos de la Virgen, bien difundidos, sino intentaremos aclarar extremos del porqué del rechazo a Garabandal.
El rechazo a las apariciones y el que éste se produzca desde las más altas instancias del crédito eclesial, es una constante al menos desde el siglo XX. Estas apariciones se dan además en el peor momento para la religiosidad popular, el Vaticano II, el concilio que entre otras cosas surgió para cambiar la imagen de la iglesia ante el mundo moderno. Y en Garabandal desde luego había de todo menos mundo moderno, pueblo apartado, gentes sencillas, y devoción popular a raudales ya antes de las apariciones.
No es que se iniciara la contra de las apariciones con Garabandal, ya Ezquioga en 1931 había marcado el gran precedente, pero se pensaba que lo de Ezquioga habría tenido problemas sólo por la época de revolución en que se dio. Pero está claro que siempre hay un problema de época con las apariciones.
Lo que no hubo es persecución civil, pero sí la alta contrariedad eclesiástica. Todos los obispos anteriores a monseñor del Val fueron contrarios, con mayor o menor intensidad y así lo publicaron en notificaciones diocesanas. Desde el administrador apostólico Doroteo Fernández que gobernaba en el inicio de las apariciones, siguiendo por monseñor Beitia, monseñor Puchol, y monseñor Cirarda, que se llevó la palma de la oposición con más trascendencia y daño para el crédito de Garabandal.
Monseñor Fernández: “No consta que las mencionadas apariciones o revelaciones puedan hasta ahora presentarse ni ser tenidas con fundamento serio por verdaderas y auténticas”.
Monseñor Beitia en su primera nota dijo que: tales fenómenos carecen de todo signo de sobrenaturalidad y tienen una explicación de carácter natural”. Poco después dimitió como obispo quedando como administrador apostólico y en una nueva nota no hubo oposición neta, sino sólo declaración de que en Garabandal: “no hemos encontrado materia de censura eclesiástica condenatoria, ni en la doctrina ni en las recomendaciones espirituales que se han divulgado en esta ocasión, como dirigidas a los fieles cristianos, ya que contienen una exhortación a la oración y al sacrificio, a la devoción eucarística, al culto de Nuestra Señora en formas tradicionalmente laudables y al santo temor de Dios, ofendido por nuestros pecados. Repiten simplemente la doctrina corriente de la Iglesia en esta materia”.
Monseñor Puchol dio un paso más: “No ha existido ninguna aparicion de la Santisima Virgen, ni del Arcangel San Miguel, ni de ningún otro personaje celestial; no ha habido ningun mensaje; todos los hechos acaecidos en dicha localidad tienen explicacion natural”.
Monseñor Cirarda, obispo de Santander desde 1968 a 1971, había sido el encargado de relaciones con la prensa nacional durante el concilio vaticano II. Su sentido de la comunicación se hizo evidente cuando consiguió que la secretaría del Santo Oficio, presidida entonces por el cardenal Ottaviani, difundiera la nota redactada por el propio Cirarda para todos los obispos del mundo. La razón aportada fue que estaban empezando a llegar peregrinaciones de otros países ¡con sus obispos al frente como en Lourdes! y que de todo el mundo llegaban consultas sobre la validez de Garabandal. Nunca unas apariciones españolas habían tenido tanto eco y tan rápidamente.
¿Por qué el cardenal Ottaviani permitió que desde su secretaría del santo oficio se emitiera una carta para todos los obispos que era de redacción particular? Posiblemente para compensar a los obispos de Santander que querían una implicación por Roma que les aliviase de la presión. En 1967 Ottaviani mandó esta respuesta ante la demanda de implicación de Roma: “La Sagrada Congregacion examinó atenta y cuidadosamente todos los documentos, y otros venidos de distinta procedencia, y por fin llegó a la conclusión de que la cuestión ha sido ya discutida y definida por S. E., por lo cual no hay razón para que esta S. Congregacion proceda en este asunto”.
En su carta a los obispos de todo el mundo se expresaba así monseñor Cirarda:
“Tanto Mons. Puchol como yo mismo rogamos en su día a la S. Congregacion que estudiara si procedía reservarse el juicio sobre el problema de las supuestas apariciones de San Sebastian de Garabandal, habida cuenta de la agitación de sus adictos en distintos lugares del mundo, al paso que el tema no tiene especial interés en la diócesis de Santander.
