Sacerdotes del País Vasco: Balance de 200 años


 El clero en el país vasco está en la agonía, ha estado siempre envuelto de un modo u otro en los hechos ocurridos en los últimos 200 años, lo que nos permite hacer ya un balance, no tanto sobre lo pasado, que ya no tiene enmienda, sino sobre cómo debieran ser en adelante los nuevos sacerdotes y laicos, renovados e inmunizados contra las grandes tentaciones de los últimos tiempos que han "arrojado del cielo un tercio de sus estrellas" (Ap.).



Padre Pío Gurruchaga, fundador de las auxiliares de Cristo sacerdote.

Sacerdotes vascos presos en Carmona
Profetizaba el abad de Calahorra, Justo Barbagero, lo siguiente ya en 1860, en su escrito de oposición a la creación de la diócesis de Vitoria: «Teniendo los vascongados obispo de su habla, cabildo y párrocos de su habla, pastorales, sermones, libros en su habla, se aferrarán más y más a ella, trataran de extenderla por los límites de las tres provincias, ganando el terreno perdido, y haciendo de ella una lengua nacional (... ) y si a esto se agrega la mayor afición que cobrarán a sus costumbres, tradiciones y fueros, que en cierto modo se autorizan y sancionan se habrá contribuido a formar en España una nacionalidad distinta, y una base de separación política para los que más adelante quisieran invocar el principio de las nacionalidades».

Ha habido en muchos puntos una gran similitud con la evolución del pueblo judío, tal como lo encontramos en tiempos de Jesús; al fin y al cabo el Evangelio es historia y profecía, y en él se encuentra prefigurados todos los hechos de la iglesia generales y particulares. En el país vasco como entre los judíos, se produjo la abominación de la desolación, corrupción insondable, una mezcla de motivos religiosos, políticos y culturales, donde lo religioso se ha convertido en una coartada de liberación humana que llevará al desmantelamiento de buena parte de las estructuras de la fe.
Bienentendido que no cabe un juicio global sobre el clero vasco sino partiendo de las categorías de conocimento bíblico, que debe distinguir tres órdenes: los corderos, los cabritos y los corderos arrastrados por éstos. La historia, igual que la prensa, se construye siempre a partir de lo anómalo, de modo que el bien que es común en la vida corriente es ignorado precisamente por su carácter "corriente", y pasa a tener protagonismo sólo en cuanto tenga capacidad de sorprender y producir shock. Es por eso que lo escrito en prensa, libros y algún audiovisual tiene como protagonista al mal preferencialmente. Por eso se corre el peligro de hacer ley lo que es anómalo, y en nuestro caso de considerar como propio de todo el clero vasco lo que no han sido sino obras de sus "cabritos" o de los corderos arrastrados finalmente asimilados a aquellos.
Las generaciones de clero vasco han sido muy meritorias, han sido el rostro de Cristo y la iglesia, han sido el rostro de la compasión en su mayoría, han estado presentes derramando los sacramentos por doquier. Ahí están los ejemplos de los padres Pío Gurruchaga o de don Mariano José de Ibargüengoitia, cofundador de las siervas de Jesús. Los buenos no han dejado otro rastro que en los corazones y en memorias afectivas, sin que se haya escrito apenas sobre esto; pero las convulsiones producidas por los otros han desvirtuado por completo aquel trigo que había en el campo. Ahora se ha llegado a la cosecha, la cizaña ha quedado a la vista, el trigo ha ido siendo cortado, han muerto la mayoría de los que representaban el trigo y la cizaña. Se trata de conseguir que una nueva iglesia emerja de la vieja iglesia en ruinas. Por eso conviene iluminar los distintos hechos que han conducido a esas ruinas, y sobre todo cómo buen clero ha sido engañado por los eminentes que tomaron ascendiente apoyados en su verbo y tozudez.

