No persuasores. Dios y no el grupo debe triunfar.

Uno de los retos principales para la evangelización son los métodos a utilizar. Y naturalmente ha hecho fortuna la conversión a la Fe vivida dentro de un grupo. Sin embargo, los grupos propenden a ser el centro de las personas, y se constituyen en ídolos. Naturalmente Dios puede operar sobre las almas en este contexto como en otros, pero la finalidad evangelizadora no debe buscar frutos de integración grupal ante todo, pues de hecho la inmensa mayoría queda fuera de esa integración, simplemente porque no encaja en esas estructuras tan limitadas.
No, nuestra evangelización no es para integrar en grupos, sino sirviendo nuestras personas como referencia de la verdad del Cielo y de la Fe y de la Iglesia, esa verdad tan negada. No quiero decir que hemos de ir de modelos (entonces seríamos simplemente fariseos y tontos a la vez), sino que personificamos que Dios está a disposición de todos, aunque provisionalmente necesiten o quieran negarlo. Esto pasará muchas veces porque aparezcamos como necios, fatuos, cargados de todos los lastres que la propaganda anticristiana ha construido como clave de interpretación de las personas de fe.
También de cara al interior de la iglesia humana, apareceremos como estridentes, fuera de lugar, fundamentalistas e ilusos. Pero todo esto es necesario. No somos nosotros el modelo sino el Señor, e incluso si nadie nunca, jamás, exteriormente se mueve un ápice, en el fondo, a través nuestro el Señor se les está comunicando. Y así llevamos a Dios de alma a alma, al tiempo que no recogemos ningún fruto visible.
El católico no ofrece la pertenencia a un grupo, ofrece su pertenencia a Dios, incluso si ante los hombres equivale a un pecador (si no contra los mandamientos, sí contra el falso sentido común), y esta condición de pecadores sociales, ante el mundo y ante la iglesia humana, nos viene muy bien, para asemejarnos a Jesús.

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