De palabra y por escrito se me ha dicho en la S. Congregacion que el motivo por el que la S. Congregacion no quiere dar ningun juicio es porque, de decidirse a hacerlo, tendría que reservarse la causa retirando al obispo de Santander la autoridad que Ie compete en esta materia, porque, no se puede olvidar que si la S. Congregacion para la Doctrina de la Fe ve las cosas con su propia autoridad, todas ellas quedan reservadas y son discutidas en su seno, lo que en el caso presente se ha pensado que no debe hacerse. La S. Congregacion no quiere que se diga que ella ha declarado nada en este problema.
Debo comunicarles que en la diócesis de Santander, como consecuencia de cuanto queda dicho, está terminantemente prohibida toda manifestacion de piedad que se fundamente en las supuestas apariciones de San Sebastian de Garabandal, prohibición que conculcan quienes allí llegan en peregrinaciones, como los que, contradiciendo orden expresa del Obispado, erigieron una capilla en honor de San Miguel en dicho lugar. De otro lado está prohibido a todos los sacerdotes, diocesanos o extradiocesanos, el subir al citado pueblo sin permiso especial, condicionando a ello el uso de las licencias ministeriales en toda la diócesis. Ello no obstante, hay sacerdotes peregrinos que llegan de varios lugares del mundo, que celebran allí la Eucaristia en el campo o en casas particulares contraviniendo las disposiciones episcopales.
Por lo que se refiere a la prohibición de las manifestaciones de piedad citadas, la S. Congregación desea igualmente que se mantenga en todas partes, de acuerdo con lo dispuesto por el obispo de Santander, como dice el Cardenal Seper con las siguientes palabras terminantes: “El decreto dado por la autoridad del Ordinario Diocesano, a quien corresponde por derecho, debe ser también argumento suficiente para todos los Ordinarios del Lugar, a fin de apartar a sus fieles de las peregrinaciones y ejercicios de piedad, que se fundamenten en las citadas supuestas apariciones y comunicaciones. (Carta del Card. Seper del 10 de marzo de 1969).
Quiera el Señor que esta comunicacion sirva para aclarar todo el estado de la cuestion en este enojoso problema de las pretendidas apariciones de la Santisima Virgen en San Sebastian de Garabandal, cortando brotes de falsas piedades y de actitudes contrarias a lo dispuesto por la Jerarquia, al paso que conseguimos crecer siempre en una auténtica piedad filial hacia muestra Madre amantisima la Virgen Maria, con una verdadera devocion que, como dice el Concilio, -no consiste ni en un sentimentalismo estéril y transitorio, ni en una vana credulidad”.
Cirarda se llevó a Santander a José María Setién como vicario de la diócesis y reconoce en sus memorias que fue el máximo responsable de la elevación de Setién a obispo auxiliar (quien sería un prelado de reiterado escándalo, tras convertirse en obispo de San Sebastián). Lo que nadie sabía y Cirarda reveló es que Pablo VI decidió personalmente la elevación de Setién, impresionado por la modernidad de sus escritos sobre teología y sociedad. Pero de cara al régimen era el responsable inmediato y le costó una reprimenda del ministro Sanchez Bella:
“(Sanchez Bella) me dijo que el nombramiento de Setién podía acarrear problemas muy graves entre la Iglesia y el Estado, porque se había elevado al episcopado a un enemigo declarado del régimen. Me añadió que el Ejército estaba muy irritado. Y para fundamentar su preocupación, me legó una ficha sobre el nuevo obispo, que se la había pasado el Ministerio de Justicia. Decía, ni más ni menos, que Setién, en una conferencia dada en Eibar, había defendido que era lícito matar al caudillo (a Franco). Le repliqué: estoy absolutamente seguro de que jamás ha dicho la barbaridad que le atribuye la ficha". No consta texto pero bien pudo utilizar Setién los argumentos de los teólogos del renacimiento que validaban la muerte de los tiranos.
No le faltó audacia a monseñor Cirarda –siguiendo con sus memorias- cuando en entrevista con el general Franco, para pedir la salida de prisión de tres sacerdotes vascos por su relación con ETA, le habló de torturas en las cárceles, aunque no se encolerizó, sino que le dijo que mandaría hacer una investigación.