Las etapas que condujeron progresivamente al desastre se siguen fácilmente: primero la unión entre fe más lírica popular, adscripción de las características de la fe al idioma, a la propia cultura, a la propia raza; sentimiento de superioridad, purismo (ya a mitad de milenio el purismo racial era el orgullo vasco, signo de hidalguía) y la sensación de un cristianismo de sangre (como el sentimiento de ser hijos de abraham de los judíos, burla de la gracia gratis dada). Larramendi, sacerdote, cantaría al idioma vasco como idioma celestial, o Moguel en su novela vasca Peru Abarka, cantaría la sabiduría suprema del casero, que habría aprendido en la universidad de basarte (el campo selvático) toda la ciencia humana y religiosa que precisaba, frente a la barbarie e ignorancia de los urbanos. El clero será baluarte contra la penetración de las ideas liberales que se consolidarán en las grandes poblaciones, que abundan en burgueses e ilustrados modernistas. El romanticismo imperante en el siglo XIX ayudará muy poco a la situación, más bien estimulándola, desquiciándola; clérigos vascos se sumarán a las guerras carlistas, algunos incluso con las armas (partidas del cura Santa Cruz), otros lo harán desde el púlpito, aunque no sabemos en qué proporción y la intención buena en apariencia: proteger la fe y las sanas costumbres contra la perdición del nuevo paganismo revolucionario; muchos sacerdotes sabrán mantenerse en la postura de Jesús, nada de zelotismo, nada de espada material, sólo espiritual y conversión de los corazones sólo accesible desde la santidad.

El clero vasco y la tentación guerrillera desde los inicios del siglo XIX
Francisco Rodrriguez Coro: La Iglesia vasca en el siglo XIX: http://www.euskomedia.org/PDFAnlt/congresos/09/09193216.pdf

Fue primero contra los franceses, luego contra los liberales, siempre desde el afán patriótico y ortodoxo y finalmente contra el estado español, la dirigencia clerical arrastró a los jóvenes del país, incluidos seminaristas y curas jóvenes. Cuando los jóvenes se alistaron en Eta tenían una larga historia detrás.
Los eclesiásticos vascos no desaprovecharon ocasión alguna por demostrar su antipatía al gobierno francés y a sus representantes. Muchos sacerdotes cedieron a la tentación de coger las armas, o incorporándose al ejército patriótico en calidad de soldados o uniéndose a la guerrilla. Tanto más que su obispo monseñor Aguiriano desde lejos les animaba a ser intransigentes con los franceses o la misma actitud contagiosa del cercano obispo de Santander, Rafael Tomás Menéndez de Luarca, que dirigía él mismo la sublevación de toda su zona.
Así pues, unos clérigos vascos entraron en contacto con el guerrillero el Cuevillas, otros se alistaron en las partidas del cura Izarra y Ochoa, en Orduña y Amurrio, otros, en fin, compartieron las actividades guerrilleras del sacerdote Blas de Loya y Frías. Tal situación propició y acrecentó también un ambiente de auténtica cruzada religiosa. Loya y Frías, antes de ser sacerdote, había militado en el ejército español, habiendo alcanzado el grado de teniente coronel. Estallada la guerra contra los franceses, sintió de nuevo el gusanillo de las armas y se lanzó a ella, arrastrando tras de si a clérigos y seminaristas. De sus bélicas actitudes tuvo siempre bien informado a su obispo Aguiriano al que escribía en cierta ocasión:
«Soy un patriota y estoy dispuesto a morir a balazos antes que ser del partido francés.
El  asendereado párroco de Azpeitia, Jáuregi, gran impulsor de levantamientos, vagaría por San Juan de Luz, Zarauz, Mendaro y Azpeitia, forjando, con ilusión y cazurrería nuevos levantamientos contra el liberalismo centralista. Y como el, otro centenar de curas guipuzcoanos vibraban en la guerrilla por Carlos
El cura de Bedoña por ejemplo, Pedro Angel Segura, animaba a los padres de los valles de Léniz a entregar a sus hijos a las partidas, con el pretexto de tener que hacerlo más pronto o más tarde a la fuerza. El de Aorzamaza, Joaquín Municha estimulaba a sus propios familiares a adelantar los trabajos del campo a fin de estar libres cuanto antes y poder tomar las armas en defensa de la religión. El párroco de Arechavaleta se ausentaba de la localidad toda vez que en la población se asentaban las tropas del gobierno, como su coadjutor más intrépido el cura Echaguibel, que repartía y cuidaba él mismo las armas de las partidas.
Si jefes carlistas y clérigos vascos se encontraban a diario en los baños de Ezcoriaza durante horas enteras «comiendo y bebiendo -dice un informe de un ayuntamiento liberal- por el triunfo de la religión, al amparo del idealizado cura Santa Cruz, símbolo del carisma absolutista y guerrero vasco, robustos jóvenes de Guipúzcoa con ligeros veinte años en sus ideales, se escapaban de sus villas para seguirle" (Fin de la cita).
Las guerras carlistas fueron una operación de autodefensa de las formas de vida anteriores a las leyes revolucionarias, traídas por los carbonarios españoles y aplicadas de preferencia contra la iglesia percibida como un clan. Un totum revolutum en el que mezclaban a buenos y malos. Ocurriría luego en la guerra civil, donde se eliminarían preferencialmente a los clérigos más implicados con los pobres y al clero pobre en sí mismo, como los religiosos conventuales.

