Los cultos evangelistas que se celebran a sí mismos. Sueño-alegoría al respecto.

Enrique se dirigía en tranvía a la población donde está la imagen de un santo muy popular cuya festividad se celebraba, llegando gentes de toda la provincia. En el asiento de enfrente había dos mujeres de facciones andinas que conversaban, una de ellas muy ferviente seguidora de algún culto protestante; la mujer se expresaba con mucha libertad, algo de lo que carecen los católicos tradicionales que temen las miradas de censura; se refería a sus compañeros de culto a los que consideraba como sus hermanos, y cómo por esto había que obsequiarlos con amor con motivo de las celebraciones que tenían. Enrique quedó positivamente impresionado.
Por la noche, ya olvidado el episodio, Enrique soñó. Gentes de un culto evangelista sin identificar estaban reunidos en una finca al aire libre que habían vallado, en llano y justo enfrente de la ladera vertical de un monte, estaban frente a grandes pantallas que cubrían la ladera en horizontal, en las cuales aparecían ellos mismos. Enrique tuvo una asociación de ideas con los judíos que rezan ante el muro de las lamentaciones. Tomó un folleto del grupo y al poco se dió cuenta de que habían elegido un lugar justo enfrente de una humilde tienda de toda la vida de objetos religiosos, con imágenes devotas. Pensó que la coincidencia no era casual y que suponía una especie de reto y desafío. Entró en la tienda, era regentada por una anciana señora, una sola habitación donde el mostrador de la tienda compartía espacio con la pequeña cocina y su mesa. La anciana como no veía bien ni siquiera se había dado cuenta de lo que realmente pasaba en el exterior, solamente se preguntaba porqué aquella gente de afuera hacia cola de espera (no esperaban claro está, pero la anciana creía ver filas de gente).
Otra mujer humilde sin atractivo humano, gruesa, de pequeña estatura, llevando un vestido del mismo azul que la Virgen de Lourdes, preguntó a Enrique si no iba a intervenir ante el abuso de los evangelistas, y éste respondió bromeando que no lo haría porque no tenía arreglado ningún seguro de vida. Ambos, Enrique y la señora del hábito estaban en la tienda, Enrique pudo distinguir además de las imágenes del Señor, la Virgen y los santos en las viejas estanterías algunos folletos piadosos sobre determinados sitios de apariciones.
Salio Enrique de la tienda y vio que el sitio de los evangelistas había sido ocupado por católicos, (en realidad los evangelistas habían ocupado un terreno que no les pertenecía); había obispos al frente, que celebraban misa, ante la misma ladera del monte, ya sin pantallas, y gente católica seglar estaba muy pegada a ellos, a ellos se había incorporado también la señora del hábito azul, que estaba como una más, a un lado y sin reconocimiento expreso, sólo Enrique conocía su condición mística. Enrique se sorprendió del valor que habían tenido todos los reunidos y sus obispos, y lógicamente alentado se sumó a la celebración con consuelo.
Los evangelistas se habían celebrado a sí mismos y desafiado a la iglesia pobre significada por la vieja tienda de objetos, pero ésta consiguió sacar fuerzas de flaqueza, junto a la Virgen de siempre discreta compañía y liderazgo, para una vez echados los evangelistas, celebrarse no a sí mismos sino a Cristo.

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