Maritain y Pablo VI

Maritain y Pablo VI tuvieron una estrecha amistad y admiración mutua; el primero ejerció un gran influjo sobre la generación intelectual-católica en la que se formó el Papa, así como sobre la evolución de la iglesia.
Desde principios del siglo XX la iglesia se encontraba postergada de la centralidad intelectual profesional, viviendo en el espacio propio del tomismo. Padecían muchos de los eclesiásticos un enorme sentimiento de inferioridad hacia lo que entendían sin más como el "mundo moderno", que entendían siempre y necesariamente como el de los intelectuales. En ese clima florecen los especuladores de pensamiento de iglesia que quieren tender puentes. Uno y principal será Jacques Maritain, que ejemplificaba el mito del intelectual ateo que se había convertido.
Pero Maritain era un regalo envenenado, quería configurar teología desde las leyes de la sola razón. En su estela estaban otros como Mounier, Bergson y una pléyade de "laicos" sabios que tendrían que enseñar mucho a la iglesia.
Los intelectuales instalados en cátedra son expertos en abstracciones, en ellos florece como en lugar propio la "loca de la casa", es decir, el imaginario, como primado de las ideas sobre la realidad, a la que quieren imponer un ideal forjado en sus mentes. La prepotencia y exclusivismo de algunos círculos de poder intelectual los convierte para el eclesiástico medio en un clan aspiracional. Los eclesiásticos sufren una formación encerrada en categorías teóricas igualmente y en una prudencia de la carne (la carne mental) y aunque en su vida tengan dedicación sobre todo pastoral se crea en ellos un complejo de inferioridad porque el filosofismo ha conformado su vida de juventud en los seminarios y formación.
Pablo VI, antes Juan Bautista Montini, sería formado extrañamente fuera del seminario para ser sacerdote, y se encarga su propia madre de formarle en la cultura moderna; Montini es el fruto de un experimento: formar un sacerdote fuera de las aulas eclesiásticas para que sea verdaderamente un sacerdote moderno. Y se crea una persona con un calibre cultural por encima de los de su generación, al tiempo que desde la propia iglesia se le forma en toda la finura del hombre de palacio eclesial.
Está predestinado a presidir el cambio en la iglesia, va a ser el hombre del Vaticano II. Y en la estela de la autoadmisión de la iglesia entre los intelectuales modernos, se encuentra con uno de ellos que además es francés, cultura por la que el Papa había tenido una afición hasta el delirio (véase los diálogos de Jean Guitton). No es posible la modernidad en los años 30 sin Maritain. No será posible después sin él. Maritain, concebido como el hombre providencial en cuyos libros y persona se habría realizado la feliz síntesis de pensamiento moderno y teología.
No se trata de juzgar ni a Maritain ni a Pablo VI, que han quedado ya en el barbecho de la historia, sino a poner en su justo valor lo que se puede salvar de todo ello que entendemos es lo siguiente:
La Iglesia es trasunto de Dios, y Dios se acomoda a sus hijos, cualquier cosita de ellos el Buen Padre la atiende como si fuera el máximo de los negocios. Y esta cosita que tenían los hombres en aquella época era el reconocimiento de la centralidad del hombre en todos los campos; no podían encontrar a nadie más comprensivo que a Dios, cuyo centro, en cierto sentido, son sus hijos (no va a ser El menos que un padre humano, ¿verdad?). Todo el movimiento modernista en la iglesia puede considerarse desde el "otro lado" como una prueba para la paciencia divina con sus hijos, siempre dispuestos a sacar pecho y a salirse del tiesto. Pero dignidad humana desde la autonomía humana. Y Dios asistiendo a todo esto en silencio o mejor dicho, haciendo su propio concilio mediante las pequeñas fuentes desconocidas pero eficaces irrigadoras. Exteriormente, al menos los hombres no podrían decir que la iglesia no se inclinó a ellos, no se amoldó hasta lo indecible a ellos. Este es el valor que queda de todo aquello, de aquellos tiempos de cambio y reforma en la iglesia. La afirmación de Dios incluía la del hombre, pero éste en su torpeza necesitaba una afirmación explícita, y Dios le dejó hacer, o mejor sus representantes le dieron la legitimidad para ello y por eso no hay nada que juzgar -desde los hombres- en cuanto al Vaticano II y la tarea de Pablo VI.Quedaron como el gran gesto de modernización, de adaptación al mundo, por ese lado los hombres no tenían nada que objetar.
Personalmente creo que Montini estaba pensado para ser otro papa que el que fue, pero el papado pudo afortunadamente con todos los planes sobre él y no puede alegarse que no cumplió su función papal ni menos aún que fuera el traidor de Dios que algunos dicen. Pero eso sí, hubo dos Pablo VI, que luchaban en él, uno el de los planes previos sobre él, otro el que se ajustaba a Dios.
En cuanto a Maritain fue en cierto modo el Erasmo de nuestra época, otro ser dual, lleno de buenas intenciones, pero sin un verdadero magisterio divino desde él; fue el que influyó en uno de los dos Pablo VI que hemos conocido. Ahora bien, gracias a él y al Papa (cuya historia familiar está en la misma génesis de la democracia de posguerra en Italia y el resto de países),la historia no puede decir que la iglesia no quiso entender ni aceptar la democracia, el sistema moderno; fue como cuando Yavé dijo a Samuel que aceptase a su pesar el cambio desde el sistema teologal de los jueces al sistema monárquico. Un gesto de la comprensión divina, pero también un acto de voluntad autónoma del cual el hombre tendría que responder y cuán duramente. Más allá de esto, creo que Maritain fue más que nada una mezcla inestable entre el filósofo atento a generar ideas nuevas y el agitador cultural, un escritor que se mueve bien en todos los foros y que sabe convertirse en portavoz de su tiempo; era una buena reproducción del típico intelectual comprometido francés, inapelablemente marcado por la devoción francesa hacia las revoluciones, enfocadas solo desde los máximos abstractos. Un icono que sirvió a la iglesia humana, incluso sinceramente, para coartada de su ingreso en la modernidad, y su declaración de renuncia por siempre jamás a la condena del mundo, siguiendo el dicho del Señor: "No he venido para condenar al mundo". Pablo VI en el inicio de la crisis posconciliar,en plena sensación de vacío y desconcierto -tal como el mismo Papa lo explicaba- tras los fastos celebratorios, inmediata al mismo fin del concilio, ha de proclamar asustado un año de la fe (tenía a la vista ya el huracán, con el terrible catecismo holandés)que concluiría con el llamado credo del pueblo de Dios, impecable y estructurado conforme a un esquema técnico tomado de Maritain, con nada que objetar a posteriori excepto que aun cuando no reflejaba nada nuevo,lo antiguo de la fe lo expresaba con palabras modernas, en lenguaje indigesto para no preparados;Para remate se le nombraría máximo representante del hombre moderno intelectual y se le haría entrega con todos los honores de un ejemplar de lujo de la Gaudium et spes urbi et orbi.

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