Como se sabe las guerras carlistas fracasarán, tal y como se lo predijo nada menos que San Juan Bosco al aspirante a rey que fue a visitarlo, y que salió muy enojado de la visita. Pero tras las guerras cierta cordura volvió al país, y hacia 1880 ya comenzaron a volver las órdenes religiosas expulsadas y a refundarse conventos (de donde 50 años más tarde habrían de salir algunos religiosos vascos para su exterminio).

Para muchos el fracaso producirá un sentimiento de angustia todavía mayor ¿cómo nos defenderemos en adelante sin ejército? Y además los carlistas se dividirían en facciones; entonces en el país vasco surge una nueva fórmula: el movimiento nacionalitario, una reproducción del querer vasco pero en forma de reivindicación y de acción en las nuevas condiciones de ensayo democrático de la restauración; sus formulaciones eran crasas a más no poder, expresando una superioridad racial, unida a una superioridad religiosa, y a un profetismo falso de redención no de almas, sino de una cultura, es decir, lo peor del fariseísmo traído al país vasco; se restringe el ámbito territorial de la lucha pero para hacerlo más efectivo.

Dado que todo se presenta como una gran defensa de la fe y la cultura social, los sacerdotes, que al fin y al cabo son extraídos de las zonas rurales en su mayoría, fácilmente se convierten en agentes dobles: de la fe y del sentimiento nacionalitario, el amor a la patria, virtud cristiana, será la palanca para ejecutar el cambiazo, el desliz desde la fe hacia la solución política farisea.

Hacia 1900, el tipo de cura vasco está conformado, con una genética propia de la tierra, muy buena a buenas, pero explosiva a malas: será fieramente racial o no será; al muro que se le opone opondrá a su vez el rostro de pedernal y la hermandad restringida a los del propio país que piensen y sientan igual, aunque el espíritu de compasión sacerdotal provocará felices incoherencias en las vidas concretas. El elogio que se hará de un cura vasco muerto en un viaje a la Argentina ya en esa época, será el de que “ha sido un gran patriota”. 70 años más tarde se dará este epitafio institucional para quien fue el principal impulsor del vascuence unificado: "Aita (Padre franciscano) Luis Villasante Kortabitarte ha ofrecido toda su vida al euskera, a la cultura vasca y al conocimiento".

