Reparar la falsa interpretación y falsa aplicación del Concilio Vaticano II

Hay dos historias sobre el Vaticano II, la primera en sus textos, que no deben ser tachados de inortodoxos, y la segunda en su interpretación. El Vaticano II ha sido uno de los concilios en los que se ha dado una disyunción entre lo que querían los falsos reformadores que se dijera y lo que se dijo y escribió; pero, a diferencia de anteriores concilios, ha sido el primero donde una praxis distinta a la letra escrita triunfó sobre ésta, en muchos ámbitos que se reivindicaron como lectura legítima del concilio, acallando a las buenas conciencias. El falso concilio predicado en los medios de comunicación fue el que de hecho se aplicó en muchas parroquias,  órdenes religiosas y centros religiosos, sobre todo de formación.
Dado que triunfó en toda regla la interpretación falsificada, frente a la única autorizada de los textos -ya incluso Pablo VI advertía el peligro, obligando a poner notas de sana interpretación en documentos como Lumen Gentium- se requiere una revisión si no de los textos del Concilio sí de la realidad mixtificada a partir del mismo generada por muchos, que ha incluido a personajes muy eminentes e influyentes sobre el orbe católico.
El cardenal Julián Herranz ha expuesto lo siguiente: "Un desafío al que se ha enfrentado el Papa Ratzinger se refiere a la interpretación del Concilio Vaticano II y a la llamada «crisis postconciliar». Fue un periodo de dramática confusión en amplios sectores eclesiales: tendencias a «actualizar» la teología marginando la divinidad de Cristo, interpretación temporalista del mensaje evangélico de salvación con reducción socio-política de la misión de la Iglesia, replanteamiento laicista de la identidad sacerdotal con mundanización de su estilo de vida y tremenda hemorragia de defecciones, experimentalismo litúrgico frecuentemente anárquico y desacralizador, etcétera. Por reacción, otros grupos se aferraban a un tradicionalismo reductivo de la verdadera Tradición cristiana, incluso en oposición a Roma.
A esas dos posiciones contrapuestas se opuso y se opone decididamente Joseph Ratzinger, primero como Cardenal en 1985 con el famoso «Informe sobre la Fe» justamente calificado de «histórica denuncia profética», y ahora como Papa celoso tutor de la unidad de la fe y de la comunión. «Nadie puede negar —nos dijo a la Curia romana en las Navidades de 2005—, que en vastas partes de la Iglesia, la recepción del Concilio se ha realizado de un modo más bien difícil». Y citando unas palabras de san Basilio sobre el post-Concilio de Nicea, precisó: «Por una parte existe una interpretación que se podría llamar hermenéutica de la discontinuidad y de la ruptura (...) Por otra, está la hermenéutica de la reforma, de la renovación dentro de la continuidad».

Es cierto que hay grupos que denuncian el carisma de la actual autoridad en la Iglesia porque los antecesores dieron su visto bueno al Vaticano II. Ya ocurrió una escisión cuando se fundó la hoy poco conocida iglesia católica antigua tras el concilio Vaticano I. Pero también hay quienes cierran filas en torno al Concilio intentando salvar con recta intención la credibilidad de la jerarquía, pero haciendo caso omiso a la necesidad que tenemos todos de que se clarifiquen las cosas y no simplemente se mire para otro lado por todo el sufrimiento que fue generado, como se hizo por ejemplo con los mártires de la iglesia de España en el año 1936, que todos mirábamos para otro lado, como si no hubieran existido, sólo porque eran una realidad molesta para nuestro buen vivir apaciguado.
No se trata sólo de volver a una liturgia sublime y a unas formas  coloristas de autoridad, sino aprovechar la tesitura, los rotos ya hechos, la insatisfacción general existente, que se silencia para que no toque más todavía el prestigio de la autoridad, y proceder a una profundización en el magisterio directo del Cielo, en lugar de que este magisterio tenga que estar recurriendo a mil procedimientos para hacer llegar la verdad frente a los opositores internos. Aunque ya sabemos que éstos siempre van a estar ahí, y que cumplen su función para que el cuerpo eclesial no se tenga por falsamente santo ante la evidencia de los desafueros de los representantes y así haya de recurrir a pedir la salvación directamente al Cielo, ya que de los hombres ha de esperarse tan poco.
Hay que reparar el daño causado aunque todavía no vemos cómo, si bien una buena forma es la de decir todo lo que pasó y no simplemente dejarlo metido en el armario, que por más que esté cerrado sigue manando hedor. Hubo muchos perseguidores internos de parroquia y de órdenes religiosas que quizá creían hacer el mejor de los bienes, amordazando o haciendo acoso eclesiástico a quienes tenían por desafectos a la nueva visión. Su memoria, y la de quienes todavían siguen vivos de entre ellos se oculta, se esconde en el armario, igual que se hizo con la pederastia.
Cierto que el niño ya no puede volver a la madre una vez nacido (nos referimos claro está a una metáfora física no al nuevo nacimiento en espíritu y verdad que dijo el Señor) y lo que pasó pasó. Tampoco va a servir demasiado ponerse a ejercer la autoridad a ver si con hierro se puede recomponer el edificio derruido. Ya no hay hierro que valga. Y peor aún que quienes pretenden reconstruir quieren seguir funcionando como en la era de la societas catolica olvidando los males de entonces, que no eran de simple autoritarismo, sino de vivencia deshumanizada de la fe en los colectivos de elegidos, de la militancia católica en grupos. No se reconstruirá por el rigor sino por la maternización en la Iglesia, que se haga mariana constitutivamente y no solo honoríficamente. Y esto queda hoy sin resolverse. Reformas o contrarreformas sin maternización no pueden sino destruir. La iglesia humana no se ha resuelto a hacerse mariana por más que reconozca en dogmas y advocaciones y exhiba historias del pasado cuando conviene.
Y de todos modos hay que pagar un precio por todo lo ocurrido, que es la galopante descristianización y deshumanización de la sociedad y de los países y el imponente avance del infierno en todos los órdenes, con masacre de pobres cristianos en incremento. Sólo cabe paliar la ejecución de la sentencia y sobre todo aunque no nos afecte a nosotros una vez desaparecidos, sí vamos a penar en nuestros descendientes; dicen que el purgatorio no es un lugar, pero sí un sitio privilegiado para ver lo que les pasa a nuestros seres queridos, a la herencia que les hemos dejado y la impotencia de no poder hacer nada por ver su sufrimiento, que se trasladará a nosotros como fuego de la máxima intensidad. Y ¿cómo paliar? Pues acelerar el camino de la maternización, de la implantación de una dirección efectiva de la Madre de Dios, de su manera de ver, juzgar, entender, actuar, en la iglesia, lo cual clama por su ausencia ya que se silencia a sus testigos, se los oprime y se deja que se despeñen. Negar a los testigos es cerrarse al saber verdadero sobre qué piensa, qué quiere María, no en general que eso ya lo tenemos como principio general, sino en cada actuación de la iglesia siempre, como también ocurre en lo humano, sujeta a incertidumbre inicial, quedando en una mezcla llena de escoria en el actuar eclesial a todos los niveles. ¿Creen de verdad que el Vaticano II se hubiera puesto en marcha y desarrollado desde una sabiduría basada en María? No que no hicieran falta reformas, sobre todo aquella de la deshumanización interna, pero sí que se hubiera hecho todo muy distinto sin las secuelas gravísimas sobrevenidas.

Comentarios

Entradas populares de este blog

Iglesia constantiniana

Obispo Méndez Arceo: orígenes de la teología de la liberación

El embrión humano no pasa por una etapa de pez