Reforma de la liturgia reformada

El blog http://la-buhardilla-de-jeronimo.blogspot.com/ ha traducido una conferencia de monseñor Nicola Bux sobre las razones del motu propio del actual Papa acerca de la renovación litúrgica. Argumentos preclaros, impecables de lógica y razón espiritual, que debemos conocer y que desbaratan las comunes acusaciones de tridentinos, desfasados, coladores de mosquito, que se dirigen contra los que quieren el saneamiento litúrgico en la oración de la iglesia.

"Son numerosos los escritos sobre liturgia de Joseph Ratzinger que (en la) “Introducción al espíritu de la liturgia”, reconduce la reflexión sobre el espíritu de la liturgia cristiana a la cuestión de si ella es esencialmente adoración de Dios. Resolviendo este interrogante se entenderá el espíritu de la liturgia al cual el libro quiere introducir, comenzando por entender “qué es realmente la adoración”. El Cardenal la define como la entrega de todo a Dios, de la historia y del cosmos, a partir de nosotros mismos: ésta es la esencia del culto y del sacrificio.

Es liturgia cósmica porque integra la creación en la redención. La concepción cósmica y alegórica de los comentadores y de los padres, desde Teodoro de Mopsuestia a Máximo el Confesor, ha caracterizado la liturgia de los orientales en particular, pero también la ambrosiana y la romana. Al menos ha sido así hasta el Vaticano II, cuando una instrucción propuso que el altar estuviera puesto de modo que se celebre la segunda parte de la Misa – en sustancia, la anáfora- “vueltos hacia el pueblo” y no más hacia Oriente, como hasta entonces hacían todas las liturgias y aún hoy continúan haciendo los orientales. Precisamente porque la liturgia habla a través de los símbolos, Ratzinger no deja de señalar que en su base está la concepción cósmica y de desear la recuperación de la “tradición apostólica de la orientación hacia el Oriente de los edificios cristianos y de la misma praxis litúrgica, al menos donde esto sea posible”, se puede pensar por lo menos en los nuevos edificios de culto. La imagen bíblica y patrística del cielo sobre la tierra, desciende con la Eucaristía sobre el altar: es admirable la reflexión de Ratzinger sobre la relación de ésta con el altar, “el lugar del cielo abierto”. ¿No ha dicho el Concilio, en línea con la Tradición, que el altar es Cristo?

Para los orientales, el altar es Su cuerpo y, a la vez, Su sepulcro. Por esta razón, siempre está revestido de manteles, en la liturgia romana también, con un frontal, en la bizantina con un velo, casi una túnica, sobre los cuatro lados. El altar no es principalmente una mesa sino una alta res, (es decir) un lugar alto para el sacrificio del Cordero: se convierte en mesa sólo después de haber sido cuna, cruz y sepulcro. El Cordero inmolado y resucitado prepara la mesa de su carne.

Tabernáculo y altar: (se ha generado) un conflicto falso. Basándose en la ‘teoría del primer milenio’, según la cual todo aquello que la Iglesia ha realizado en ese período debe ser re-propuesto tal cual era, algunos liturgistas dicen que la Eucaristía debe ser comida y no contemplada. Y aquí el Cardenal observa: “La Eucaristía no es, en absoluto, un ‘pan corriente’… ‘Comerla’ es un proceso espiritual que abarca toda la realidad humana. ‘Comerla’ significa adorarla. Significa dejar que entre en mí de modo que mi yo sea transformado y se abra al gran nosotros, de manera que lleguemos a ser “uno solo” con Él (Gal. 3, 17). De esta forma, la adoración no se opone a la comunión, ni se sitúa paralelamente a ella: la comunión alcanza su profundidad sólo si es sostenida y comprendida por la adoración”.

En realidad, en el primer milenio San Agustín dice que no se puede comer la Eucaristía sin antes haberla adorado. Esto debe llevar a revisar extrañas teorías acerca del conflicto de signos entre el tabernáculo y el altar de la celebración eucarística: relación que la teología medieval había profundizado bien. La Eucaristía es presencia escatológica – en el tabernáculo, “el Señor me pone en camino hacia su segunda venida” – y no cronológica, es decir, no circunscrita a la Misa; en todo caso nosotros en la Misa “actualizamos”, o bien nos hacemos presentes a nosotros mismos ante el misterio de Su presencia permanente. ¿Sería presencia divina la que ocurre como respuesta a la evocación humana? ¿O más bien magia idolátrica? El sentido del término actualización es comprensible sólo en la relación entre la memoria de la muerte del Señor y la espera de su venida, porque él viene en la Iglesia que aclama elevando el cáliz: Bendito el que viene… Es el sentido dinámico y permanente de la Encarnación del Verbo.