En un lenguaje sociológico, Guy Hermet expone algunas claves humanas del clero vasco, que explican su unidad interna, insensible a toda reforma:
"El clero vasco es bastante equilibrado y homogéneo en cuanto a su estratificación, que refleja la cohesión de la sociedad de la cual ha salido. Región de pequeños propietarios con un ideal igualitario, pero bastante pronto industrializada y relativamente rica, el País Vasco no conoce más que de manera atenuada las barreras sociales, culturales, ideológicas y económicas que separan el resto de España. El anticlericalismo está poco extendido, mientras que ha desgarrado a otras provincias durante siglo y medio. De hecho el País Vasco ha permanecido fiel a una forma de catolicismo a la vez tradicional y popular, pero de ningún modo obscurantista, que favorecía el desarrollo de las vocaciones religiosas en todas las capas de la sociedad. Dotado de un tipo de clero representativo de la población de la que era responsable, la Iglesia vasca pudo evitar convertirse durante el siglo XIX, como ocurrió en el resto de España, en una Iglesia clasista, burguesa por sus dirigentes y campesina por su personal inferior y sus fieles. Adoptando y difundiendo las aspiraciones de la mayor parte de sus fieles, los sacerdotes y religiosos vascos fueron durante mucho tiempo integristas y carlistas, mientras que la mayoría de sus colegas de las demás provincias buscaron más bien una fórmula de acomodamiento al Estado liberal y de acercamiento a una Iglesia "modernizada".
Paradójicamente, aquella firmeza en defender el espacio de la iglesia ante su pueblo, que le había hecho líder indiscutible para ese pueblo, sería sacado de quicio, creando en el país vasco una especie de "reducción jesuítica", una utopía de reinado social católico, que andando el tiempo llevaría a acentuar lo social eliminando lo católico, siguiendo la propia evolución de los jesuitas, como líderes intelectuales y sociales que eran de la sociedad vasca.

Cuando se piensa que Eta nació en un seminario o que los curas vascos en su modelo conocido son fruto de los años 50 en adelante, no se tiene en cuenta que ellos ya son nietos y bisnietos generacionales. Debemos pensar que ya Unanumo tenía sus polémicas en torno a temas que son los mismos que surgirían en los años 70 y 80 del siglo pasado. Antes de los años 30 en los seminarios se va implantando las materias de cultura propia vasca, serán profesores curas como Azkue y Barandiarán, siendo éste el gran prehistoriador vasco. Así se va bebiendo en las fuentes quiméricas de la arcadia vasca, precristiana, lo que no sería intención inmediata de aquellos sacerdotes, pero en conciencias poco maduras conduciría al sueño de la ucronía, a la vuelta al paganismo feliz.
La figura del obispo Múgica, de Vitoria, representa la transición entre el modelo del carlismo y el del nacionalitarismo; hijo de aquella época, mantendrá en secreto su propia identidad, y mostrará solo el lado "paternal", será condescendiente con los curas de su diócesis que han iniciado el viaje de no retorno, hay un parentesco emocional y de ideas, que si bien no llega a la asimilación por parte del obispo, sí le hace permisivo y en el fondo colaborador. La república tomará medidas contra él y lo expulsará, luego Franco lo mantendrá en el exilio; los primeros lo acusan de propaganda monárquica y los segundos de apoyo a los separatistas. Múgica se defenderá ante ambas acusaciones, negándolas por igual; naturalmente es imposible que no hubiera algo, una estrategia mejor hubiera sido reconocer algo, sin embargo optó por declararse inocente absoluto. En cualquier caso hizo bien en defender como padre a sus hijos sacerdotes. En su haber sin embargo hay una página poco conocida que es la de la lucha sin cuartel contra las expresiones de mística y religiosidad popular surgidas en un lugar de su diócesis, Ezkioga, todo el peso del ultramontanismo, del clero a sangre y fuego, se abatió sobre pobres gentes campesinas, acusadas de servir de propaganda proespañola, pero cuyo único delito era el de constituir movimiento religioso carismático; todo el aparato diocesano de la época estaba ya en manos del clero vasco racial -hablamos de 1931- y el episodio revela mejor que todas las acusaciones contra Múgica y aquel aparato (que no utilizan el argumento porque no les interesa) hasta dónde podían llegar en ultramontanismo espiritual y temporal.

La Universidad de Deusto será dirigida por el jesuita Luis Chalbaud, miembro de una de las dinastías industriales. Fue una de las figuras prototípicas en la aplicación de la doctrina social de la iglesia, con gran capacidad de acción, creó 16 sindicatos. Otros como él crearían el sindicato vasco Ela y el grupo Mondragón. Practicamente todo el clero vasco estaría encuadrado en el primer nacionalismo que mezcló doctrina social de la iglesia y la extendió a las luchas de liberación. Sería el director espiritual del lehendakari Aguirre, alumno de los jesuitas, y lo acompañaría en su huida. Otro jesuita Onaindía, sería negociador en secreto de la rendición y después propagandista incansable de la utopía social desde radios clandestinas. El padre Korta, jefe de capellanes, muerto en el frente de Asturias, recibió un grandioso homenaje funeral por las calles de Bilbao. Y con estos antecedentes no tiene nada de extraño que la Universidad de Deusto fuera vanguardia de la teología de la liberación en los años 60, bastante antes del fin de Franco. 

