Ciudad de Dios frente a ciudad del hombre-dios

La teología de la historia nos permite ir al fondo de la situación humana de todos los tiempos. En el origen fue la lucha de los ángeles rebeldes contra los fieles. Derrotados como no podía ser menos fueron arrojados del paraíso y echados sobre los elementos; el pecado del hombre les permitió que el hombre les fuera entregado para atormentarlo, aunque siempre bajo medida. Haciendo eco a San Agustín la historia humana se divide en los habitantes de dos ciudades, la del Cielo y la de la tierra, o mejor aún, es cada hombre una ciudad dividida, y su sociedad se divide a su vez conforme a esa dualidad. La ciudad de Dios está en los perseguidos por sus hermanos, los perseguidores están en la ciudad de la tierra, la que pretende el dominio a perpetuidad. No es una división que tuviera lugar estrictamente con la llegada del cristianismo, es cada oprimido por los felices el que habita la ciudad de Dios o es ciudad de Dios en el mismo sentido.
Con el cristianismo, la verdad de la condición humana sale a luz con toda su fuerza, se va modelando una sociedad humana poco a poco conforme al querer divino, al evangelio. Aun quedan todos los lastres del hombre viejo, el que quiere instalarse en tierra con sus divinidades, que ya no serán totems o seres míticos, sino él mismo, el servicio a la lógica del poder en la tierra, los elegidos de la fortuna (la societas felix) y naturalmente el servicio al emperador del infierno, la lógica infernal oculta que debe cambiar la estrategia e introducirse en las estructuras cristianas, intentando hacer triunfar en cada cristiano de base o jerarquía la triple concupiscencia: codicia, soberbia y hedonismo.
La lucha es denodada, la nueva verdad hace más reflexivos a los humanos, la gracia se extiende, muchos que en otra época se hubieran condenado ahora se salvan con las nuevas ayudas. La gente que parecía instalada en la ciudad terrestre se pasa a la ciudad de Dios y al contrario, muchos de la ciudad divina no son tales sino ocupantes secretos. Se ocupan en la sociedad civil y eclesiástica aquellas áreas que mejor ayudan al disfrute de las concupiscencias, que son los lugares donde se disfruta de honor, prebendas y dinero. Aquí afluyen muchos superdotados humanos, los integrantes de la felix societas siempre presentes en todas las épocas.
La cristiandad se construye desde los valores de Dios y el reconocimiento de la cosmovisión evangélica. Quedan sin embargo mucho sin reformar, y una mayoría vive de los méritos de una minoría, suficiente para que no se nuble la conciencia de la verdad de Dios. La humanidad cristiana progresa hacia una nueva misericordia nunca antes conocida.
Pero se preparan revoluciones, siempre resultado de una inconsecuencia en la respuesta humana hacia los nuevos dones divinos, principalmente su Autosacrificio, lo más grandioso nunca concebible por los hombres ni por los ángeles. La primera revolución es el cisma oriental, la ruptura entre hermanos y de la supremacía del vicario de Cristo, la segunda revolución es la luterana que rompe la estructura eclesial y marca una nueva era sin sacramentos, con la secularización para media Europa, combatirá desde entonces a la iglesia católica, de modo que es revolución permanente. El clima de secularismo marcará la primacía de los poderes civiles, y uno de ellos en Inglaterra se autoproclamará jefe civil y teológico a la vez, algo que nunca había ocurrido desde el lejano imperio romano. Su descendencia en America proclamará la nueva sociedad y un nuevo orden democrático, donde la primacía la tienen los consensos humanos y las mayorías, es decir, el hombre es la medida del régimen del mundo, aunque todavía se declara a Dios por encima de todas las cosas y garantía última de las libertades; poco después, la revolución francesa y sus secuelas revolucionarias en Europa y centro y sudamérica, hace triunfar el programa deista y de la centralidad del ser hombre, en su razón, declarando rota toda vinculación con el pasado, y declarado enemigo del hombre el cristianismo. La revolución rusa declara la guerra a la fe en Dios y a los cristianos, aunque también a todos los hombres religiosos. Rota la unidad de la fe, de la iglesia, sigue la de las naciones y unas se levantan contra otras, al tiempo que más tarde o más temprana se proclaman los estados como regímenes con exclusión del más mínimo reconocimiento de Dios, aunque unos toleran más o menos a los creyentes.
El mal prepara una nueva falacia para engañar a los hombres que resisten a la revolución, que es con los regímenes nacionalsocialistas, quieren hacer creer que ellos son la garantía de un nuevo orden basado en el cristianismo, aunque bastaba ver toda la parafernalia de la soberbia que exhibían para ver que no eran cristianos en absoluto, simplemente que pretendían servirse de los católicos para llevarlos al gran frente del nuevo paganismo, que se revelaba finalmente como enemigo de la humanidad, pero que había mostrado su capacidad de engaño de las sociedades, no ya bajo la exigencia del desorden revolucionario sino bajo la exigencia del orden. Ambos regímenes respondían a la ciudad del hombre dios y sirvieron para que los hombres se mataran a una escala nunca conocida, porque quieens viven en esa ciudad del hombre dios tienen que matarse entre sí, ya que entre ellas reina el principado de la muerte exterminadora que sigue lógicamente al pecado de la soberbia humana.
Tras las guerras mundiales, el balance que se extrae es el de la necesidad de una unidad mundial por supuesto en el marco de la nueva era agnóstico-atea, que rige la ciudad del dios hombre. Su pretensión es la de erradicar el mal en el mundo, pero como se trata de una obra desde lo infernal, se trata de una sugestión, una promesa falsa de feliz futuro, de entusiasmo por lo porvenir, siempre bajo la premisa de la exclusión de lo divino, bien en el plano legal o en el del materialismo de hecho.
Pero enfermedades, catástrofes, amenazas cósmicas, exterminios, hambrunas y la presencia perenne de la muerte, rompen una y otra vez la credibilidad de la gran promesa de futuro perfecto; además, igual que con el nazismo, la tecnología, el desarrollo cultural y material, sirven al programa antihumano; aherrojado Dios y la iglesia, es el momento de ajustar cuentas a los hombres, que era de lo que se trataba. Aquellos que creyeron en las falsas promesas se encuentran sin protección, quizá no ellos pero sí sus hijos y su descendencia probará la cólera de los acontecimientos, lo que es el mundo sin Dios, que quisieron proclamar desde la ciudad del dios hombre.
La era anticristiana comenzó, se desarrolló y avanza hasta su consumación; pero eso no significa que está cancelada la ciudad de Dios, que sigue en los corazones, incluso en estructuras visibles. Y la misericordia de Dios se sigue derramando, incluso más que en el pasado sobre los habitantes de la ciudad que vive la eternidad ya desde aquí. En último término ninguna catástrofe, ni siquiera la extinción en la práctica social de toda manifestación divina, podrá hacer otra cosa que hacer más acendrada la fe, bien que es cierto, que los que están en la ciudad de Dios pueden perder su puesto si dejan de vigilar y son asaltados por el enemigo cuya principal estrategia es la de la insensibilización, con muertos vivientes, que son aquellos que viven como si Dios no existiera, y peor aún que los antiguos paganos, son aquellos que han declarado nada al pasado cristiano, que han inaugurado la nueva era excristiana en los últimos países que resistieron las anteriores revoluciones anticristianas, los países católicos.

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