La preparación del Vaticano II


Aunque el anuncio hecho por Juan XXIII el 25 de enero de 1959 de reunir un concilio ecuménico produjo el efecto de una bomba, la idea no era tan nueva como podía parecer a primera vista. Recién elegido papa, Pío XI pensó reanudar el Concilio Vaticano interrumpido en 1870: creía que los cambios que siguieron a la Primera Guerra Mundial imponían semejante paso. Pidió en secreto su parecer a los cardenales de Curia y a algunos obispos \ Algunos respondieron que la mayoría de las cuestiones que entonces quedaron pendientes se habían resuelto con la publicación del Código de Derecho Canó­nico o de algunas encíclicas y que además reunir un concilio en Roma confir­maría que la desaparición del poder temporal no impedía la actividad de la Iglesia católica. Otros reaccionaron favorablemente y contestaron que un con­cilio sería muy provechoso para la vida interna de la Iglesia católica, para la paz del mundo y para la unidad cristiana. Algunos insistieron también en la necesidad de esclarecer la doctrina relativa al episcopado. Varios expertos, entre ellos los padres Hugon OP, Tacchi-Venturi SJ y Lépicier SM, recibieron el encargo de elaborar un programa que debería incluir una constitución dog­mática sobre la Iglesia y el examen de los problemas del derecho internacional, del socialismo y el comunismo, de las Iglesias orientales, de la Acción Cató­lica, de las escuelas y del puesto de la mujer en la Iglesia. Pero la larga pre­paración de los acuerdos de Letrán y, luego, la gravedad de la situación inter­nacional obligaron a abandonar esta idea. Veinticinco años más tarde (1948) volvió a tomar la misma iniciativa Pío XII. Los trabajos preparatorios se encomendaron al Santo Oficio, y diversas comisiones (cuyo secretario general era un jesuíta belga, el misionólogo P. Charles) elaboraron en secreto varios proyectos sobre temas como doctrinas peligrosas, definición de la Asunción de la Virgen, comunismo, guerra, reforma del derecho canónico y de la Curia, misiones, Acción Católica y cultura. Las reuniones se prolongaron hasta 1951, fecha en que se suspendieron los trabajos debido a la diversidad de opinio­nes. Este nuevo fracaso parecía confirmar la idea de que la era de los concilios estaba definitivamente clausurada.
Juan XXIII no compartía esa opinión. Es posible que influyera en su acti­tud un artículo publicado poco antes en la revista italiana «Palestra del Clero». No tenía ideas muy concretas sobre el programa que debía desarrollar el con­cilio anunciado, pero esperaba que podría contribuir a una mejor adaptación del apostolado a una situación en rápido cambio e invitar «a las comunidades separadas a buscar la unidad». Se invitó a los cardenales, luego a todos los obispos y superiores religiosos y, finalmente, a las facultades de teología y de derecho canónico a enviar sus sugerencias. Nunca se había hecho una consulta tan vasta.
Al mismo tiempo se creó una comisión antepreparatoria que debía organizar los trabajos. Estaba presidida por el cardenal Tardini, secretario de Estado, que escogió como secretario al canonista P. Felici. Un año más tarde, el 5 de junio de 1960, se instituyeron diez comisiones preparatorias (teología, gobierno de las diócesis, disciplina del clero y del pueblo cristiano, religiosos, sacramentos, liturgia, estudios y seminarios, Iglesias orientales, misiones, apos­tolado de los laicos) y dos secretariados (medios de comunicación y unidad de los cristianos), cuyo trabajo sería coordinado por una comisión central, encar­gada también de preparar el reglamento de la futura asamblea. La comisión central, a la que pertenecían obispos de sesenta países, celebró siete sesiones entre el 12 de junio de 1961 y el 20 de junio de 1962. El estricto paralelismo, con una sola excepción, entre las comisiones y las correspondientes congrega­ciones romanas y el hecho de que los prefectos de las congregaciones asumie­ran la presidencia de las comisiones correspondientes hacían presagiar que los trabajos adoptarían una línea más bien conformista. Pero tres cosas parecían