Deriva de la Universidad de Deusto. Caso Jon Sobrino.

En 2006 apareció la notificación sobre las obras del teólogo jesuita Jon Sobrino, por la Congregación para la doctrina de la fe, presidida por el entonces cardenal Ratzinger, hoy Papa Benedicto. En síntesis, aunque con un oscuro lenguaje teológico, la Congregación exponía que la visión de Jesús que tiene el teólogo y por tanto quienes siguen sus doctrinas, que son muchos, resulta contraria a la enseñanza constante de la Iglesia, ya desde el concilio de Calcedonia.
Y en diciembre de 2009 la universidad de Deusto, dirigida por los jesuitas, va y nombra a Sobrino doctor honoris causa por su contribución a los derechos humanos y a los pobres, sumándose a la larga cadena de 20 universidades que han hecho lo mismo, pero en este caso, la diferencia es que es una universidad supuestamente de la iglesia. No supone un aval directo a sus enseñanzas, pero es obvio que los escritos constituyen "la" esencial contribución de Sobrino al mundo.
Si no en la forma sí en el fondo la contradicción entre la Santa Sede y la Universidad de Deusto es patente, más aún teniendo en cuenta el gran papel teológico desempeñado por la Universidad en las últimas décadas, posicionándose claramente por la teología de la liberación, con sus secuelas de violencia y su dinámica de poder contra poder.
Urge una clarificación, es obvio que la Universidad hace ya mucho tiempo que enseña otra cosa distinta a la fe verdadera y al Cristo real. Urge aclarar la posición de los jesuitas que controlan la orden fuera de la obediencia a la iglesia, que no han hecho la renovación necesaria tras la gran tragedia posconciliar, y que siguen curialmente en las mismas posiciones irredentas. Son ecos de la iglesia cismática que sigue apegada a sus métodos de enquistamiento interior, pero que hay poner a la luz, quitar a los lobos la piel con la que se camuflan desde hace mucho tiempo.
Se quiere además presentar el hecho de los asesinatos del sacerdote Ellacuría y otros jesuitas en El Salvador como un acontecimiento martirial que legitimaría las doctrinas liberacionistas; son muertes humanitariamente lamentables pero no constituyen testimonio martirial y mucho menos son un aval de prueba teológica, antes bien, Sobrino y Ellacuría y la iglesia cismática liberacionista sostienen un Jesús solo hombre, una conciencia gaseosa de Jesús, y un esquema compasivo y filantrópico hacia el ser humano y los pueblos entendidos como identidad gnóstica, que no excluye el que se justifique arrojarlos a dinámicas de agitación que conduce a guerras.

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