800 sacerdotes y religiosos serán represaliados, siendo fusilados 17, entre ellos el cura que fue secretario del socialista Jiménez de Asúa, o el cura fundador del sindicato ELA. Serán encarcelados la mayoría en zonas alejadas, en prisiones curales, como Carmona. La inmensa mayoría volvería, pero de ninguna manera se les fue de la cabeza el viejo sistema, una vez más habían perdido, primero contra el liberalismo del XIX, ahora con el movimiento de la unidad española, en su versión carlista antiguo aliado.
Pero intelectuales europeos habían dado su respaldo a la resistencia vasca de guerra, como Maritain o Marcel, la flor y nata del intelecto cristiano francés; por eso introducirán un nuevo motivo en la causa nacionalitaria, la democracia cristiana. Desde el mismísimo fin de la guerra, un núcleo importante del clero vasco mantendrá en sus cabezas el mismo orden anterior, y lo afianzará en sus contactos con las jerarquías y la emigración vasca a ultramar. Las jerarquías habían sido un caballo de batalla, en el primer tercio de siglo, los obispos vascos venían con el mandato de eliminar el llamado bizkaitarrismo predominante en el clero, incluso un obispo Eijo y Garay, en viaje a la Argentina se permitió romper con sus propias manos una ikurriña y echarla al mar, aunque él mismo no fue un obispo ejemplar. Así que la relación con los obispos era otro frente, que se juzgaba teniendo una función represora política.

Ya en los años 40 habían comenzado las misivas al vaticano, las presiones constantes, sabiendo que la línea "maritainiana" había creado el precedente básico; ellos eran los legítimos del nuevo orden, la modernidad demócrata cristiana, frente al régimen nacional español, basado en la represión; como se sabe importantes líneas maritainianas triunfarían plenamente con el Concilio Vaticano II, siendo el mismo Pablo VI un gran admirador de Maritain, elegido para recibir el mensaje papal a los intelectuales del mundo. Y luego vendría el alineamiento de la iglesia contra Franco con ocasión de las condenas a muerte de terroristas. Luego la subida al poder eclesial de obispos enemigos jurados de Franco. Y la opinión pública internacional y eclesiástica acerca de la situación vasca no podría menos que estar dirigida por las tesis de los grandes intelectuales de la modernidad eclesial, que escribieron en favor de la llamada causa vasca, visible desde la óptica de eminentes católicos como Irujo, con motivo de la guerra civil.
Inicio del primer curso del Seminario de Bilbao (Derio), 1956

