Los nuevos beatos mártires de octubre

Los enemigos de la iglesia han dado un respingo por la nueva beatificación masiva de 498 mártires durante la guerra civil española. Fíjense que no decimos mártires de la guerra civil, sino mártires en la guerra civil; en el primer caso el uso de la palabra mártires sería partidario, en el segundo caso estamos dentro del terreno sagrado, de los confesores de la fe, en todo iguales a los mártires de la iglesia y del antiguo testamento, donde se les daba a elegir entre renegar de Dios o seguir viviendo esta vida material, eligiendo morir para este mundo, aun con torturas, para nacer para el Cielo.

Esto hay muchos, herederos de las ideas de los torturadores, socialistas, comunistas, anarquistas, que lo quieren negar, como si todas las víctimas fueran iguales, como si fuera lo mismo fusilar a facinerosos, bandoleros ideologizados que habían abandonado sus minas y parcerías para militar en partidos que les prometían venganza y poder, y que recorrían los pueblos, a menudo a distancia de los suyos propios para mejor ejecutar sus fechorías, disfrazados de milicianos por una causa. Sirva de ejemplo justificador este texto, donde se deduce la tesis de que lo sufrido por la iglesia en sus miembros le estuvo bien merecido y que las nuevas beatificaciones no son más que rabieta:
"La Iglesia, que sostuvo la idea de Cruzada Nacional para legitimar la sublevación militar, fue beligerante durante la Guerra Civil, aun a costa de relegar a algunos de sus miembros. Sigue siendo beligerante, en su insólita respuesta a la Ley de Memoria Histórica, acudiendo a la beatificación de 498 “mártires” de la Guerra Civil. Entre ellos no se cuentan los sacerdotes ejecutados por el ejército de Franco. Sigue siendo una Iglesia incapaz de superar sus posiciones de parte, de hace 70 años, y dispuesta a que tal pasado nos persiga siempre. En este uso político de reconocimientos religiosos se percibe su indignación por la reparación a las víctimas del franquismo. Los criterios selectivos sobre los religiosos que militaron en sus filas resultan difíciles de comprender. ¿Los sacerdotes que fueron víctimas de los republicanos son “mártires que murieron perdonando” y los que fueron ejecutados por los franquistas los olvida la Iglesia? Esta actitud brutal, que quiere además aprovechar el acto para una gran peregrinación de resonancias públicas, señala quizás la incapacidad de la Iglesia española para superar sus rencores del pasado (Manuel Montero, historiador, y ex rector de la universidad del País Vasco. El País, 2-5-2007)

Equipara a los sacerdotes fusilados por el franquismo con los martirizados; coinciden en su condicion sacerdotal, pero nada más; para ser mártir es preciso no simplemente ser sacerdote, sino elegir la tortura y la muerte antes que renegar de Dios, y los sacerdotes fusilados por el bando nacional español lo fueron en cuanto partidarios de una causa política, sin ponerles contra la espada y la pared de la apostasía.

Sirvan de ejemplo los mártires frailes franciscanos menores de Fuenteovejuna, Córdoba: durante dos meses una vez detenidos, hacinados y prácticamente sin comer, fueron intimados, golpeados para que blasfemasen, y esto un día y otro también; ellos lo soportaron todo, la expectación de las mujerzuelas y de las malas gentes que hacían de ellos la diversión sádica de cada día, las amenazas de muerte, la angustia mortal de la próxima muerte, sin saber en qué momento sería, lo soportaron todo por la oración y la fuerza divina. Hasta que en el paroxismo de la rabia infernal, fueron masacrados, y especialmente el superior hubo de sufrir que le sacaran los ojos, que le cortaran la lengua, disparos en las piernas, y todavía pretendían que fuera por sí mismo hasta el paredón.

No es lo mismo, señores herederos de la falsa memoria histórica. Estos son mártires, mártires de verdad, no de una guerra, sino de la multisecular enemistad del infierno contra los miembros de la iglesia dignos, amigos de Dios hasta la muerte. Dios se glorifica en sus santos, los pone de modelo y aliento, ahora para nosotros en estos tiempos de máxima corrupción, de enterramiento colectivo de la fe, única que nos permite seguir con vida en el alma, sin morir en vida de materialismo, pasiones y subversiones morales predicadas en la calle los medios de comunicación y las relaciones sociales.

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