Crisis posconciliar desde los datos y la Providencia

La gran crisis posconciliar empezó prácticamente desde los inicios del mismo Vaticano II, con la oposición entre jearquías diocesanas y la curia de Roma. Había como tres sectores: los obispos que no entendían nada de lo que pasaba y que estaban allí como obedientes y disciplinados que eran, con su leal saber y entender, estaban los teólogos incluidos obispos líderes intelectuales, como Ratzinger o el entonces arzobispo Wojtyla, y estaban también las minorías activas que habían maniobrado para imponer sus tesis liberales y romper de lleno con el pasado, cuyos antecedentes ideológicos se remontaban al menos un siglo atrás.
Pio XII había condenado o apartado de hecho a los innovadores, ya fueran más o menos radicales; como se sabe entre los apartados estaban Ratzinger y su entonces amigo Hans Kung. Ratzinger incluso había escrito contra la encíclica de Pio XII sobre la Iglesia cuerpo místico.
En un principio estaban los convencidos de la necesidad de cambios, de modernización, pero de buena voluntad, como Ratzinger y Wojtyla. El papa Juan XXIII recogio la necesidad de hacer un concilio que retocara la imagen de la iglesia, y de ningun modo el resto de su sagrado depósito, mientras Pío XII había pensado que todo lo que fuera dar pábulo a los innovadores resultaría en nefasta revolución.
Juan XXIII rehabilitó a todos los apartados por Pio XII, y desde luego al antiguo secretario de estado Montini, luego Papa Pablo VI, sacado de Roma con la excusa de hacerle arzobispo de Milán, cuando nunca tuvo cargo pastoral alguno. Puede decirse que el principal árbitro de todo fue Monseñor Montini, aun cuando ordenase el concilio Juan XXIII.
Los últimos siglos la Iglesia había estado acosada por los regímenes anticristianos, como no podía ser menos, y los papas y fieles tenían en primera fila de sus preocupaciones a los perseguidores y construido un sistema de ideas contra ellos. Es más, la mismísima doctrina social de la iglesia fue la base de pensamiento para ello y su brazo activo fue la Acción católica, ordenada por León XIII. El atrincheramiento se hizo caduco en las décadas siguientes a la posguerra. Se deseaba dar fin a la trinchera y a iniciar un estilo más sereno, fueren cuales fueren los contrarios, incluidos los temibles comunistas que gobernaban medio mundo. Montini había dado ya muchos pasos por su misma actividad de jefe de la diplomacia que tenía como eje en su agenda el problema con Moscú, el sempiterno enemigo.
Montini se convirtió en el ejemplo ideal de lo que deberían ser los cristianos: culto, finísimo, sin arideces, flexible, sin ponerse pesado doctrinalmente. La doctrina y disciplina estaban tan seguras que parecía no hacer falta ya otra cosa que coger estilo de trato. Era de todos modos el clima en el que habían vivido las cultivadas jerarquías de la aristocracia eclesiástica romana y cuyo representante más perfecto estaba siendo Montini.
Las jerarquías al viejo estilo eran un estorbo, siendo consideradas como víctimas de su propia rigidez sin más y obstáculo para la renovación de la imagen. El buenismo no les afectaba a ellas, había ya una discriminación "positiva": para los innovadores, pero no para los tradicionales. Como éstos eran mayoría, y considerada como mayoría ciega, era preciso "ayudar" al proceso con la audacia y con el apoyo impagable de los medios de comunicación, la trompetería del mundo. En los medios, triunfaba en toda regla la filosofía de la innovación que precedería a los hechos, calificados como sanctos en cuanto innovación. La mayoría de los obispos asistentes estaban consternados, pero al fin pensaban que si el Papa no daba signos de alarma ni golpes de timón sobr el rumbo de los acontecimientos, es que él tendría una visión superior; aunque sí hacían ver sus posiciones quedaban estigmatizados en los medios y mentideros eclesiásticos "avanzados" y en cualquier caso no pudieron oponer una trama de facto que condicionara lo que iba sucediendo. Los hijos de las tinieblas eran más astutos que los de la luz.
La clave para que los tradicionales no se opusieran decisivamente, más allá de algunos irreductibles que luego crearían iglesia cismática, fue el lenguaje usado, tan sibilino, que realmente era muy difícil de comprender sus consecuencias y de oponerle argumentos irrefutables por los innovadores. Era un lenguaje que ponía fácil el entender cosas opuestas y al pie de la letra intocable. Detrás de ese lenguaje había mucha ciencia escriturística y diplomática.
Pero a pesar del lenguaje hubo muchos documentos con votos de la mayoría no innovadora, que no autorizaban lecturas radicales. Entonces se puso en marcha la segunda estrategia: aplicar de facto las innovaciones, como venidas del espíritu del Concilio. Se fue tan lejos en esto que el principal responsable del novus ordo missae fue desterrado como nuncio a Irán. Este fue monseñor Bugnini, experto en liturgia, y cuando se lee el libro que publicó, no había manera de entender nada malo en él, aquí ya sólo valía el discernimiento recomendado por el Señor: "por sus obras los conoceréis", ya que su lenguaje, su dialéctica, supera a la inteligencia humana, como sobrepasa la mente del demonio a la del ser humano.
Las obras se dejaron ver en seguida, textos impolutos, finísimos, seguidos del abandono masivo de clero y religiosos en una primera fase y de la reforma después. La actualización se había hecho en los textos, pero cuando se llegó a los hechos, aquí cogieron el timón las minorías audaces. Prácticamente las ordenes religiosas fueron reformadas volens nolens, creando mártires de conciencia por doquier. Fueron elevados a los cargos los innovadores, gente ilusoria, que creía tener que imponerse a los tradicionales, que en su rigidez, iban contra lo que el espíritu del Conclio y el papa avanzado querían. Los tradicionales, como personas obedientes y disciplinadas se inclinaron por dejar hacer a los que al fin y al cabo estaban puestos como superiores y tenían precisamente voto de obediencia. Y los que se resistían pues simplemente no pudieron hacer nada frente a los hechos consumados o bien eran apartados a destinos de ostracismo. Jesuitas tradicionales quisieron levantar partido en la época de Arrupe, el Montini jesuítico, pero fracasaron, quedando dispersos aquí y allí.
La inmensa mayoría del clero se plegó igualmente, pensando sinceramente que todo estaba bien, al fin y al cabo era el Concilio el que estaba detrás y la legitimidad de la Iglesia. Pero gran parte del clero llevó la reforma hasta las bases, hasta los fieles, entrando en su modesta espiritualidad como elefante en cacharrería. Este proceso en realidad había empezado una década antes del concilio vaticano, quizá el reformador más precoz que ha habido fue el obispo Méndez Arceo, de Cuernavaca en Mexico, luego decidido defensor de la teología de la liberación.
Un caso prototípico del que hemos sido testigos en una población con miles de habitantes fue como essigue: la parroquia jesuita hizo huir a los fieles construidos en el pasado piadoso, hizo lo propio el clero de la basílica , y las ovejas fueron a acogerse a una parroquia de la orden agustina, allí vivieron su piedad confortablemente, hasta que los religiosos sensatos y piadosos fueron sustituidos por un equipo reformador a su vez, que apostrofaba las cosas de piedad de la gente y a ellos como personas, hasta que acabó cerrando la iglesia, con la venia del obispo muy asesorado de planificaciones pastorales; entonces ya los fieles no tuvieron donde refugiarse y así extinguida la piedad, las nuevas generaciones tuvieron sólo a los movimientos como alternativa. No ha habido evolución "natural" de acontecimientos sino programas bien calculados y eso sí, entusiastas devastadores de la viña.

