Llegar a Dios: algunos errores básicos

La historia de la mística revela algunos errores básicos en la pretensión de querer llegar a Dios.
En primer lugar, un empeño de iniciativa humana no puede conseguirlo, se llega a Dios siempre que El lo disponga y cuando lo disponga; el querer llegar por las propias fuerzas, utilizando métodos, no puede conducir más que a una penosa vida espiritual, sujeta a frustración, un viaje por el desierto, que además se entiende que Dios lo quiera.
Pongamos la analogía entre Dios y el sol, supongamos que pretendemos llegar hasta el sol en nuestra actual condición material, simplemente no es posible, nos achicharraríamos, y para evitarlo Dios tiene que velarse y darnos largas en nuestra pretensión, además de que ha dispuesto un camino mucho más afín a nuestra pobre naturaleza, que es el de la luz reflejada en Jesús y la Virgen. De aquí el secreto de la mediación de la Madre y el Hijo (que algunos toman como una arbitrareidad católica).
Por eso la mística de los esprits forts se ha estrellado siempre en su pretensión de alcanzar a Dios, me refiero a los Tauler, Susón, Osuna y en general al tipo de mística reconocida oficialmente, como mística de camino de perfección. Y sostengo además que San Juan de la Cruz trazó un camino que sin ser del todo equivocado es inapropiado, y que lo tuvo que exponer así para evitar la censura.
Un ejemplo moderno de este tipo de mística que se aparece como la única posible y que lleva al desastre: la experiencia siguiente la ha contado la persona que la vivió, Karen Armstrong, que ha publicado varios libros, como "Una historia de Dios": "Cuando crecí me di cuenta de que en la religión había algo más que miedo. Leí las vidas de los santos, a los poetas metafísicos, a Eliot, y alguno de los escritos más sencillos de los místicos. Comencé a sentirme atraída por la belleza de la liturgia y aunque Dios seguía lejos, veía que era posible abrirse paso hacia él y su visión podría transfigurar la realidad creada. Para conseguirlo ingresé en una orden religiosa y como novicia y monja joven aprendí mucho sobre la fe. Me dediqué al estudio de la apologética, de la teología, de la sagrada escritura, profundicé en la historia de la vida monástica (es decir, buscó por un camino intelectual). Resultaba bastante extraño que Dios apareciera tan poco en todo aquello. Parecía que se prestaba más atención a los detalles secundarios y a los aspectos más periféricos de la religión. En la oración luchaba conmigo misma intentando obligar a mi mente a encontrarse conDios, pero él seguía siendo como un dueño severo que me observaba cada vez que dejaba de cumplir la regla o me atormentaba con su ausencia. Cuanto más leía sobre los éxtasis de los santos más sentía mi fracaso. Me sentía desdichada al comprender que la pequeña experiencia religiosa que tenía, de algún modo la había fabricado yo misma al excitar mis propios sentimientos e imaginación. Pero en realidad nada de lo que me pasó procedía de una fuente exterior. Nunca llegué a intuir al Dios descrito por los profetas y los místicos. Jesucristo de quien hablábamos mucho más que de Dios, parecía una figura puramente histórica, encerrada de forma inextricable en la antiguedad. Finalmente con cierto pesar dejé la vida religiosa y una vez liberada del peso del fracaso y la incapacidad sentí que mi creencia en Dios se disipaba silenciosamente".(Una historia de Dios, pag. 20).
Muy posiblemente no había leído aquello de San Francisco en que se le presentan dos escalas, por una invita el mismo Jesús a sus religiosos a subir al cielo, pero caen uno tras otro nada más poner el pie en la escala; la otra escala es la de la Virgen, y por ella pudieron subir ya sin caer. Una gran lección que nos ahorraría muchos sufrimientos y apostasías.
Por cierto, quien quiera comprender el camino marial y como opera María le recomendaré (tengo un libro pero no diré de él porque enseguida piensan que queremos manipular a María para hacer dinero o para llegar a altas personalidades, lo que nos hace falta en absoluto), no, recomendaré las Cantigas de Santa María de Alfonso X el Sabio, donde se ve que los mayores pecadores alcanzan misericordia de Ella (busquen editorial por internet).

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