Dos sacerdotes, dos rumbos opuestos

Han muerto con una diferencia de 4 días, de edad similar, su época la misma, uno religioso, otro diocesano, distintas zonas de actividad. Y una diferencia abismal entre ambos. Uno perseguido toda su vida por sus compañeros de religión, impedido para hacer las tareas que el Cielo quería, pero servidor de Dios antes que de los hombres, al servicio de una misión que la inmensa mayoría de los sacerdotes y católicos activos repudiaban, por su místico contenido; enviado al extranjero a sus más de 70 años para impedirle su tarea o acosado por las calles españolas por su hábito. El otro en cambio, siempre en cargos distinguidos, de principio a fin de su sacerdocio, no que no hiciera cosas buenas, pero realizando el paso (común a tantos de su género) desde la compasión humana a alimentar la violencia con sus palabras, sin mancharse las manos, nunca castigado por ello y al contrario promovido, con sólo el obispo por encima suyo. Coaligado con los herederos de los que mataron a miles de sacerdotes. Perseguidor con los de su generación de la devoción de las gentes, destructor activo de la iglesia y de la fe, al tiempo que manteniendo el "label" de maestro y pastor. Ay de vosotros, si todos hablaran bien de vosotros.
Los sacerdotes que han abandonado sus tareas y los que se han dedicado a perseguir la fe desde dentro de las estructuras debieran conocer un poco más sobre el infierno especial para ellos: sus manos brillarán en la oscuridad infernal, de modo que los condenados con ellos conozcan su condición y éstos los maldigan eternamente acusándoles de su condenación: por tu culpa, por tu culpa, me he condenado.
Realmente muchos sacerdotes arrastran como con una gran soga a muchas almas tras ellos, almas que creen tener pastores de verdad, que los siguen y no son sino lobos con piel de cordero, para ir todos juntos a la perdición.
Y otros, como el primer sacerdote aludido, llevan las almas buenas tras sí.
¿Cómo llegan a la perdición y cómo se salvan de ella? Es simple, unos quieren hacer el bien por sí mismos y primero se quedan detenidos y luego se convierten en agentes del demonio, los otros, aceptan las luces del Cielo, los verdaderos profetas, y ascienden, unidos a los sufrimientos de la pasión del Señor, sin lo cual no hay salvación.

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