Arte cristiano sin la Encarnación: a propósito de esto medita en el capítulo dedicado a la cuestión de las imágenes donde llama la atención sobre la función central de la Encarnación. El “descenso de Dios” ha sucedido y sucede “para atraernos en un proceso de ascensión”. “Sólo se entenderá bien la Encarnación si se percibe en esa tensión más amplia que existe entre la creación, la historia y el nuevo mundo”. ¿Qué decir de un cierto espiritualismo, hoy en en boga, que mortifica los sentidos, que reprueba al apóstol Tomás que quería creer viendo? Jesús por eso se ha hecho ver – como a los otros apóstoles – (por otro lado, ¿por qué el Verbo se habría hecho hombre?). ¡No es que con la Resurrección Dios haya cambiado de método! Como ha dicho León Magno, lo que era visible del Señor ha pasado a los sacramentos. Tomás fue reprendido por no haber creído a los inicios de la traditio apostolica, no ha creído en lo que ellos habían visto: los otros apóstoles habían visto, tocado y comido con el Señor ocho días antes y lo habían relatado a Tomás que estaba ausente. Por eso, felices los que, sin haber visto, creen… o creerán. ¿En qué? En aquello que los otros han visto antes que ellos y han transmitido. Pablo, precisamente sobre la Eucaristía, dice en 1Cor. 11,23: “yo recibí del Señor lo que os he transmitido”. Esta es la tradición apostolica de la cual la liturgia es parte integrante (los primitivos documentos litúrgicos llevan, a menudo, este título). Luego, la liturgia misma no tendría sentido sin los sentidos. Por eso Ratzinger recuerda que “los sentidos no deben ser eliminados, sino ampliados hasta su máxima posibilidad” y que para los padres orientales “Dios es radicalmente trascendente en su esencia, pero en su existencia ha querido y ha podido presentarse como viviente. Dios es el totalmente Otro, pero es lo suficientemente poderoso como para poder manifestare. Y ha hecho a su criatura de modo que sea capaz de verlo y amarlo”. Admitámoslo: las nuevas iglesias tal vez serán funcionales pero no son capaces de transmitir la Belleza de Dios, por eso, raramente son bellas. Entonces, es necesario pedir “el don de una nueva visión”.

“Por eso, todos deberíamos estar preocupados de conseguir nuevamente esa fe capaz de contemplar. Allí donde esto ocurre, el arte encuentra también su justa expresión”. Un ejemplo: en el tiempo pascual se insiste mucho sobre el simbolismo del cirio y la idea de la luz, pero no basta; el arte ha desarrollado maravillosas representaciones del Resucitado. Han sido suprimidas. Se olvida, sobre todo hoy, que el hombre tiene necesidad de una imagen delante de él, no de una idea.

Gnosis de la música litúrgica: recordando el encuentro de la Iglesia de los orígenes con el mundo griego, el cardenal señala el riesgo de que poesía y música hicieran que el acontecimiento cristiano se disolviera en una especia de mística general, como pasó en los primeros siglos, convirtiéndose en “la puerta de entrada de la gnosis”. Así, el Concilio de Laodicea con el canon 59 prohibía el uso de composiciones privadas y no canónicas. El culto cristiano es lógico: es decir, está ligado al Logos. Sólo el espíritu que reconoce a Jesús como el Señor venido en la carne –dicen Pablo y Juan – es espíritu verdadero, de lo contrario es espíritu erróneo. No pocos músicos y compositores se preguntan si los himnos y las melodías que entran en nuestras iglesias tienen presente este criterio. ¿No estamos en presencia de una decadencia romántica y subjetiva indiferenciada?

