Las tres etapas del anticristo


Se sucederían en intervalos de aproximadamente 600 años. Allá donde la historia material no podría ver conexiones, sí la espiritual al ver que les caracteriza un mismo objetivo contra el reinado de Cristo. La primera etapa se inicia con Mahoma, siglo VII, que barre el cristianismo de buena parte de su espacio histórico, por ejemplo, el norte de Africa y lo hace objeto de acoso durante siglos. La segunda etapa se inicia por la acción de los intelectuales de la iglesia, como Ockham, seis siglos después, en torno al siglo XIII, que rompen la necesaria vinculación entre humanidad y divinidad, entre razón y fe, disociándolas como esferas diferentes y dando inicio en ese período a la persecución de la iglesia desde su mismo interior con las reformas protestantes. La tercera era se acumula sobre las anteriores y puede calificarse como el tiempo de la autodivinización del hombre, desde la revolución francesa que entroncará con el poderío tecnológico que se dispara desde el siglo XIX. Técnica e ideología del progreso construirán ya de forma ineluctable la civilización donde se va suprimiendo toda ley natural sustituyéndola por la ley de la voluntad humana hasta llegar al inicio de la actual construcción de una nueva raza humana. Llevamos dos siglos de la tercera era, es decir quedan siglos para su consumación, que es la que preparará a la humanidad para la apoteosis de la soberbia generalista de la especie necesariamente conectada a la esclavización de sus individuos concretos. El avance satánico cada vez más patente se hará evidente de un modo inigualado para los humanos que aterrorizados serán espoleados al arrepentimiento, no sin antes conocer catástrofes combinadas entre la acción humana y la de la naturaleza.
No es ésta llamada al fatalismo, sino a trabajar porque las desgracias no sean tan graves y la cosecha de almas por el infierno disminuya. El camino de la iglesia, de los cristianos ha de ser el de su Señor, es decir, el martirio en sus múltiples modalidades, y el cristiano no debe caer en una compasión indebida ante cuantos caigan en la desgracia no proveniente del martirio sino del pecado, como no debe caer en ella con respecto a los condenados finales, y no debe angustiarse por los resultados de la acción de la justicia, sino en todo momento seguir alabando a Dios, simultáneamente fuerte invencible ante los soberbios y padre condescendiente hasta lo inimaginable con los que le conocen queriendo ser divinos de verdad, es decir, participantes del ser de Dios, y no ladrones de una esencia que es imposible arrebatar.

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