Más adelante harán precisamente una guerra de nervios contra los obispos de su zona, mandados por Franco con la venia del Vaticano. El obispo de Bilbao, Gúrpide morirá durante el encierro en los años 60 de casi 80 curas en los locales de la diócesis; el siguiente obispo Añoveros, inicialmente seguro para Franco, será arrastrado por las masas clericales y llevado a su terreno, hará proclamas sobre los derechos del pueblo vasco como la gran misión de la iglesia, crearía con ello la peor crisis España-Vaticano. Desde entonces el clero y laicos nacionalitarios avanzarán en su control de los aparatos de gobierno de las diócesis vascas, que será un hecho a partir de fines de los 70 cuando todos los obispos de esas diócesis sean netamente identitarios, destacando monseñor Setién y su vicario Pagola, considerado el cerebro guía de la teología que habrían de pensar y practicar los círculos eclesiásticos vasquistas entre finales del siglo XX y principios del XXI.
El clero se despega rápidamente del manto de Franco, sabe que vienen nuevos tiempos, quiere además usar un lenguaje nuevo, en sintonía con los tiempos; el clero vasco se sumará entusiasta a las nuevas corrientes, verá en todo ello la confirmación de su verdad histórica. Tomará posturas arriesgadas pero contestatarias, como cartas colectivas, entre ellas la firmada por 300 sacerdotes en 1960, que invocará la autoridad moral del clero como aval de sus peticiones nacionalitarias y su crítica del régimen (y que curiosamente rechazará eta por considerla en la vieja línea del patrocinio social clerical);habrá ocupaciones de locales, y se usará el repertorio de las formas de lucha de calle y de agitación. Serán apresados algunos, Añoveros y su vicario Laboa serán arrestados a domicilio, ante la impotencia de desterrarlos, otros enviados a prisión, pero cuando salgan lo harán como héroes de la causa.
Pero, fatalmente preparados por la época anterior, el infierno recortará aún más el lazo: explosionan las revoluciones anticoloniales y marxistas, primero Irlanda, luego Argelia, Cuba; se ve el paralelismo con el país vasco. Y de ahí a asumir la lucha armada no había más que un paso. Y de nuevo los clérigos, aunque con más énfasis los religiosos (siempre han sido más vanguardia de la contestación en la historia de la iglesia), se hacen colaboracionistas, cuando no toman ellos mismos la dirección guerrillera; jesuitas, benedictinos, capuchinos y clérigos regulares estarán en primera línea. Un benedictino será el jefe máximo de eta y morirá acorralado por las fuerzas policiales en 1973; otro jefe, Argala, había sido miembro de la Legión de María.
Como había una tradición de exilio forzado para los religiosos por sus superiores, para alejarlos del país vasco cuando se significaban mucho, llevaron su labor a América y allí constituyeron áreas de ayuda; ya históricamente (caso de la cofradía de la virgen de Aranzazu en Méjico, se habían formado estas redes de ayuda para los connacionales vascos). Figuras insignes de este internacionalismo vasco tercermundista, nacido ya en el siglo XIX en su versión bizkaitarra, serán los jesuitas Sobrino, principal autor de la teología de la liberación, y Ellacuría, asesinado en El Salvador, vinculado de una forma u otra a la guerrilla salvadoreña y hoy cercano como otros de carrera similar, a la beatificación.
En España se ofrecerá la cobertura de locales y casas parroquiales, desde luego para la formación de la identidad vasca pero también para escondite de terroristas (no es éste un término gratuito, ya que es el único adecuado para designar a un asesino a traición con víctima desprevenida y a menudo sin culpa objetiva de nada); es bien conocida la cesión de la casa de ejercicios de Guetaria para la primera asamblea de ETA. Cuando se supo el hecho sorprendió a todos, parecía que el hecho era una prueba de bisoñez del clero, en concreto jesuitas, no se tenía en cuenta que desde antes, en el seminario de Derio, muchos seminaristas decidían pasarse a ETA con pleno conocimiento de sus directores espirituales, que eso sí, preferían una forma de lucha de acción social, más que armada, pero siempre en una causa común.

Hemos citado al franciscano Villasante, quedan sus fotografías con ocasión de una marcha patrióticolinguistica en la que colocaron sobre su hábito una inscripción, como si fuera un monigote, pero sobre todo una militancia temporal que hubiera sido éticamente mejor servida sin el marchamo de un lugar y orden religiosos; como corroborando esta realidad mediante una estética, el santuario de Aranzazu donde vivió fue remozado por completo encargándose artistas de renombre vasco, que con sus obras y murales profetizaron sin quererlo: testimonio del inmenso vacío interior, con representaciones fantasmales por doquier fuera y dentro del edificio y un espacio congelado en torno a la Virgen.

En Francia la reproducción del modelo de implantación religioso cultural típico del sur vasco fracasó. Los obispos no flaquearon en ningún momento y el estado francés igualmente tenía las cosas claras, al no padecer ninguno de los complejos típicamente españoles, y las iniciativas de una cobertura religiosa para constituir una plataforma económico-sectaria fueron hábilmente sorteadas.

