Magisterio del Papa sobre los movimientos eclesiales

Benedicto XVI ha dado las pautas el pasado mes de mayo acerca de cómo debemos tratar la realidad de los nuevos movimientos eclesiales, que no son citados expresamente pero entre los que destacan, Renovación carismática, Focolares, Camino neocatecumenal, Heraldos, San Egidio o Comunión y liberación.

Los carismas de los movimientos y de las nuevas comunidades deben ser acogidos por la Iglesia «con mucho amor» y sin «juicios superficiales o reductivos», considera Benedicto XVI.
Fue la consigna que dejó a los 150 obispos del mundo que participaron en un seminario organizado por el Consejo Pontificio para los Laicos, que se desarrolló en Rocca di Papa (Roma) del 15 al 17 de mayo sobre los nuevos movimientos y comunidades eclesiales.
El seminario constituye una continuación del encuentro que Benedicto XVI convocó el 3 de junio de 2006, en la plaza de San Pedro, en la Vigilia de Pentecostés, con una amplia representación de fieles pertenecientes a más de cien agregaciones laicales.
En su discurso a los prelados, el obispo de Roma subrayó los diferentes dones con los que los movimientos eclesiales y las nuevas comunidades han enriquecido a la Iglesia, en particular a partir del Concilio Vaticano II: la eficaz formación cristiana, el testimonio de fidelidad y obediencia a la Iglesia, el empuje misionero, la atención por los pobres, y la riqueza de vocaciones.
«Salir al encuentro con mucho amor de los movimientos y de las nuevas comunidades --explicó--nos lleva a conocer adecuadamente su realidad, sin impresiones superficiales o juicios reductivos. Nos ayuda también a comprender que los movimientos eclesiales y las nuevas comunidades no son un problema o un riesgo más que se añade a nuestras ya pesadas responsabilidades».
«¡No! --dijo categóricamente el Papa--. Son un don del Señor, una preciosa respuesta para enriquecer con sus carismas a toda la comunidad cristiana. Por este motivo, no debe faltar una confiada acogida que les dé espacios y valore sus contribuciones a la vida de las Iglesias locales».
El Santo Padre reconoció que «dificultades e incomprensiones sobre cuestiones particulares no justifican la cerrazón». En este sentido, las últimas décadas, aseguró, han permitido superar «muchos prejuicios, resistencias, tensiones».
Ahora, aclaró, se presenta «el importante desafío de promover una comunión cada vez más madura de todos los componentes eclesiales para que todos los carismas, respetando su carácter específico, puedan contribuir plena y libremente a la edificación del único Cuerpo de Cristo».
Para ello, el Papa indicó que hay que adoptar como camino el «diálogo» y la «colaboración», la «prudencia» y la «paciencia», siempre con «mucho amor», especialmente cuando sea necesaria la corrección.
Por otra parte, constató, «la autenticidad de los nuevos carismas está garantizada por su disponibilidad para someterse al discernimiento de las autoridad eclesiástica».
En este contexto, señaló que el obispo «debe examinar los carismas y probarlos, para reconocer y valorizar lo que es bueno, verdadero y hermoso, lo que contribuye al incremento de la santidad de las personas y de las comunidades».
«Quien está llamado a un servicio de discernimiento y de guía --concluyó--, no puede controlar los carismas, sino más bien tiene que evitar el peligro de sofocarlos, resistiendo a la tentación de uniformar lo que el Espíritu Santo ha querido multiforme para la edificación y la expansión del único Cuerpo de Cristo, que el mismo Espíritu hace firme en la unidad».


Pide el Papa respeto mutuo, no elevar discrepancias puntuales a rechazos globales y en definitiva caridad.
Aun cuando todos se proclaman católicos, hay una realidad de desconfianza mutua, hay un trasvase de militantes que abandonan unos movimientos y se pasan a otros, hay un discurso, si no oficial dentro de los movimientos, sí de rechazo de los demás.
Los movimientos han surgido de la llamada a la renovación posconciliar e incluso si no son fruto de una directa iniciativa divina, sí el Cielo va a intervenir en ellos porque todos son sus hijos. Es sobre esta base que hay que considerarlos.
El Papado es garante de la unidad, y si efectivamente se someten al juicio de la iglesia podrán producir frutos y en especial ser efectivos espacios de misericordia. Sabemos que el componente humano producirá disfunciones graves, ni más ni menos a como ha sido constante en el iglesia todos los tiempos. Si hay catolicidad podrán neutralizarse en buena medida esos componentes de grupalismo y espiritualidad férrea que siempre tienen lugar y que han sido bien estudiados ya desde experiencias del pasado, por ejemplo los "Hermanos de la vida común" surgidos en el siglo XIV, pero que han estado presentes también en las órdenes religiosas, con pecadores muy graves que han conseguido auparse a la dirección (pienso por ejemplo en cómo seguidores consiguieron arrinconar a los mismísimos fundadores en vida, por ejemplo los franciscanos o los marianistas).
Movimientos en cuanto tales lo mismo que las vidas de cada cristiano, están sometidos a los mismos avisos que ya anunciara el Señor en su parábola del sembrador: se sembró al borde del camino, también entre zarzas, en tierra poco profunda y en tierra buena y bien cuidada, y finalmente sólo lo sembrado en ésta fructificó.

Hay un punto además y es que los propios movimientos debieran revisar sus actitudes hacia las mariofanías, ya que aquí hay una inercia histórica, donde convergen incluso movimientos con posiciones teóricas muy opuestas; en el reciente pasado era obvio por ejemplo que en las dos líneas que dividían la iglesia a grosso modo "liberales y conservadores", la posición era la misma hacia los carismas de intervención directa del Cielo (digamoslo así en obligado circunloquio) y las viejas posiciones con sus extraordinarios prejuicios han llegado a ser posición corriente hoy también.

Una feliz fructificación supone la no cerrazón hacia los movimientos pero también la no cerrazón de estos hacia la libre manifestación divina; el cierre hacia esta ha sido extremado no solo en éste o el pasado siglo, sino en los siglos anteriores (prácticamente desde el siglo XV es una constante y que hemos detallado en otro lugar). Todos tenemos que abrirnos, y sin apertura a esa libertad de Dios (no digamos y repitamos por ejemplo: si alguien viene diciendo que ha recibido comunicación de Dios rechazadlo inmediatamente) no se puede esperar fructificación verdadera.

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