¿Qué es la participación activa? Han corrido ríos de tinta. Cuando algunos liturgistas quieren defender una de sus ideas o gustos, dicen: la gente debe participar. Se trata de un neoclericalismo que ha contagiado a los laicos de las sacristías. La participación se ha convertido en una “vexata quaestio”. Sin embargo, en la liturgia romana existe el concepto del facti participes, es decir, ser hechos partícipes de una acción que no es nuestra, incluso si se realiza en un discurso humano, porque Él se ha hecho Palabra y Carne: “La verdadera acción de la liturgia, en la que todos nosotros hemos de tener parte, - dice luego Ratzinger - es la acción de Dios mismo. Ésta es la novedad y la singularidad de la liturgia cristiana: Dios mismo es el que actúa y el que hace lo esencial”. Sin la conciencia de ser hechos partícipes, las “actitudes” a asumir en la liturgia son puramente inútiles. He aquí uno de los motivos por los cuales la principal actitud de adoración, compartida por católicos y ortodoxos pero también por judíos y musulmanes, la proskynesis, la postración o el arrodillarse, ha sido casi proscripta. Es extraño que tantos liturgistas, tan atentos al reivindicar el primado de las Escrituras, hayan descuidado “la importancia central que este gesto tiene en la Biblia y que puede deducirse, concretamente, de un hecho: sólo en el Nuevo Testamento, la palabra proskynein aparece cincuenta y nueve veces, veinticuatro de ellas en el Apocalipsis, el libro de la liturgia celeste, que se le presenta a la Iglesia como el punto de referencia de su liturgia”.

Si la liturgia cristiana no es, ante todo, el culto público e integral, la adoración de Dios, el Apocalipsis no puede ser el typikon, el libro normativo, como dicen los bizantinos. De lo contrario, ¿de dónde deberían sacar su fuerza vinculante las editiones typicae de los distintos libros litúrgicos? Es un derecho divino, y no preceptos humanos, aquello que la liturgia afirma y pide observar: “La liturgia cristiana es, precisamente por esto, liturgia cósmica, por el hecho de que dobla sus rodillas delante del Señor crucificado y ensalzado. Y éste es el centro de la verdadera cultura, de la cultura de la verdad. El gesto humilde con el que caemos a los pies del Señor, nos inserta en el verdadero camino de la vida, en armonía con todo el cosmos”. Hemos elegido este gesto entre todos, quizás el más importante y también ecuménico e… interreligioso.

“Cuando se aplaude por la obra humana dentro de la liturgia, nos encontramos ante un signo claro de que se ha perdido totalmente la esencia de la liturgia, y ha sido sustituida por una especie de entretenimiento de inspiración religiosa”. Quién sabe qué habrán pensado los lectores… ¿Algún obispo tendría la valentía de ir contra la tendencia en la educación de los fieles? Otra cosa es la fiesta mundana que puede venir después de una liturgia de bautismo y comunión, matrimonio y ordenación: el cardenal considera esta costumbre “típicamente católica”, con tal que prevalezca la sobriedad. Pero la fiesta más espontánea surgida de la liturgia es la piedad popular. Algunos podrían considerar extraño que en el ámbito de la liturgia, que etimológicamente significa “acción del pueblo”, no se haya logrado y no se logre, con todas las adaptaciones, contener e interpretar el genius loci, a pesar de tanto hablar y hacer inculturación. No hay de qué asombrarse: es casi un ping pong entre el clero, que de todos modos pilota la liturgia, y el pueblo, que expresa, no sin equívocos, la piedad. Observa Ratzinger: “Hay que reconocer que la piedad popular tiene una importancia particular como puente entre la fe y las diversas culturas. Se debe por sí misma, y de forma inmediata, a cada cultura. La piedad popular ensancha el mundo de la fe y le da su vitalidad en sus respectivos contextos vitales. Es menos universal que la liturgia, que une los grandes espacios en la unidad de la fe y abarca las distintas culturas”. Liturgia y piedad popular son los dos pulmones de la fe y de la vida del pueblo cristiano. No obstante aquello que piensan ciertos teólogos e intelectuales, la piedad popular es, desde siempre, el lenguaje del pueblo de Dios, y la liturgia debe siempre saber inculturarse, como se dice hoy.

La piedad popular es una parte fundamental y visible de la inculturación de la fe. Sin embargo, es despreciada por no pocos liturgistas y pastoralistas, los mismos que son paladines de la inculturación pero de las culturas exóticas, a menudo no cristianas, con todas las dificultades que esto implica. Entonces, en el surco de la bimilenaria tradición de la Iglesia, el libro escrito por Joseph Ratzinger vuelve a proponer, sobre los pasos de Romano Guardini y de otros grandes liturgistas del siglo XX, el espíritu de la liturgia cristiana (que no debe confundirse con otras liturgias profanas) como introducción al Espíritu Santo: nuestra alma se adhiere al Cuerpo de Cristo – se reviste de Cristo –. Aún antes de la resurrección, nuestra alma “entra en el Cuerpo de Cristo que se convierte, por decirlo así, en nuestro cuerpo, al igual que nosotros debemos convertirnos en Su Cuerpo”. Con la Eucaristía, que es la única Divina Liturgia, “futurae gloriae nobis pignus datur”.

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