Cirarda fue sin duda el líder de la oposición de la jerarquía al estado español. Fue testigo, siendo seminarista, del bombardeo de Guernica, desde un monte en el que estaba de excursión. Se declaró partidario de que todos los prelados españoles pidieran perdón: "por no haber sabido ser pastores de paz" en la terrible guerra civil. El informe policial elaborado sobre él lo declaró “subversivo” y esta opinión era compartida por otros obispos.
Fue muy combatido, junto con Tarancón, por buena parte de la opinión pública católica de la época. Cirarda, ya arzobispo de Pamplona, fue el segundo de Tarancón entre 1978 y 1981, como vicepresidente de la CEE.
Muy distinta fue la evolución del obispo Del Val.
En sus Memorias, el padre de la Riva da su testimonio de una noche en agosto de 1961, cuando los miembros de la Comisión nombrada por el Obispo Doroteo Fernández, Administrador Apostólico de Santander en ese momento, se encontraban en la iglesia del pueblo de Garabandal, mientras que los videntes estaban allí en éxtasis. En un momento dado, uno de los sacerdotes de la Comisión, subió al santuario, y de pie junto a las niñas en éxtasis, se volvió hacia la gente presente y dijo:"Pase lo que pase, yo no creo en esto" Por respeto, el padre de la Riva no mencionó su nombre en las ediciones publicadas de sus Memorias, pero hoy sabemos que ese sacerdote canónigo de la catedral de Santander fue precisamente el futuro obispo de Santander, Juan Antonio del Val Gallo.
Mons. del Val (+13 noviembre de 2002) gobernó desde 1971 hasta 1991, y cuando se hizo cargo de la diócesis, claramente no creía en Garabandal, aunque tuvo una actitud mucho más abierta hacia los acontecimientos que sus dos predecesores inmediatos, los obispos Puchol y Cirarda. Pero durante la década de 1970, nada había cambiado con respecto a Garabandal y el Obispo del Val dijo que estaba en comunión con sus predecesores, y las antiguas restricciones se mantuvieron vigentes.
En 1982, el Obispo del Val fue diagnosticado de cáncer de próstata y se sometió a una operación en Santander realizada por el Dr. Andrés García de Tuñón, un creyente en Garabandal. Mientras se recuperaba en el hospital, recibió la visita de Mari Loli, una de las videntes de Garabandal, que había sido llevada allí en coche por el sacerdote francés, el padre de Baillencourt y su secretaria, Christine Bocabeille.
Loli iba sola cuando entró en la habitación del obispo y durante su visita, ella le preguntó si tenía algo besado por la Santísima Virgen en Garabandal. Cuando él dijo que no, Loli le dio su crucifijo. El obispo siempre cauteloso respondió: "Me lo llevo porque viene de ti." (Loli tenía relaciones cordiales con el Obispo.)
Después de la visita al hospital, Loli regresó a San Sebastián de Garabandal, donde se encontraba de visita (entonces ella vivía en Massachusetts con su marido y su familia) y su madre le dijo que había encontrado otro crucifijo besado por Nuestra Señora en Garabandal.
La posterior curación de monseñor del Val fue claro está determinante en su cambio sobre Garabandal, y aunque no declaró sobre su verdad, sí eliminó todas las restricciones al culto y la asistencia de los religiosos.
Sin embargo permaneció la prevención dado que toda la comunicación anterior había sido tan devastadora y fue publicada en la prensa.
En la actualidad el obispo de Santander es monseñor Vicente Jiménez. Quizá la mayor evidencia de la actual actitud episcopal pueda encontrarse en la página web de la parroquia de Garabandal, cuyo acceso fue vetado para las videntes en tiempo de las apariciones. Se mencionan las notas de los obispos pero se silencia por completo su contenido. Se exhibe la imagen "oficial" de la Virgen de Garabandal, y se exponen estos sentimientos hacia las apariciones:
"Pudiéramos definir con esta frase la realidad de Garabandal: HISTORIA, MISTERIO, DUDA, EUFORIA, CAMBIO, INTERROGANTE Y AYUDA"(párroco del lugar), que es bien reveladora de las dificultades sufridas contra la fe en la acción de la Virgen.



Entre las primeras iniciativas de monseñor Cirarda fue la carta contra Garabandal y su difusión en la prensa. Página del diario ABC de 1968 donde se simultanea la carta de monseñor Cirarda con la noticia sobre una iniciativa popular de dom Helder Camara, luego líder liberacionista, a la cabeza de 80 obispos latinoamericanos.

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