Cuando Monzón, en los años 70, antiguo miembro del gobierno vasco del 36, se sumó a la ocupación y huelga de hambre en la catedral de Bayona, se presentó el obispo y en tenso diálogo, le exigió la salida de la catedral, inmune al amplio repertorio de argumentos para excitar la falsa compasión; respondió firme a todo ello: "ustedes provocan la división de la iglesia".
Mientras tanto, la mitad de la población vasca en España, procedente de la emigración, no ha podido ver al clero vasco como un clero propio; desarraigados de las prácticas en sus pueblos, se han visto como grupos aparte, no integrados, y han optado por la irreligión, con hijos y nietos que no han tenido modelo de vivencia religiosa en los padres. Durante años se utilizaban todavía los servicios sagrados, pero los descendientes se han decidido por el despegue definitivo. Y a estos se han sumado los descendientes de las propias familias vascas, que han asumido el completo paganismo de la ideología vasquista que paradójicamente ha echado al cristianismo, bajo cuyo manto se revistió en los principios.

La teoría eclesiológica y de fe que es la común entre los círculos eclesiales identitarios, está recogida en buena medida en la obra de su mentor intelectual "Jesús, aproximacion histórica", del cura Pagola; de ella se deduce que se ha introducido un concepto cristiano construido como antítesis de la sacralidad, que ha dejado de ser cristiano en definitiva mentalmente, ya que no en la práctica, pues se siguen celebrando sacramentos.

Parece que se intenta como solución de recambio la implantación de los llamados nuevos movimientos eclesiales, que ven al país vasco y a España como territorio de nueva misión, aunque probablemente eso deba esperar a la extinción final de los últimos restos del clero que se formó teológica y vivencialmente en los años 60, y que asistamos a una hibridación de algún tipo, una solución de compromiso entre una iglesia más centrada en sí misma y declaraciones formales de asunción identitaria. Se trataría finalmente de heterodoxias que pueden llegar a un acuerdo.
En suma el proceso, -que se percibe como una reproducción del que puede verse por el evangelio con los fariseos y su nacionalismo, uniendo motivo político y religioso- es el siguiente:
Primero: cultivo purista de la raza y la cultura propias, Segundo: asunción de la lucha guerrera con el carlismo, Tercero: Fierismo racial y contestación con maridaje político clerical completo, Cuarto: Asunción de la nueva guerra haciendo causa común con la antirreligión, Quinto: Asunción de las revoluciones anticoloniales, Sexto: Hegemonía político religiosa, a partir de los años 70, como la que tuvo lugar a partir de 1895 y Séptimo: agotamiento y extinción, tanto del clero como de la fe y el cristianismo práctico en el país vasco a manos del nuevo paganismo moderno, bien arcádico, bien tecnológico. Un bonito balance.
La iglesia en el país vasco si quiere sobrevivir como tal iglesia debe promover un nuevo sacerdocio: si sigue por la vía de la militancia mixta, cultural y religiosa, seguirá en el modelo extintor de la fe, y para ese viaje no se precisan alforjas, hemos visto recien ordenados con un perfil de liderazgo social de periclitada lucha de barrio. Esto debe ser claramente proclamado. El modelo mixto, de contestación, de enquistamiento, de causa nacional, de cultivo gnósticoreligioso de cierta alma vasca, seguirá existiendo probablemente, pero sería bueno en cierto sentido, para dar fin a la confusión, que se conformara como una iglesia cismática motu propio, y dejara de presentarse como "la" iglesia hegemónica, porque no lo es; aunque esto resulta muy improbable dada la praxis de moral de contestación y victimismo en la que la mayor parte de esta "ecclesía" vive más cómoda, siendo su modelo preferido desde la lucha contra los obispos no vasquistas desde los años 10 y 20, y de los años 60, y seguida contra algunos actuales (al fin y al cabo viejas iglesias, como la nestoriana siguen existiendo después de 1500 años). Las cosas deben ponerse negro sobre blanco y cuanto antes mejor; fieles de la iglesia vasca, fieles en realidad a una utopía patriótica a un lado, con sus propias dinámicas, quizá con parroquias propias, y luego la iglesia universal siguiendo su curso de salvación para todos y afrontando los nuevos desafíos, como el rampante espiritualismo ajeno a Cristo, que exige ante todo una reforma espiritual, para la que hemos sido preparados por la catástrofe de los últimos dos siglos, regida por la dureza de cerviz y el materialismo espiritual.

Comentarios

Entradas populares de este blog

Iglesia constantiniana

Obispo Méndez Arceo: orígenes de la teología de la liberación

El embrión humano no pasa por una etapa de pez