manifestar un espíritu nuevo. Se creó una comisión para el apostolado de los laicos, que era la única que no correspondía a ninguna congregación romana existente. Contra la opinión de ciertos medios de la Curia, que habían tratado de minimizar el alcance unionista del Concilio, se creó el Secretariado para la Unidad de los Cristianos. Este organismo contó con el apoyo discreto del papa, y bajo el impulso del cardenal Bea, se convirtió pronto en un órgano esencial para el acercamiento de la Iglesia romana al Movimiento Ecuménico. Por último, a diferencia de lo que se hizo en el Vaticano I, se eligió como miem­bros de las comisiones a algunos obispos encargados de diócesis. Pese a que predominaba la tendencia conservadora, también estaban representadas las otras corrientes teológicas y pastorales, incluso por hombres que, como Congar y De Lubac, habían sido blanco de los ataques integristas en los años prece­dentes.
El trabajo de estas comisiones dio por resultado la redacción de setenta esquemas. La comisión central, a la que había que someterlos, corrigió e incluso mandó rehacer algunos. Una parte de los esquemas revisados se envió tres meses antes de la apertura del Concilio a todos los obispos, algunos de los cuales —otra diferencia con respecto al Vaticano I— conocían la orientación de los trabajos preparatorios por sus colegas miembros de las comisiones o por algunos de los consultores. De hecho, muchos de esos esquemas eran me­diocres y varios francamente malos, en particular los que procedían de la co­misión teológica, que, con excesiva frecuencia, se limitaba a reafirmar la doc­trina tradicional en términos que podían resultar molestos para los orientales o los protestantes y provocar, dentro de la misma Iglesia católica, reacciones negativas en los medios intelectuales.
El reglamento del Concilio, fechado el 6 de agosto de 1962 y publicado a principios de septiembre, preveía, como en el Vaticano I, tres clases de reuniones, en las cuales las decisiones tendrían que tomarse por una mayoría de dos tercios de los votos: las sesiones públicas, presididas por el papa; las congregaciones generales, en las que los Padres discutían (generalmente en latín, pero los orientales se expresaron casi siempre en francés) los textos que les habían sido presentados (la experiencia de 1870 hizo que el tiempo asig­nado para hablar se redujese a diez minutos), bajo la presidencia de un consejo de diez cardenales designados por el papa; finalmente, las comisiones que tenían que reelaborar los textos, según las enmiendas de los Padres, con la colaboración, mucho más amplia que en el precedente Concilio, de cierto nú­mero de «expertos», teólogos o canonistas según los casos. Cada una de las comisiones conciliares, que eran diez, como las preparatorias, debía estar for­mada por veinticuatro Padres, dos tercios de los cuales eran elegidos por la asamblea y el otro tercio nombrado por el papa; su presidente, nombrado tam­bién por el papa, era el prefecto de la correspondiente congregación romana, cosa que no iba a facilitar las decisiones reformistas. El reglamento no había contado con el estatuto del Secretariado para la Unidad de los Cristianos. Sin embargo, tras un momento de vacilación, se dio a este organismo la misma categoría que a las comisiones conciliares, si bien conservó la misma compo­sición que durante la fase preparatoria. Monseñor Felici, secretario de la co­misión central preparatoria, pasó a ser secretario general del Concilio y, por su dinamismo, se fue convirtiendo a lo largo de las sesiones en el verdadero dele­gado del papa para la reglamentación de los trabajos. Había además un Secre­tariado para Asuntos Extraordinarios. Estaba presidido por el secretario de Estado y se encargaba de examinar los eventuales problemas nuevos y daba cuenta de ellos al papa; desempeñó un papel importante al fin de la primera sesión, pero luego fue suprimido.

(De: R. Aubert y otros: Nueva Historia de la Iglesia. Tomo V. Ediciones Cristiandad. Madrid, 1977)


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