Pensando desde la Providencia

Nada de lo que ocurre puede quedar al margen de la Providencia. ¿Por qué Dios permitió todo esto? El misterio de iniquidad había sembrado cizaña ya desde mucho antes. Mucho clero y religiosos estaban acomodados y de hecho habían salido de la pobreza familiar gracias a la iglesia. El sufrimiento es un estado querido por Dios, como el estado que mejor canaliza la comunicación con El. No hay mayores sufridores que los santos. La crisis de la iglesia la partió en dos, y no hablamos de tradicionalistas y progresistas, sino de perseguidos y perseguidores, con una masa indiferente enderredor, como por otro lado ocurre en cualquier realidad humana. Dejó en evidencia a los cabritos disfrazados y aumentó el mérito de los buenos que se santificaron en su sufrimiento al ver el rumbo de la iglesia. La crisis aportó vivencia martirial.
Hubo la tentación de levantar una iglesia aparte, incontaminada de la revolución innovadora, pero este proyecto que de seguro se verá potenciado más por las nuevas innovaciones que vayan surgiendo (ya que la filosofía falsa del llamado espíritu conciliar no se ha acabado de ninguna manera), es erróneo, ya que no tiene en cuenta que la iglesia de antes del concilio no era modélica a pesar de sus ritos correctos y de sus masas de clero y religiosos que más o menos buenos cumplían funciones ex opere operato y daban visibilidad a la verdad de Dios. Los pastores eran más autoridades que otra cosa y salvo excepciones aplicaban el rigor como se haría en un regimiento. Es ejemplar el caso de un arzobispo metropolitano que en los años 40 echó a las huérfanas de una casa de acogida religiosa, de inmediato en plena noche, porque se habían mofado de la superiora ante la religiosa visitadora. El sin contemplaciones estaba a la orden del día. Los religiosos y clero habían vivido en plena arbitariedad durante su tiempo de formación y años de servicio, al principio lo tomaron como sacrificio propio de la vida que habían elegido, sin embargo , encuanto llegó el concilio y su apertura vieron la luz abierta para quitarse la losa que pesaba sobre ellos. Y pasaron del rigorismo a la relajación en menos tiempo del que hace falta para decirlo. El nuevo aperturismo sirvió de excusa: Los casos de autolicencia sexual en convivencias, relaciones con jóvenes, fieles y demás, determinaron claro está tantísimos abandonos, del que naturalmente muchas cuentas tendrán que dar, temibles cuentas como ya dicho el Señor sobre quien escandalizare a los pequeños que más les valdría haber sido tirados al mar con una rueda de molino al cuello.
El futuro sin embargo será espléndido, la crisis que todavía tiene que profundizarse mucho más, generará un iglesia renovada, que se despojará de las viejas escamas, y lo hará al verse sobrecogida lo que ocurrió, a las masas de antiguos fieles sumergidas en el mar y devoradas. El Concilio y la crisis producirán lo que deseaban los innovadores, la nueva iglesia resplandeciente, bien que en un sentido mucho más trascendental que aquel al que aspiraban. Crisis del mundo y crisis de la iglesia se desencadenan mutuamente, pero la crisis de la iglesia al dejar sin defensas al mundo, lo abre al azote de los elementos. Y la barca de la iglesia, con todos los malos elementos desembarcados, queda libre de lastre para la eterna navegación.

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