Licitud de los alzamientos armados

Unas interesantes reflexiones sobre este punto las proporciona Aquiles P. Moctezuma (seudónimo), en su obra El Conflicto Religioso, bajo la inspiración de la historia de la sublevación llamada cristera entre los años 1926-1929 en Méjico:

"En determinados casos, cuando el abuso de la autoridad contra los fundamentos esenciales de la sociedad son indudables, gravísimos y permanentes, y cuando para remediarlos se han agotado infructuosamente todos los medios pacíficos, la resistencia activa armada no es rebelión sino defensa legítima y lícita.
Más todavía; si del abuso de la tiranía no se sigue tan sólo la ruina material grave, sino principalmente la perturbación del orden moral, la perversión general de las conciencias, el extravío absoluto de las ideas, en una palabra, la perdición eterna del pueblo en masa; entonces nos atreveríamos a afirmar que la lucha armada para hacer cesar tamaños atropellos de la autoridad, es, no solo lícita, sino obligatoria, porque la sociedad, lo mismo que el individuo, está obligada a procurar su propia conservación.
Y hasta nos lanzaríamos a opinar que, cuando el coloso del estado se lanza brutalmente a exterminar a la religión verdadera y hay peligro de que lo logre y de que cada día cobre más fuerza; entonces ni siquiera se debe condicionar la licitud de la defensa al caso del probable éxito, sino que, en este caso extremo, hay que lanzarse a la heroica y desesperada lucha del enano que, amenazado de muerte por el gigante, acepta el reto con todos sus peligros.
Estas deducciones, ciertas en el caso de que el gobernante sea legítimo, adquieren más fuerza y mayor evidencia si se trata sólo de un gobierno de hecho, es decir, de un usurpador.
Es cierto que Jesucristo nos enseñó con su palabra y su ejemplo la paciencia, la resignación, el martirio. A todos nos enseñó la verdadera fraternidad, consagrándola en la oración sublime del Padre Nuestro. Pero el mismo Jesús que pidió perdón para sus enemigos desde la cruz, llamó "raza de víboras" y "sepulcros blanqueados" a los fariseos que, so color de patriotismo, pretendían apartar de él a las turbas sencillas, y arrojó con el látigo a los mercaderes del templo.
Es verdad que Jesucristo nos enseñó que no resistamos al malvado, sino que al ser heridos en la mejilla derecha presentemos la izquierda. Pero es de advertir que estos son consejos de perfección, encaminados a destruir en el fondo del corazón aun los primeros movimentos de odio y venganza. Si se erigieran tales consejos en leyes obligatorias en todos los casos, se llegaría al absurdo de destruir para el cristiano todos sus derechos, y de garantizar todos los desmanes de los malvados.

¿Qué postura adoptó el Episcopado ante la lucha armada?: Los obispos jamás autorizaron ni apoyaron la lucha armada. Intentaron evitar por todos los medios posibles los levantamientos, y estallada la guerra, procuraron siempre dialogar en aras de terminar el conflicto. Hubo sacerdotes que utilizaron su influencia espiritual para calmar a los cristeros, e inclusive a veces con enojo y sorpresa de los propios cristeros. Léase de nuevo la entrevista que publicamos arriba, de Calles con los obispos de Michoacán y Tabasco; la gran mayoría de los católicos no se hubieran dirigido a Calles con tanta mesura y respeto, sin más miramiento lo hubieran mandado a freír espárragos.
Jean Meyer, en el tomo 1 de La Cristiada, págs. 30 a 41, cita casos en varios puntos de la República donde obispos y sacerdotes se manifestaron contra la guerra y fueron censurados por los propios combatientes cristeros.
Los obispos tampoco prohibieron la guerra, cierto, porque sabían que aquella lucha tenía razón de ser y licitud, pero tampoco podían aprobarla, como pastores, no era su función definir sobre conflictos armados, y además querían intentar otras soluciones al problema.
Y también, vamos a reconocerlo, hubo sacerdotes involucrados directamente en la Guerra Cristera. En la arquidiócesis de Guadalajara, Mons. Orozco y Jiménez había pedido a los sacerdotes que permanecieran en las iglesias, pero al arreciar la persecución, y muertos muchos sacerdotes, dio su autorización para que los que quisieran irse al campo lo hicieran. Él mismo lo hizo, aunque sin comprometerse con los cristeros. Hubo sacerdotes soldados, como el p. Aristeo Pedroza, quien llegó a ser general de brigada en Los Altos, José Reyes Vega (apodado "El Pancho Villa con sotana"), y Miguel Pérez Aldape. En Juquila el p. Epigmenio Hernández fue prácticamente responsable del movimiento armado.
Considéremos por último las cifras que proporciona Jean Meyer en su obra citada, p. 49:

-Sacerdotes activamente hostiles a los cristeros = 100
-Sacerdotes activamente favorables a los cristeros = 40
-Sacerdotes combatientes = 5
-Sacerdotes neutrales = 65
-Sacerdotes que abandonaron parroquias rurales y de ciudades = 3500
-Sacerdotes ejecutados por el gobierno = 125. 59 de la arquidiócesis de Guadalajara, 35 de otras zonas de Jalisco, 6 en Zacatecas, 18 en la diócesis de León Guanajuato y 7 en la de Colima.

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