Por el hombre contra el hombre. Historia de un humanismo.

La edad media constituye el apogeo de la existencia cristiana, la sencilla cultura y sus gentes tienen gran devoción y el cristianismo configura todo, arte, literatura, arquitectura, régimen político y económico, vida y muerte.
El primer brote emancipador de la vivencia con Dios en todos los órdenes, comienza con un oscuro fraile, Guillermo de Ockham, que plantea por primera vez la separación entre fe y razón, la razón como un ente autónomo con una lógica propia. Es el siglo XIII. Y comienza  a despertarse el interés por lo humano autónomo, poco a poco, primero todavía como regido por lo religioso desembocando en la reforma protestante, que aparece como una lucha teológica, pero que encierra el germen de la consideración de la esfera autónoma del espíritu humano, con la libre interpretación y la subjetividad religiosa, así como con la primera rebeldía de éxito duradero y territorial contra la autoridad de la iglesia que constituirá un territorio propio sustraido a su gestión espiritual.
La reforma convivirá con el humanismo renacentista, triunfante en el propio suelo gobernado por la iglesia católica, en Italia. Los papas redescubren el arte clásico y ser culto implica volverse a las antiguedades romanas, las figuras básicas en este momento son tres: Erasmo, coloso literario y del pensamiento, Miguel Angel, coloso del arte, que hace humanas las figuras divinas, y Leonardo da Vinci, primer profeta de la tecnología humana y de su futuro imparable.
En la Inglaterra del anglicanismo se gesta el pensamiento liberal primero con Locke, de cuyas ideas saldrán los pensadores de la nueva sociedad, que rompe aguas ya definitivamente con la revolución americana, construyendo la primera sociedad programáticamente materialista, aunque todavía con coloración deista, un materialismo que sostiene aún un Dios ambiguo y que predica la ambiguedad de ideas y la tolerancia y relativismo. Los episodios desgraciados de la guerra de religion europea le sirven de justificación. Con la revolución francesa irrumpe el nuevo orden-desorden que exige la cabeza de los eclesiásticos y de los detentadores de la riqueza. Liberalismo impuesto con sangre. Napoleón impondrá con sangre la nueva cultura de la tolerancia. El sarcasmo infernal está servido y será el rector de los siglos siguientes, derribará tronos y señoríos, pero la iglesia se le resiste, y por su inmaterialidad no consigue eliminarla, aunque lo intenta.
Con la revolución rusa se producirá una nueva vuelta de tuerca, el régimen de la libertad para la esclavitud, con la supresión de capas de población como sistema y la instauración de un sistema de programa ateo. Luchará contra otro programa ateo con una filosofía distinta disfrazada de pervivencia de la antigua cultura, pero en realidad combinado de tecnología, encuadramiento y voluntad antidivina aplicada al exterminio. Los países liberales democráticos triunfarán también en esta lucha contra el nazismo, una lucha militar y de filosofía, pero en definitiva la filosofía que triunfa es ya la de la proclamación del hombre como ser supremo a cuyo servicio deberá estar todo: derechos humanos y libertad serán las máximas, e instauración de apariencia pacífica de los ideales de la revolución humanista francesa: libertad, igualdad, solidaridad.
El progresismo queda instaurado como hegemónico, con una sola excepción que es el país español, que permanece enquistado como una teocracia que ha expulsado a los triunfadores del mundo: soviéticos y demócratas liberales, como antes había expulsado a árabes y judíos. Un extraño país que ya antes había derrotado al primer poder mundial de la época que fuera el islam, enemigo de la cristiandad cuando ésta tenía su máximo apogeo medieval, y un país que fue la piedra de toque para la caída de Napoleón. Un país extrañamente útil, lo que le permitía sobrevivir, primero útil a los enemigos ingleses y europeos de Napoleon aunque hermanos morales suyos y luego útil sucesivamente al poder europeo de Hitler y a los enemigos políticos de Rusia aunque también hermanos filosóficos suyos.
Pero cae el sistema soviético en 1989 y se proclama el triunfo del liberalismo democrático, que a su vez se hunde económicamente en la segunda gran depresión a partir de 2008. Pero el liberalismo con su nuevo progresismo tiene prisa y debe construir la nueva sociedad prefigurada por los antecesores: llevar la igualdad y la libertad a su máximo según el elemental programa del sarcasmo infernal. De manera que la bandera de la libertad y la igualdad se conviertan en factotums de la esclavitud y la igualación en el desastre amoral, constituyendose en tiranías.
Y dado que este progreso es de orden infernal su destino es la hecatombe, con el ejercicio del exterminio, recurrente en la historia, pero ahora dentro de la tecnología y la corrección política, exterminio de los débiles e ineficientes. Se proclama el triunfo absoluto del ser humano en su libertad y las leyes deben ser exactamente las contrarias a las de la ley natural, estableciendo esto mediante leyes y mayorías democráticas, es decir, todo por lo legal. Y mediante la tiranía de la igualdad se derriba la sociedad, eliminando a sus miembros meritorios. Se pretende la satanización de unos seres humanos que la ejecutan destruyendo moral o físicamente a los demás seres humanos. Nada que no sea el yo debe prevalecer, y de esa manera se declaran enemgios del hombre todas las instituciones vinculares establecidas por encima de la voluntad humana, como la familia y desde luego la Iglesia, que ha sido siempre la máxima expresión de que hay una voluntad más allá de la humana.
El niño no puede volver a entrar en la madre, y la cultura y sociedad y pensamiento surgidos del liberalismo y progresismo, en todas sus escuelas, vertientes, modos políticos, no pueden ser eliminados por una vuelta simple a modos humanos de restauración, aunque intentonas puedan tener éxito. Es el mismo sistema el que debe quebrar evidentemente ante los propios hombres, con una conjunción de factores de destrucción fruto de los efectos colaterales de la acción humana antes triunfal, bien económica, militar o de respuesta demiurgica del clima. A esto se suma la acción del cosmos recién descubierto como un espacio perfectamente indiferente a nuestro destino para el que de hecho sólo somos un insignificante punto en el espacio que multitud de causas pueden borrar de un plumazo junto con todos sus habitantes. Esta es la única restauración posible, aunque quepan intentos de instalar cierta cordura en los humanos que la acepten. El terror geopolítico y el cósmico serán encauzadores y devolverán cierta sensatez, poniendo en crisis toda la megalomanía de los rectores del mundo, que se la harán pagar a los miles de millones de modestos habitantes.
Así que, humanos, intentad ser sensatos aquellos que podais, auqellos que sepais resistir, para reducir las dimensiones de los cataclismos y al menos para que éstos os encuentren preparados.

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