Enciclica y nuevo orden mundial

No es la primera vez que el Papa se refiere al "nuevo orden mundial", lo hizo ya en su primera navidad como Papa en 2005. Esta vez ha añadido la necesidad de una nueva autoridad mundial. Es llamativa esta apelación a una cuestión que formaba parte de las peores pesadillas del profetismo apocalíptico dentro de la iglesia (aunque obviada desde luego en los mensajes de la oficialidad eclesiástica), donde el gobierno mundial será el espacio natural del anticristo que le dice a Dios: "Tú no has conseguido unir a los hombres en torno a tí y yo sí"; será necesario hacer una caución específica para aquellos que han sentido estas palabras del Papa como una entrega más de la iglesia al orden milenarista. Y es que el conjunto de la encíclica última debe ser leído en positivo, el Papa ha usado palabras inteligibles a nuestros tiempos con un fondo obvio: necesariamente el nuevo orden habrá de serlo en torno a Dios en perfecta sintonía con su querer de bondad para sus hijos. El Papa sabe que todo eso tiene que llegar, la gran unificación, sólo advierte de que será buena si sigue unos buenos principios, desglosados a lo largo de la encíclica. Lo que no dice el Papa es lo que puede suponerse fácilmente, que si se construye una unión mundial fuera del Dios verdadero, esa unión no hará sino aumentar el sufrimiento de la humanidad hasta cotas nunca alcanzadas, en total paradoja con las promesas felices. Dejen por tanto de especular acerca de la entrega del Papa y la iglesia al programa del orden mundial en su versión perversa; el Papa conoce las profecías, la gente conoce las profecías, y que siendo Cristo el Principio y el Fin, no hay paz y bien para el hombre fuera de El.

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