Monseñor Munilla acosado por los herederos del holocausto religioso en España

Tras el lamentable affaire de los clérigos locales, Monseñor Munilla, recién tomada posesión de la diócesis de Guipuzcoa, ha caido en la encerrona de una cadena de radio socialista, muy conocida por su golpismo social.
Pero él es ante todo un predicador del desierto y no debe amilanarse, no debe retirar una sola coma de ni una sola de sus frases, puesto que no hay ningún error en lo que ha dicho, que es ni más ni menos que la desgracia de la mortandad material es infinitesimal en gravedad comparada con la desgracia de la mortandad de las almas, que está teniendo lugar entre nosotros. Es más, la catástrofe de Haití es un signo compasivo, siendo terrible la vida que se llevaba allí y siendo el crimen lo único organizado. Y al final lo que cuenta es la vida eterna, y nosotros por la vida que llevamos en inmensa mayoría estamos abocados a una catástrofe postmortem.
Monseñor Munilla debe tener ante sí nada más que los criterios del predicador del desierto, y ninguna de sus palabras es errónea ni mucho menos sin compasión. Cuídense muy mucho sus compañeros en el oficio presbiteral o episcopal de inducir en él el menor desaliento, la menor instigación de cuidar ninguna imagen terrenal.
Y están los que han sacado la daga para apuñalarle. Son las mismísimas siglas que tienen en su haber el holocausto religioso en España de 1934-1938. Siete mil mártires de ningún modo equiparables a otras muertes, pues son el resultado de crímenes de lesa humanidad, lesa religión y lesa patria. Siete mil mártires del mayor holocausto de la iglesia en toda su historia. Siete mil mártires para nada iguales al resto de los muertos, porque fueron matados por completo placer con crueles torturas, con sádicas torturas resultado de la combinación entre la más zafia y extrema saña propia de un pueblo librado a su ferocidad, y la agenda infernal ideológica que lo conoce bien y lo utiliza a placer.
Y ahora, los que están orgullosos del pasado de lesa humanidad, lesa religión y lesa patria pretenden coger en falta a un heredero de los mártires de España; son aquellos que están conformes con las matanzas de los inocentes, esos mismos que vienen destruyendo con mucho mayor refinamiento el alma y el cuerpo de un pueblo que bien es cierto, tuvo una segunda oportunidad pero en sus dos terceras partes ha elegido con dureza de cerviz volver a lo de antes, llevados por sus crueles aduladores, que los adulan para mejor suprimir su conciencia y su eternidad.
Monseñor Munilla no debe pedir disculpas cuando sus palabras suscitan un escándalo farisaico, sino insistir en su mensaje: "temed no a lo que quita la vida (material) sino al Dios que puede mandar al fuego eterno".

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