El mismísimo Señor a los obispos, a la iglesia, por medio de monseñor Ottavio Michelini.

Monseñor Ottavio Michelini recibió mensajes del Señor durante los años 70 del pasado siglo, y poco después del fin de sus revelaciones falleció. Las siguientes son palabras del Señor dadas en 1975, durante los tiempos de la apocalíptica preparación del actual invierno de la Iglesia y el mundo. Son palabras duras, pero exactas y desde luego plenas de sabiduría con un lenguaje que no es del mundo.
Descripción exacta de lo ocurrido y palabras expresamente dirigidas a obispos y sacerdotes.
Hoy es menos urgente hablar del Señor con nuestras palabras humanas gastadas, fallidas y acomplejadas que dejarle hablar al mismo Señor, con palabras actuales. Que no apelen al fundamentalismo escriturístico para silenciar al Señor en sus palabras de hoy.
El Señor:
Mi Encarnación, mi Pasión y Muerte, tienen como único fin la
liberación de las almas de la mortífera esclavitud de Satanás.
La participación de mi Sacerdocio alas obispos ya los sacerdotes
tiene el único fin de hacerlos corredentores míos en la lucha contra
el poder de las Tinieblas, en una cruzada sin interrupciones, conducida
con sabiduría, inteligencia y constancia usando las armas indicadas por
Mí con la palabra y sobre todo con el ejemplo.
No hay alternativas. Si en mi Iglesia se hubiera hecho buen uso
de estas armas, bien otra seria hoy la situación en el mundo. Satanás
domina porque no ha sido obstaculizado en su avance.
Ser corredentores quiere decir (si lo entendieran bien obispos y
sacerdotes) seguirme en el camino seguro de la humildad, la pobreza,
del sufrimiento, del amor, de la obediencia y de la paternidad firme y
estable en defensa de la verdad de la que ellos con mi Vicario son
depositarios y custodios, en defensa de la justicia tan conculcada y de-
nigrada.
No pueden los obispos ignorar ni siquiera por un instante que se
nace para morir y que se muere para iniciar la verdadera vida, la vida
eterna. Es a ésta hacia donde hace falta dirigir mente, corazón y ener-
gías; a esta vida eterna que el Padre ha preparado y pagado con la
humillación de la Encarnación mía y de mi Inmolación en la Cruz.
No pueden los obispos ni mis sacerdotes ignorar u olvidar que el
Enemigo del hombre no se da tregua, sino que día y noche lanza sus
ataques para arrastrar a las almas a la perdición.
No con las obras exteriores, no con la herejía de la acción ni con
otros medios inadecuados a la áspera lucha contra un Enemigo mucho
más fuerte y potente que ellos...
Yo he trazado el plan de defensa que ellos no han sabido llevar
a cabo; mirándome y siguiéndome en la Cruz, podrían sacar fuerzas
para hacer frente y vencer a su Adversario que no se debe subestimar.
Hijo, las contradicciones que se dan en mi Iglesia, la anarquía
imperante, el trastorno y perversión de la doctrina y de la moral, la
desorientación en la que andan a tientas sacerdotes y fieles, no son sin
causa:
¿Quieres algún ejemplo? Observa las salas de cine. En la iglesia se
habla un lenguaje, en el cine, considerada la estructura esencial, se habla
otro opuesto.
En la iglesia se habla de Dios, en las salas parroquiales se divulgan
a menudo el materialismo, la sensualidad, la violencia
En el mensaje precedente he dicho: mejor sin sacerdotes antes
que transformar el seminario en viveros de herejes ¿De quien es la
responsabilidad de tanto mal? ¿De este caos? Una parte considerable
recae sobre los que disponiendo de los poderes necesarios, no han actuado.
Esta insensatez es tremenda. Están inactivos, desarmados frente
a la fascinante avanzada de las fuerzas del Mal.
Sin embargo Yo he vencido al mundo Mi Madre ha aplastado la
cabeza de la Serpiente por su humildad. Solamente unidos a Mi en la
humildad, pobreza, obediencia y sufrimiento, se puede vencer al
Enemigo de vuestras almas.
Pero, tranquilo vivir, respeto humano, intereses, temor a perder
el favor de la gente, han vuelto ciegos a aquellos que debían ser guía y
luz de las almas
Lo que se dice del cine se puede por desgracia decir de otras
dolorosísimas situaciones, por ejemplo: la enseñanza religiosa en las
escuelas confiada a sacerdotes herejes.
-¡Si! Cuantas semillas se han arrojado en el alma de muchachos
y muchachas en la edad más crítica y no siempre por sacerdotes de
vida ejemplar.
Mejor habría sido confiar esta delicadísima misión a buenos laicos
(y de ello mucho bien hubiera venido) antes que a sacerdotes trocados
en demonios, en lobos rapaces.
La rigidez que tantos pastores han usado para sofocar en el
silencio muchas intervenciones mías y de mi Madre en esta hora de
tinieblas, en esta hora de Barrabás, podía haber sido usada con razón en
bien diversas circunstancias con resultados mejores
Errores e inmoralidad son divulgados por medios
propagandisticos directa e indirectamente en las estructuras parroquiales ¿Los
obispos no han comprendido este problema central de la Iglesia?
¿No se dan cuenta de que ellos mismos han abierto de par en
par las puertas al Adversario del cual ahora demuestran no conocer sus
astucias, sus insidias, sus trampas, su potencia y sus seducciones?
¿No se dan cuenta de las tremendas contradicciones de las que
está embebida su pastoral? El Enemigo ha desatado una gran batalla
con el materialismo, que es como su encarnación, ha triunfado en sus
ataques sin encontrar sino débiles contraataques.
Hijo mio, con gran amargura debo hacer esta llamada, porque
urge poner remedios para preparar los ánimos con la oración y la
penitencia.
La hora de la Misericordia está para ceder a la hora de la
Justicia. Es necesario poner remedios preparando las almas con el volver-
las conscientes, de que la hora grave que está a punto de sonar, no debe
ser imputada a mi Padre, sino a su pecado y a su desarme contra las
fuerzas del Mal.
Es necesario obrar sin vacilación para que muchas almas no
sean arrastradas por la oscuridad de la noche que está por sobrevenir
-No temas- (grítalo fuerte, que los hombres tienen oídos para oír
y no oyen, tienen ojos para ver y no ven La luz se ha extinguido en sus
corazones
Pero ¡no prevalecerán las fuerzas del Mal! Mi Iglesia será
purificada de las locuras de la soberbia humana y, al final, el amor de mi
Madre y vuestra también, triunfará.
Te bendigo, hijo. Reza, reza y ofréceme tus sufrimientos.

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